Mucho antes de que Homero convirtiera Troya en escenario de una de las historias más famosas de la Antigüedad, ya existía una ciudad en una colina situada junto a los Dardanelos. Durante milenios, distintas comunidades levantaron sus viviendas sobre las ruinas de las anteriores creando una extraordinaria sucesión de asentamientos que ha llegado hasta nuestros días. La historia de Troya es, por ello, mucho más extensa que la de la famosa Guerra de Troya protagonizada por Aquiles, Héctor y Príamo y que inspiró La Odisea.
El yacimiento de Hisarlık, situado en el noroeste de Anatolia en lo que hoy día es la provincia turca de Çanakkale, conserva una secuencia de ocupación que comenzó hacia el III milenio a. C. y se prolongó, con interrupciones y transformaciones, hasta época bizantina. La UNESCO señala que el lugar posee unos 4.000 años de historia y destaca su importancia como punto de encuentro entre Anatolia, el Egeo y los Balcanes.
Los primeros troyanos
La primera comunidad conocida en Troya apareció durante la Edad del Bronce Antiguo, alrededor de 3.000 a. C. La denominada por los arqueólogos como Troya I no era todavía la gran ciudad de las epopeyas, sino un asentamiento fortificado cuya posición acabaría resultando decisiva para su desarrollo.
Y es que la colina de Hisarlık dominaba una zona próxima a la entrada de los Dardanelos. En la Antigüedad, la línea de costa se encontraba mucho más cerca del asentamiento que en la actualidad, existiendo un gran golfo marino en cuyo extremo se encontraba Troya, situada a escasos metros del mar. Aunque la acumulación de sedimentos aportados por los ríos fue alejando progresivamente la orilla, durante buena parte de la historia de Troya su emplazamiento permitió controlar una de las rutas que comunicaban el Mar Egeo y el mar Negro.
Esa posición convirtió a Troya en un lugar especialmente atractivo para el comercio. Las embarcaciones que atravesaban los estrechos dependían de unas condiciones de viento y corrientes que podían obligarlas a permanecer en la zona durante cierto tiempo; el asentamiento podía de este modo beneficiarse de su posición entre las rutas marítimas y terrestres que comunicaban Europa y Asia.
Troya II y el nacimiento de una ciudad poderosa
La primera gran transformación se produjo durante Troya II, entre 2.550 y 2.300 a. C., cuando la pequeña fortaleza inicial dio paso a un asentamiento mucho más desarrollado. Sus murallas y edificios monumentales muestran que sus habitantes disponían de recursos suficientes para construir una ciudadela fortificada y económicamente próspera.
El asentamiento sufrió una destrucción y fue reconstruido posteriormente. Lo mismo sucedería una y otra vez durante los siglos siguientes. El resultado es uno de los rasgos más extraordinarios del yacimiento de Troya que conocemos: las sucesivas Troyas fueron construyéndose sobre las anteriores, elevando progresivamente la colina artificial de Hisarlık.
Entre Troya III y Troya V (2.300-1.700 a. C.) se sucedieron nuevas fases de ocupación durante la Edad del Bronce. Aunque estas etapas son menos conocidas por el gran público, resultan fundamentales para entender que la ciudad no nació con el mundo de Homero. Troya fue una ciudad viva durante siglos antes de convertirse en leyenda.
El apogeo de Troya VI: Wilusa y los hititas
Hacia el segundo milenio a. C. comenzó una de las etapas más importantes de su historia. Troya VI (1.800-1.300 a. C.) experimentó una considerable expansión y desarrolló una ciudadela protegida por grandes murallas de piedra, mientras que fuera de ellas se extendía una ciudad baja mucho mayor.
Las excavaciones han permitido reconstruir una sociedad compleja, con viviendas, espacios de almacenamiento, sistemas defensivos y vías de comunicación. El crecimiento de la ciudad baja demuestra que Troya ya no era simplemente una fortaleza situada sobre una colina, sino un centro urbano de cierta entidad.
Su prosperidad estuvo estrechamente relacionada con su posición estratégica. Los hallazgos arqueológicos muestran amplios contactos comerciales con distintas regiones del Mediterráneo y del Egeo. Se han encontrado cerámicas importadas y otros materiales que evidencian conexiones con comunidades alejadas de Anatolia.

La importancia de Troya también queda reflejada indirectamente en las fuentes hititas. Diversos especialistas consideran probable que la Wilusa mencionada en documentos del Imperio hitita correspondiera a la región de Troya y que Ahhiyawa hiciera referencia, al menos en determinados contextos, a una potencia relacionada con el mundo micénico. La identificación es ampliamente aceptada, aunque no existe unanimidad absoluta entre los especialistas.
Uno de los documentos más importantes es el tratado entre el rey hitita Muwatalli II y Alaksandu, soberano de Wilusa. El acuerdo demuestra que Wilusa formaba parte de la compleja política de Anatolia occidental y que los gobernantes troyanos mantenían relaciones diplomáticas con el poderoso Imperio hitita y su capital, Hattusa.
El nacimiento de la Troya de la Ilíada
La prosperidad de Troya VI terminó con una gran destrucción que los arqueólogos han relacionado principalmente con un terremoto. Las investigaciones arqueológicas han identificado daños estructurales compatibles con una fuerte actividad sísmica, algo especialmente plausible en una región sometida históricamente a terremotos.
Pero la ciudad no desapareció. Fue reconstruida y nació una nueva fase, conocida como Troya VIIa (1300-1180 a. C.). La continuidad entre ambas etapas demuestra que los habitantes no abandonaron definitivamente el lugar tras la catástrofe.
La nueva ciudad tenía un aspecto diferente. Las viviendas estaban más concentradas dentro de las defensas y en algunas casas se excavaron grandes recipientes de almacenamiento en los suelos. Estos cambios han sido interpretados como indicios de una población preocupada por almacenar alimentos y resistir largos periodos de inseguridad o asedios.

Es precisamente esta fase denominada Troya VIIa la que suele relacionarse con la Troya de la Ilíada; sin embargo, la cuestión continúa siendo objeto de debate entre los historiadores. Es cierto que la destrucción de Troya VIIa, hacia finales del siglo XIII o comienzos del XII a. C., estuvo acompañada por incendios y otros indicios que pueden ser compatibles con un episodio violento; se han encontrado puntas de flecha, proyectiles para hondas, restos humanos y edificios quemados.
Estos descubrimientos demuestran que la ciudad atravesó un episodio traumático durante esta época; sin embargo, no permiten afirmar que fuera atacada por los ejércitos de Agamenón, ni que los hechos transcurrieran exactamente según los detalla el relato homérico.
¿Existió realmente la Guerra de Troya descrita por Homero?
Llegados a este punto, tenemos que decir que la respuesta más rigurosa es: no lo sabemos.
Homero compuso la Ilíada probablemente en el siglo VIII a. C., cuatro o cinco siglos después de la época en la que tradicionalmente se sitúa el conflicto. El poema épico evoca recuerdos de un mundo mucho más antiguo que el que vivió su autor, pero también mezcla elementos propios de la época en la que fue escrito por Homero.
Si nos remitimos a los textos hititas, estos demuestran que durante la Edad del Bronce existieron conflictos entre distintas potencias de Anatolia occidental y grupos vinculados al mundo micénico. Algunos de esos documentos incluso mencionan Wilusa; sin embargo, ninguna fuente de la época describe una guerra idéntica a la descrita por Homero.
Por ello, algunos investigadores han planteado la posibilidad de que la tradición épica sobre Troya recogida por Homero podría incluir recuerdos deformados de diversos conflictos ocurridos durante generaciones, y no una descripción fiel de una única guerra. Otros historiadores consideran incluso que no hay suficientes evidencias para reconstruir una guerra histórica concreta detrás del relato.
Lo que sí puede afirmarse con rotundidad, es que Troya existió, que fue una ciudad importante durante la Edad del Bronce y que mantuvo relaciones con las grandes potencias de su entorno. A partir de estos hechos, la leyenda sobre la guerra de Troya pudo crecer siglos más tarde tomando como base una realidad histórica, pero añadiéndole otros elementos deformados o, incluso, inventados. Hay quien incluso sugiere que la destrucción de Troya VIIa pudo estar relacionada en realidad con las invasiones de los llamados Pueblos del Mar.
Del mundo de Homero a la ciudad griega
Después de que Troya VIIa fue destruida, el asentamiento fue abandonado temporalmente pero volvió a ser ocupado durante la Edad del Hierro.
La fase denominada Troya VIII (del 700 a. C. al 85 a. C. ) corresponde a la recuperación del asentamiento en época griega, varios siglos después de la Edad del Bronce. La ciudad adquirió entonces una nueva identidad y se convirtió en Ilión, un lugar profundamente asociado a los héroes de la tradición épica.
La leyenda sobre la guerra contribuyó a aumentar su prestigio. Viajeros, gobernantes y personajes importantes acudían al lugar relacionado con Aquiles, Héctor y los demás protagonistas de la tradición troyana. El culto a Atenea Ilias adquirió especial importancia y el asentamiento desarrolló numerosos edificios religiosos y públicos.
Troya bajo el Imperio Romano
En el siglo I a. C., la ciudad entró en una nueva etapa, la llamada Troya IX (del 85 a. C. al 500 d. C.), que corresponde al dominio romano de la ciudad. Roma convirtió Troya en un símbolo político y mítico, debido a la tradición que hacía descender a los romanos de Eneas, el héroe troyano que, según Virgilio, había escapado de la destrucción de la ciudad y llegado finalmente a la región del Lacio en Italia.
El asentamiento, conocido como Ilión, recibió atención y privilegios de dirigentes romanos. Julio César visitó el lugar y posteriormente los emperadores favorecieron su desarrollo, convirtiendo a Troya en todo un centro turístico bajo el Imperio Romano, uno de los más importantes del Mediterráneo, al que acudían visitantes de todo el imperio. Durante la época romana se constata la construcción o ampliación de edificios públicos, espacios religiosos y otras infraestructuras, que no respondían ya a un fin económico sino al deseo de los gobernantes romanos de mantener viva la ciudad, convertida en centro de turismo y peregrinación.

Fue entonces cuando Troya vivió una curiosa paradoja: la otrora gloriosa ciudad famosa durante siglos por el relato sobre su destrucción, desprovista ya de su antiguo valor estratégico y comercial, sobrevivía bajo el Imperio Romano gracias en buena parte al recuerdo de aquella misma destrucción.
Así fue el final de Troya
El golpe definitivo que precipitó el final de Troya llegó durante la Antigüedad tardía, en los años finales del Imperio Romano de Occidente. Una ola de terremotos afectó gravemente a Troya entre los siglos IV y V d. C., causando importantes daños en sus edificios y acelerando el declive de la ciudad. Según los últimos descubrimientos arqueológicos, hacia el año 500 a. C. ocurrió un último gran terremoto que provocó una destrucción tan grande que sus habitantes decidieron abandonar Troya, que dejó de existir como centro urbano.
La ocupación humana aún perduró varios siglos: las excavaciones arqueológicas han documentado que el lugar siguió habitado, pero a mucha menor escala. Tras la gran devastación causada por los seísmos y la difusión de la religión cristiana, la antigua ciudad -que había dependido en sus últimas etapas del favor de los emperadores y los donativos de los peregrinos paganos que acudían a visitarla- nunca más recuperó su importancia.
Los datos sobre las últimas etapas de existencia de Troya son, de hecho, más bien escasos. Las investigaciones identifican una fase final bizantina, conocida como Troya X (del 500 d. C. al 1300-1400 d. C. ), con restos que se sitúan principalmente entre los siglos XII y XIII. Se trataba ya de un asentamiento muy reducido, con viviendas, estructuras agrícolas y enterramientos propios de una simple aldea.

Finalmente, durante la Baja Edad Media, la población abandonó el lugar y Troya quedó deshabitada para siempre. Las construcciones que aún quedaban en pie se convirtieron progresivamente en ruinas y la antigua colina donde se asentaba la ciudadela pasó a formar parte de un paisaje rural. No se puede establecer una fecha exacta del abandono definitivo de Troya en base a las reconstrucciones arqueológicas, pero la ocupación medieval tardía desapareció hacia los siglos XIII-XIV.
De ciudad olvidada a su redescubrimiento arqueológico
Durante siglos, viajeros y estudiosos buscaron el lugar descrito por Homero. El problema era que la ciudad había quedado enterrada bajo capas de sedimento y ruinas, y la memoria sobre su existencia se había diluído con el paso de los siglos.
El investigador británico Frank Calvert identificó hacia 1865 la colina de Hisarlık -ubicada entonces en el Imperio Otomano– como un lugar candidato especialmente prometedor, pese a que por entonces la teoría más extendida era que estaba en Pınarbaşı; posteriormente, en 1868 el empresario y arqueólogo prusiano Heinrich Schliemann conoció a Calvert y este le convenció de su teoría, por lo que Schliemann -respaldado por su gran fortuna- inició los trabajos de excavación hacia 1870 y convirtió el yacimiento en uno de los grandes descubrimientos arqueológicos del siglo XIX.

El entusiasmo de Schliemann por encontrar la ciudad de Homero también le llevó a cometer importantes errores. Convencido de que la Troya homérica se encontraba en los niveles más antiguos no solo alteró parte de la estratigrafía del yacimiento y -paradójicamente- destrozó los niveles donde se encontraba Troya VIIa (la Troya identificada con Homero que él buscaba), sino que identificó como “Tesoro de Príamo” unas joyas encontradas en una fase mucho más antigua que la tradicionalmente atribuida al conflicto de la Ilíada. Aun así, Schliemann sigue siendo un pionero de la arqueología; sí, cometió muchos destrozos y errores durante la excavación, pero en su defensa hay que señalar que sus métodos eran habituales y ampliamente aceptados en la época.
Las excavaciones posteriores de Wilhelm Dörpfeld, Carl Blegen y otros arqueólogos permitieron establecer una secuencia mucho más precisa. Los trabajos modernos han demostrado que Hisarlık conserva múltiples ciudades superpuestas, cada una perteneciente a una época diferente.
Las investigaciones continúan hoy día en la zona ya bajo la dirección y respaldo del gobierno de Turquía, continuamente se realizan nuevos descubrimientos a medida que los arqueólogos profundizan en las distintas capas históricas, y los hallazgos hechos hasta ahora han cambiado ya varias de las interpretaciones formuladas durante los primeros tiempos de la arqueología troyana.
De la importancia de este lugar da fe el hecho de que, en 1998, el yacimiento arqueológico de Troya fue declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO.
Troya: la leyenda que desafía al tiempo
La verdadera historia de Troya resulta, en cierto modo, más fascinante que la leyenda. No fue simplemente una ciudad destruida por los aqueos después de un largo asedio, sino un asentamiento que nació en la Edad del Bronce, prosperó gracias a su posición entre grandes rutas comerciales, sufrió terremotos y destrucciones, fue reconstruido repetidamente en época griega y romana y sobrevivió durante milenios bajo diferentes culturas.
La Troya histórica no coincide exactamente con la Troya de Homero. Tampoco sabemos si existieron realmente Aquiles, Héctor, Príamo o el famoso caballo de Troya hecho de madera usado para conquistar la ciudad. Pero la arqueología, gracias a las excavaciones iniciadas por Schliemann en el siglo XIX, ha demostrado que detrás del mito existió una ciudad real, situada en un punto estratégico de enorme importancia y habitada durante más de tres milenios.
Aunque los últimos troyanos la abandonaron a finales de la Edad Media y Troya quedó relegada al olvido durante siglos, su nombre y su leyenda no desaparecieron. Las ruinas de Hisarlık terminarían convirtiéndose en una de las mayores evidencias arqueológicas de la continuidad de las civilizaciones del Mediterráneo oriental y en el escenario real sobre el que una de las grandes epopeyas de la humanidad construyó su leyenda. La historia de Troya, sus descubrimientos arqueológicos, y el relato épico y moral construido por Homero en torno a la ciudad y su leyenda, están hoy más vivos y vigentes que nunca.
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Pablo Gómez es especialista en Turquía y editor jefe de Hispanatolia desde 2011. Desde 2006 se dedica al análisis de la actualidad y la geopolítica de Turquía y su región.
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