Israel parece empeñarse en quedarse sola en la escena internacional tras su desafortunado ataque a la flotilla humanitaria. La muerte de nueve activistas turcos ha dañado de una forma sin precedente las relaciones entre Israel y Turquía, dejando al estado hebreo sólo en un mar hostil.
No me entretendré describiendo el asalto de los comandos israelíes al Mavi Marmara, buque insignia de la flotilla, pues existen videos, de las autoridades israelíes y de los activistas, que muestran cómo se desarrollaron los acontecimientos. Tampoco comentaré la inútil y sutil condena de los organismos nacionales, ahí están en los titulares de las noticias. La agresión israelí ha puesto de manifiesto la cabezonería del gobierno israelí -que no de la nación de Israel- liderado por Benjamín Netanyahu y su mano poco diestra a la hora de actuar bajo presión. Si por algo era reconocida Israel durante el siglo XX era por su gran capacidad a la hora de resolver crisis, valga como ejemplo el rescate de rehenes del aeropuerto Entebbe en Uganda. No obstante, el gobierno hebreo parece haber perdido dicho tacto tan característico y por ello tendrá que hacer frente a las consecuencias.
Bajo ningún concepto es aceptable el asalto armado a una flotilla humanitaria. El pretexto del gobierno israelí de que llevaban armas es falso, pues las autoridades turcas inspeccionaron las naves antes de su partido. Israel asaltó a los barcos en aguas internacionales (¿qué hubiese ocurrido si la flotilla hubiese sido escoltada por la armada turca?), lo que constituye un hecho de extrema gravedad. Tres de los barcos y la mayoría de los activistas eran turcos, por lo que Israel violó la soberanía de Turquía. Es cierto que el estado hebreo logró su objetivo de que la flotilla no llegase a Gaza, pero el precio a pagar en las relaciones internacionales puede ser demasiado alto.
Turquía, aliado de Israel desde su fundación en 1948, ha sido tratada con falta de respeto. Nueve ciudadanos de dicho país han fallecido a manos de los comandos israelíes y tres barcos de su nacionalidad han sido asaltados. Es comprensible el enfado, incluso furia, con la que han contestado tanto el gobierno turco como la sociedad del país euroasiático.
No se deberían subestimar la importancia de las relaciones entre ambos países pese a que de por sí no atravesaban por un buen momento desde el desplante del Primer Ministro Recep Tayyip Erdoğan durante la Cumbre de Davos del 2009. Los acuerdos comerciales y militares entre Turquía e Israel peligran seriamente. El estado Israel se encuentra rodeado por países hostiles, o poco amigos. Turquía era, y hablo en pasado, su único aliado en la zona. Como estado secular de mayoría musulmana, la nación fundada por Atatürk era un interlocutor valido tanto para las naciones musulmanas de Oriente Medio como para Israel, como se pudo ver en las negaciones que mantuvieron Damasco y Tel Aviv con la mediación de Ankara. El único país no árabe de la región era también el único aliado de Israel. Pese a que las relaciones entre los dos países no pasaban por su mejor momento, seguían siendo beneficiosas tanto para Turquía como para Israel. Sin embargo, todo ello ha cambiado. La sociedad turca en su totalidad, desde los islamistas a los laicos pasando por los nacionalistas, conservadores e izquierdistas, se ha sentido ultrajada por la acción de Israel. El incidente ha servido para unir a una sociedad ciertamente polarizada como la turca. Ahora no solo se manifiestan islamistas en las calles de Turquía en contra de Israel, sino que también lo hacen secularistas, comunistas y demás. Ante la indignación de Turquía cabe preguntarse si las relaciones entre ambos países podrán ser reparadas.
La afrenta israelí es un tremendo varapalo a la amistad turco-israelí. Pero pese a las palabras del impulsivo Erdoğan (calificando el acto de “terrorismo de estado” y “masacre sangrienta”), es pronto para saber hasta qué punto dañará las relaciones entre ambos países. Una cosa es que de cara al público y por propia indignación llame terrorista al estado de Israel y amenace con romper todos los acuerdos y congelar las relaciones con el país hebreo. Pero otra muy distinta es que, cuando se enfríe esta acalorada situación, no se renueven dichos acuerdos. El nuevo líder de la oposición, Kemal Kılıçdaroğlu, pidió al Primer Ministro que cancele todo acuerdo con Israel, pero Erdoğan se limitó a decir: “Las cosas ya no van a ser igual que antes.” No habría que subestimar la impulsividad de Erdoğan, muy capaz de romper de un plumazo todos los acuerdos que Turquía tenga con Israel, pero en el largo plazo las aguas podrían volver a su cauce. Los acuerdos en materia de energía, seguridad y comercio benefician a ambos países, pero habrá que ver si finalmente se impone el interés o el orgullo, el estadista o el político. El hecho de que dentro de un año se celebren en Turquía elecciones legislativas es un claro indicio de que por el momento Erdoğan no dejará de condenar y maldecir a Israel.
Tanto Turquía como sobre todo el país hebreo han perdido con este acontecimiento. Turquía ha sufrido la muerte de nueve de sus ciudadanos, pero Israel ha perdido a un aliado, que no recuperará en los próximos años, y se ha quedado aún más aislada. Sólo ha habido un ganador, y éste es el grupo terrorista liderado por Ismael Haniya, que ha atraído la atención mundial hacía su causa. Sin lugar a dudas, Israel le ha hecho un favor a Hamas.
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