Alejandro Magno ordenando a sus hombres atacar a los persas en la batalla del río Gránico

La batalla del Gránico: la primera victoria que abrió Asia a Alejandro Magno

Cuando pensamos en la conquista del Imperio persa por Alejandro Magno, muchas veces no somos conscientes de cómo pequeñas decisiones y momentos decisivos marcaron el destino del gobernante macedonio y evitaron que toda la arriesgada campaña de conquista de Persia acabara en un gran desastre; eso fue lo que ocurrió en la batalla del Gránico, la primera que Alejandro libró tras desembarcar en Asia Menor

En la primavera del año 334 a.C., poco después de cruzar el Helesponto, el joven rey macedonio se encontró frente a frente con un gran ejército reunido por los sátrapas persas junto al río Gránico. Al otro lado del cauce le esperaba el primer desafío de una ambiciosa campaña que acabaría transformando para siempre Oriente Próximo y el mundo antiguo.

Y es que la batalla del Gránico fue el primer gran enfrentamiento de Alejandro contra las fuerzas del Imperio aqueménida y también una demostración del ímpetu que llevó a Alejandro a vencer y sorprender a todos sus rivales, y que llevó en numerosas ocasiones al propio monarca a exponerse en primera línea de combate. De hecho, fue posiblemente en el Gránico donde Alejandro más cerca estuvo de perder la vida; y sin embargo, lo que pudo acabar en tragedia y muerte acabó abriendo a los macedonios las puertas de Asia Menor y socavando los cimientos del imperio de Darío III.

Una invasión de Persia ideada por Filipo II de Macedonia

Algo que ignoran muchas personas, incluso aquellas más interesadas en la historia, es que la decisión de invadir Persia no fue obra de Alejandro. Su padre, Filipo II de Macedonia, había transformado el reino macedonio en la principal potencia militar del mundo griego y había puesto en marcha los preparativos para una expedición contra el Imperio aqueménida. Tras vencer a Atenas y Tebas en la batalla de Queronea en 338 a.C., Filipo impulsó la Liga de Corinto y organizó la futura guerra contra Persia como una campaña panhelénica.

De hecho, una destacable fuerza macedonia ya había cruzado a Asia como avanzadilla de la invasión de Persia cuando la muerte sorprendió al padre de Alejandro Magno: el asesinato de Filipo en 336 a.C. alteró aquellos planes y colocó en el trono de forma inesperada a un joven Alejandro de apenas veinte años de edad, al que muchos a ambos lados del Egeo veían como débil e inexperto. Por eso, antes de mirar hacia Oriente, el nuevo rey tuvo que asegurar su autoridad en Macedonia y sofocar las rebeliones surgidas en Grecia o en los Balcanes.

Una vez consolidado su poder, Alejandro retomó el proyecto de su padre de invadir el Imperio aqueménida. Oficialmente, la expedición se justificaba como una guerra de represalia contra Persia por las invasiones de Grecia realizadas durante las guerras médicas, más de un siglo antes; pero la empresa tenía también evidentes objetivos políticos y territoriales: arrebatar al Gran Rey sus dominios y construir un nuevo imperio en la región bajo hegemonía macedonia. Hay que señalar aquí, no obstante, que los planes de Filipo II pasaban únicamente por la conquista de Asia Menor -el imperio persa, dada su extensión, se consideraba inconquistable– y que, al menos hasta la batalla de Issos, Alejandro también contemplaba una conquista limitada a lo que hoy día es Anatolia.

Alejandro cruza el Helesponto

En el año 334 a.C., Alejandro cruzó el Helesponto, el actual estrecho de los Dardanelos, al frente de un ejército formado principalmente por macedonios y contingentes aliados griegos. Las cifras exactas difieren según las fuentes antiguas, aunque las estimaciones modernas sobre la expedición completa suelen situar sus fuerzas en cerca de 20.000 hombres, incluyendo más de 4.000 jinetes pesados y unos 12.000 soldados con armadura, principalmente falanges macedonias (además de unos 3.000 hipaspistas). 

El desembarco en Asia Menor tenía una enorme carga simbólica. Alejandro estaba llevando la guerra a los territorios del propio Imperio persa y, según la tradición transmitida por autores antiguos, para reforzar ese simbolismo visitó Troya y rindió homenaje a Aquiles, el héroe de la Ilíada con el que sentía una especial identificación.

Mientras el ejército invasor macedonio daba sus primeros pasos por el noroeste de Anatolia, los gobernadores persas de la región comenzaron a concentrar sus fuerzas. Sin embargo, Darío III no acudió personalmente a detener a Alejandro, al considerar que se trataba de una invasión menor que no requería su presencia. De esta forma, la primera defensa de Asia Menor quedó en manos de sus sátrapas y comandantes locales.

Entre esos comandantes destacaba Memnón de Rodas, un experimentado militar griego al servicio del Imperio aqueménida que comprendía probablemente mejor que muchos dirigentes persas el peligro que representaba el ejército macedonio, y que trató por ello de advertirles de a qué se enfrentaban.

El plan que pudo haber detenido a Alejandro

Antes de la batalla del Gránico, los mandos persas se reunieron para decidir cómo responder a la invasión de los macedonios. Según los relatos antiguos, Memnón propuso evitar una batalla frontal y aplicar una estrategia de tierra quemada: destruir cultivos y provisiones y retirarse ante los macedonios, dejándolos sin medios con los que aprovisionarse.

Era una propuesta potencialmente devastadora para Alejandro. Su ejército dependía de una línea logística demasiado larga para la época y, por lo tanto, necesitaba obtener alimentos y recursos en los territorios por los que avanzaba. Una retirada persa acompañada por la destrucción sistemática de suministros, campos y cultivos, habría obligado al rey macedonio a internarse cada vez más en territorio enemigo en busca de sustento, con sus fuerzas debilitadas por el hambre y desmoralizadas, quedando entonces a merced de los persas.

Pero los sátrapas persas rechazaron aquella estrategia. Muchos veían con recelo a Memnón por ser un griego a sueldo de Darío III y pensaban que aquel heleno solo buscaba alargar la guerra para aumentar su prestigio frente al Gran Rey de Persia; además, desde el punto de vista de la mentalidad persa, sus gobernantes se veían a sí mismos como protectores de sus súbditos y no concebían la idea de sembrar la destrucción en las tierras que gobernaban; por último, consideraban que el plan de retirarse ante un enemigo al que consideraban inferior era una muestra de debilidad y cobardía intolerable.

Las fuerzas persas decidieron entonces concentrarse cerca de Zelea -una antigua ciudad cerca de la costa actual del Mármara– y eligieron como posición defensiva el río Gránico, un curso de agua del noroeste de Anatolia que hoy día sigue existiendo como sitio histórico y que suele identificarse con el actual Biga Çayı (arroyo de Biga).

Dos ejércitos frente a frente

Reconstruir con precisión las fuerzas presentes en el Gránico resulta complicado. Las fuentes antiguas ofrecen cifras diferentes y en algunos casos claramente exageradas. Aunque a menudo se ha presentado al ejército macedonio como numéricamente inferior al de sus enemigos, la Encyclopaedia Iranica advierte, precisamente, que el tamaño real del ejército persa no puede establecerse con seguridad y considera posible que ambos contingentes fueran aproximadamente comparables en fuerzas.

Algunas reconstrucciones modernas calculan que había alrededor de 10.000 jinetes persas y varios miles de mercenarios griegos, mientras que otras proponen cifras diferentes. Lo importante desde el punto de vista táctico es que los persas disponían de una poderosa caballería y de una fuerza de infantería profesional compuesta en buena medida por griegos que combatían a sueldo del Gran Rey.

Alejandro contaba, por su parte, con uno de los instrumentos militares más sofisticados de su época: la falange macedonia, armada con sus largas sarisas de unos 7 metros de largo, además de con infantería ligera, tropas aliadas y una formidable fuerza de caballería pesada entre la que destacaba claramente los Hetairoi (“Compañeros”), la élite montada macedonia que Alejandro emplearía repetidamente en numerosas batallas como fuerza de choque para romper puntos decisivos de las líneas enemigas.

¿Cómo comenzó la batalla?

Uno de los mayores problemas que tienen los historiadores a la hora de reconstruir la batalla del Gránico es que ni siquiera está claro cómo comenzó el enfrentamiento, ya que las principales fuentes antiguas no coinciden. La versión transmitida por Arriano y Plutarco presenta una escena dramática: Alejandro habría llegado al río avanzada la jornada y su veterano general Parmenión le habría aconsejado esperar hasta la mañana siguiente, ya que atacar inmediatamente suponía atravesar el cauce bajo la presión del enemigo y después ascender por la ribera opuesta.

Alejandro, como joven impetuoso que era, rechazó sin embargo el consejo del prudente general que había estado al servicio de su padre. Plutarco recoge la famosa respuesta según la cual el rey macedonio le dijo que el mismo estrecho del Helesponto sentiría vergüenza si, después de haberlo atravesado sin dificultad, Alejandro tuviera ahora miedo del pequeño río Gránico. Así que el monarca macedonio ordenó atacar y encabezó personalmente el cruce del río.

Sin embargo, Diodoro de Sicilia ofrece otra versión; según narra, los macedonios cruzaron el río durante la noche y atacaron después con la llegada del alba. Algunos historiadores modernos consideran esta reconstrucción más plausible y cuestionan el relato espectacular de una carga frontal de caballería atravesando directamente el río, lo cual parece una locura.

Es un hecho que buena parte de lo que sabemos del combate procede de autores que escribieron mucho después de los acontecimientos y que se basaron a su vez en fuentes antiguas, hoy desaparecidas. Sea como fuere, este y otros detalles de la batalla del Gránico siguen siendo en la actualidad objeto de discusión.

La arriesgada maniobra de Alejandro

Si nos ceñimos al relato tradicional de Arriano, la caballería persa ocupaba posiciones elevadas sobre la ribera oriental del río, mientras los mercenarios griegos al servicio de Persia permanecían en retaguardia. Alejandro desplegó a Parmenión en el ala izquierda y asumió personalmente el mando del ala derecha, donde se encontraba buena parte de su caballería de élite.

El rey habría enviado inicialmente una fuerza de avanzada hacia el río: una maniobra de distracción que obligó a los persas a concentrar fuerzas en ese punto y creó las condiciones necesarias para llevar a cabo el ataque principal. Entonces, Alejandro entró en acción.

Seguido por los Compañeros, cruzó el cauce realizando una trayectoria oblicua para evitar que sus tropas emergieran del río formando una columna vulnerable, lo que llevó a que en la ribera contraria se desencadenara un feroz combate de caballería cuerpo a cuerpo. No hablamos de la habitual imagen cinematográfica de dos masas de jinetes cargando limpiamente una contra otra, sino más bien de caballos y hombres combatiendo en un espacio reducido y difícil, mientras los macedonios intentaban ganar terreno suficiente en la orilla opuesta para poder desplegar el resto de sus fuerzas.

Gracias precisamente a sus largas lanzas, las falanges macedonias supusieron una importante ventaja en el choque y permitieron que, poco a poco, la presión de los soldados de Alejandro comenzase a romper la resistencia persa.

mapa de la batalla del Gránico
Mapa de la batalla del Gránico. Fuente: Hispanatolia (IA)

Cuando Alejandro estuvo a punto de morir

Pese a esta espectacular y audaz maniobra, el momento más célebre y conocido de la batalla tuvo como protagonista al propio rey macedonio. Alejandro -como era habitual en él- combatía en primera línea y su posición resultaba fácilmente reconocible, por lo que los comandantes persas comprendieron que matar a Alejandro podía poner fin inmediatamente a la batalla y a toda la campaña.

Según relata Arriano, Alejandro se enfrentó personalmente a varios nobles persas durante la lucha a caballo, cargando primero contra Mitrídates, yerno de Darío III, al que derribó y mató asestándole un lanzazo en el rostro. Alejandro quedó envuelto entonces en otro peligroso enfrentamiento con los comandantes persas Resaces y Espitrídates.

Resaces, al ver la muerte de Mitrídates, alcanzó con su gran espada curva el casco del rey, quedando este y la armadura de Alejandro dañados, aunque el rey macedonio consiguió salir vivo y abatirlo de otro lanzazo, esta vez en el pecho. Espitrídates, aprovechando que el rey macedonio aún estába aturdido, se dispuso entonces a atacar al monarca por la espalda levantando su hacha para asestarle el golpe final, cuando Clito el Negro intervino y le cercenó el brazo en el último instante, salvando así la vida de Alejandro

La tradición posterior convertiría este episodio en uno de los momentos más famosos de la vida de Alejandro, aunque hay que señalar que las fuentes antiguas ofrecen versiones diferentes sobre los detalles y protagonistas exactos de este episodio, y resulta difícil reconstruir con absoluta certeza cómo ocurrió.

En cualquier caso, el incidente demuestra hasta qué punto la campaña de conquista de Persia pudo haber terminado prácticamente apenas comenzada. Y es que Alejandro no dirigía las batallas desde una posición segura en la retaguardia: su concepción del mando exigía participar físicamente en los puntos decisivos del combate, una conducta que sin duda inspiraba a sus soldados y le otorgó una merecida fama… pero que también exponía todo el plan macedonio a una muerte fortuita de su rey.

El derrumbe de la caballería persa

La muerte de varios comandantes persas y la creciente presión macedonia terminaron quebrando la resistencia de la caballería enemiga, y cuando los jinetes persas comenzaron a retirarse de sus posiciones junto al río, la batalla entró en una segunda fase.

imagen que representa a Alejandro Magno cruzando con el ejército macedonio el río Gránico mientras al otro lado de la orilla se encuentra un gran ejército persa
Alejandro cruzando el Gránico. Fuente: Hispanatolia (IA)

Alejandro no dedicó todos sus esfuerzos a perseguirlos. Su atención se dirigió entonces hacia los mercenarios griegos que servían a Persia, situados en retaguardia y que, rodeados y sin ya el apoyo de la caballería, habían quedado en una situación extremadamente comprometida.

Su destino fue especialmente cruel. Cercados por las fuerzas macedonias, la mayoría murieron durante el combate masacrados y otros fueron capturados. Las fuentes antiguas ofrecen cifras distintas, pero la tradición recogida por Arriano sostiene que alrededor de 2.000 mercenarios griegos fueron enviados como prisioneros a Macedonia para realizar trabajos forzados.

La severidad con la que actuó Alejandro se debió a que quiso transmitir un mensaje político. El rey macedonio encabezaba lo que oficialmente se había presentado como una expedición de castigo de los griegos contra Persia, por lo que mostró a aquellos mercenarios como traidores, como hombres que habían combatido contra sus propios compatriotas a cambio del dinero persa que, según sospechaba el propio Alejandro y otros, estaba también detrás del asesinato de su padre.

¿Cuántos murieron realmente en la batalla?

Llegados a este punto, nos encontramos ante otro aspecto sobre el que no existe tampoco un consenso: las cifras de bajas. Los autores antiguos proporcionan números muy diferentes y existe una evidente tendencia a magnificar la victoria macedonia, reduciendo las pérdidas de Alejandro y aumentando las sufridas por sus adversarios.

Plutarco recoge cifras extraordinariamente elevadas procedentes de Diodoro para las pérdidas persas, mientras que Arriano ofrece un balance mucho más reducido para los macedonios. En general, se tiende a aceptar que hubo varios cientos de muertos entre las filas de Alejandro mientras que los muertos persas se contaron por miles… Pero para ser honestos, no existe forma de comprobar con precisión estos números. 

Sí parece claro que las pérdidas fueron particularmente graves entre la aristocracia y los mandos persas presentes en el campo de batalla, lo que contribuyó al derrumbe de la resistencia persa: varios comandantes murieron durante el combate, y esto agravó el desorden producido tras la derrota; y sabido es que, en la Antigüedad, las mayores bajas se producían no en la batalla misma, sino cuando un ejército derrotado huía en desorden perseguido por sus enemigos

No todos los nobles persas murieron en la batalla. Arsites, sátrapa de la Frigia Helespóntica y uno de los responsables de la defensa de la región, sobrevivió inicialmente pero, según la tradición, posteriormente se suicidó al verse incapaz de frenar el avance macedonio y temiendo el castigo de Darío III.

Alejandro convirtió también a sus propios muertos en instrumentos de propaganda política. Encargó un monumento en el Santuario de Zeus en Díon (Macedonia), tradicionalmente atribuido a Lisipo, que representaba al propio Alejandro junto con 25 Compañeros muertos en el ataque inicial a caballo; y envió a Atenas 300 armaduras persas que fueron ofrecidas a Atenea en la Acrópolis y acompañadas por la célebre inscripción que excluía expresamente a los espartanos, debido a su negativa a reconocer la hegemonía macedonia sobre Grecia y a unirse a la campaña contra Persia.

El envío de las armaduras persas a Atenas transmitía un mensaje cuidadosamente construido: la campaña no debía verse simplemente como una conquista personal del rey macedonio, sino como una victoria de todos los griegos sobre el poder persa. La propaganda macedonia enlazaba así la expedición con el doloroso recuerdo de las guerras médicas y las invasiones emprendidas por Darío I y Jerjes, más de un siglo antes, contra Grecia.

Pero detrás de aquella retórica panhelénica, no hay que olvidar que existió una realidad mucho más compleja: los griegos combatieron en ambos bandos. Alejandro llevaba contingentes helenos en su ejército, mientras que Persia utilizaba también miles de mercenarios procedentes del mundo griego. El Gránico fue, por tanto, no solo una guerra entre imperios sino también un enfrentamiento dentro del propio espacio político y militar del Mediterráneo Oriental.

Asia Menor se rinde a los macedonios

Las consecuencias estratégicas de la batalla del Gránico fueron inmediatas. La derrota persa destruyó buena parte de la fuerza que los sátrapas podían reunir rápidamente para defender el noroeste de Asia Menor, y dejó a las ciudades y centros administrativos persas en la región en una situación muy vulnerable.

Tras el enfrentamiento en el Gránico, la ciudad de Sardes se rindió a Alejandro sin ofrecer resistencia y el ejército macedonio continuó avanzando y conquistando las ciudades griegas de la costa occidental de Asia Menor. Éfeso pasó también le abrió las puertas, si bien otras ciudades de la costa del Egeo plantearon mayores dificultades.

La guerra, sin embargo, estaba muy lejos de haber terminado. Memnón sobrevivió al desastre y continuó organizando la resistencia persa. En Mileto y, especialmente, en Halicarnaso, los macedonios encontrarían una oposición considerable. Además, Persia conservaba una ventaja potencialmente decisiva: su flota. El dominio naval aqueménida amenazaba directamente las comunicaciones de Alejandro con Europa y su cadena de suministros, e incluso existía el riesgo de que sus barcos pudiesen llevar la guerra nuevamente al territorio griego.

El Gran Rey persa Darío III entra en escena

Hasta el Gránico, Alejandro se había enfrentado esencialmente a fuerzas provinciales. Darío III no estaba presente en la batalla y todavía no había movilizado personalmente los enormes recursos disponibles para el Gran Rey. Pero eso iba a cambiar a partir de ahora.

La rapidez del avance macedonio demostró a Darío que no podía lidiar con aquella invasión tratándola simplemente como una incursión que los gobernadores occidentales serían capaces de contener. Alejandro había llegado a Asia para quedarse.

En 333 a.C., Darío reunió un ejército y marchó personalmente contra Alejandro. Ambos monarcas se encontraron por primera vez frente a frente en la batalla de Issos, que se libró cerca de la actual ciudad turca de Alejandreta (en turco İskenderun, nombre que procede precisamente de İskender, “Alejandro”), donde Alejandro obtuvo una segunda victoria todavía más espectacular.

La batalla de Issos. Fuente: Hispanatolia (IA)

Dos años después volverían a enfrentarse en Gaugamela, no lejos de lo que hoy día es Mosul en el norte de Irak. La derrota sufrida aquí por Darío III fue absoluta: el Gran Rey -que había reunido en Gaugamela una fuerza descomunal reclutada en todos los rincones del imperio- vio destruida su capacidad para defender el corazón de Persia, emprendiendo la huida mientras Alejandro ocupaba Babilonia, Susa y Persépolis.

Gránico: la batalla que cambió la historia 

Vista desde esta perspectiva, conociendo todas las victorias y conquistas que le siguieron, la victoria del Gránico puede parecer simplemente el primer capítulo de una conquista inevitable. Pero no lo era.

A finales de mayo de 334 a.C., el futuro imperio de Alejandro todavía no existía. El macedonio acababa de desembarcar en Asia, dependía de unas comunicaciones vulnerables, y sus fondos y suministros eran exiguos frente a los vastos recursos humanos, económicos y territoriales del Imperio persa, inmensamente superiores a los de Macedonia. Pero además, como hemos visto, durante el propio combate, Alejandro estuvo muy cerca de morir, en más de una ocasión de hecho, aunque la intervención de Clito el Negro sea la más conocida. 

Si alguno de los intentos por matar al rey macedonio hubiera tenido éxito, la historia del Mediterráneo oriental probablemente habría seguido un camino muy distinto. Macedonia podía elegir a otro rey, claro; pero Alejandro habría muerto sin un heredero claro -como le ocurrió años después- desatando el caos y la incertidumbre en el reino. Además, fuese quien fuese el nuevo monarca macedonio que le sucediese, difícilmente habría podido reunir la extraordinaria combinación de ambición política, capacidad militar y carisma personal que reunió Alejandro, y que mantuvo unida aquella expedición durante los años siguientes.

La batalla del Gránico fue, por lo tanto, mucho más que una simple victoria en el campo de batalla. Demostró que el eficaz ejército creado por Filipo II y dirigido ahora por su hijo, Alejandro Magno, podía derrotar a las temibles fuerzas persas en su propio territorio. Dio moral, prestigio y recursos muy necesarios a la campaña contra Persia en sus inicios, debilitó las defensas de Asia Menor y confirmó ante aliados y enemigos que el joven monarca macedonio era un adversario que no podía ser ignorado. Por eso, no olvidemos nunca que antes de Issos o Gaugamela, un modesto río del noroeste de Anatolia fue escenario de un enfrentamiento incierto cuyo desenlace permitió poner en marcha una de las campañas de conquista más extraordinarias de la historia.

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