artículo de opinión

OPINIÓN: Democratización a medias

El paquete de medidas anunciado por el primer ministro Recep Tayyip Erdoğan supone un avance para Turquía pero aún deja muchas dudas respecto a la voluntad reformadora de un ejecutivo que últimamente ha estado en el punto de mira de la opinión internacional por su respuesta a las protestas del Gezi Park y su trato a los críticos con el gobierno. Las reformas destinadas en gran medida a satisfacer los anhelos de la minoría kurda, en pleno proceso de paz, y del sector conservador de la sociedad, del cual recaba su mayor apoyo el gobernante AKP, son un paso adelante necesario pero no suficiente.

Anunciado a bombo y platillo por el propio Erdoğan, el célebre paquete de medidas fue por fin hecho público en una comparecencia pública del primer ministro el 30 de septiembre. Comparecencia y no rueda de prensa, pues no se permitió ningún tipo de preguntas de los periodistas. En propias palabras del mandatario, la batería de reformas suponía una fase fundamental e histórica en el progreso hacia la democracia de la nación euroasiática. En cierta medida así parece ser. Que en los colegios de Turquía se pueda enseñar en otros idiomas hablados en el país, que no sean el turco tales como el kurdo, el laz o el zaza, es un gran noticia aunque se limite a las instituciones privadas. Lo mismo ocurre con la devolución del monasterio de Mor Gabriel a la comunidad siriaca. Gran gesto que puede suponer el comienzo de una nueva era para las minorías no musulmanas de Turquía. Ahora bien, Erdoğan se caracteriza por su destreza política y la mayor parte de las reformas anunciadas parecen tener como objetivo reforzar la posición del gobierno, que en los últimos meses no ha vivido su mejor momento.

Inmerso en un histórico proceso de paz que podría poner fin al sangriento conflicto entre el Estado y el terrorista Grupo de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), todo acercamiento del ejecutivo en este sentido es vital. Que pueda hacerse campaña electoral en un idioma que no sea el turco parece un claro guiño al pro-kurdo Partido de la Paz y la Democracia (BDP). Lo mismo ocurre con la iniciativa que podrá llevar la enseñanza en kurdo a las aulas de instituciones privadas como ya hemos mencionado con anterioridad. En la misma línea está la luz verde dada para que puedan volver a cambiarse los topónimos que fueron turquificados en décadas anteriores. Incluso también retirar todo tipo de penalización por usar ciertas letras como la “q”, “x” y “w”, inexistentes en el abecedario turco pero presentes en el kurdo, es algo positivo. Todas estas iniciativas son buenas noticias, tanto para el proceso de paz como para la minoría kurda y el país en general. Sin embargo, la democratización de un país no se logra con la “q”, la “x” y la “w”.

Algunas de las reformas anunciadas por Erdoğan suponen un claro espaldarazo a su electorado conservador, aquel que le ha aupado en tres ocasiones al poder. Permitir que pueda usarse el pañuelo islámico o türban, viejo caballo de batalla en Turquía, en la gran mayoría de las instituciones y oficinas públicas podría ser visto como un avance en los derechos individuales de las mujeres turcas, pero que dicha iniciativa venga de un partido con raíces islamistas como el AKP puede hacer dudas a más de uno. Más aún cuando el propio primer ministro dijo durante su comparecencia que “aquellos que impidan a la gente llevar a cabo sus obligaciones religiosas” serían condenados a entre uno y tres años de prisión, igual que aquellos que intentasen cambiar “el estilo de vida de la gente basándose en creencias a través de amenazas o del uso de la fuerza.” Es decir, cambiar el estilo de vida a través de medidas no coercitivas no es punible pero cuidado con intervenir en celebraciones religiosas sea cual sea el método.

Una de las grandes asignaturas pendientes que el propio Erdoğan mencionó de pasada, prometiendo más reformas sobre este tema en un futuro próximo, concierne a la numerosa minoría aleví. Musulmana pero no suní como gran parte del AKP y sus seguidores, los alevíes siempre han tenido problemas con el poder por su heterodoxia. Al contrario que las mezquitas suníes, dependientes del Directorado de Asuntos Religiosos, sus “cemevi” o casas de oración, en definitiva sus templos, no son reconocidos como tales y no reciben ayuda estatal alguna. Esta minoría, cuyo número se desconoce con exactitud pero parece que  superaría con creces los diez millones, que tradicionalmente ha apoyado a la oposición socialdemócrata y laica y, se siente discriminada por la mayoría suní ortodoxa representada en gran medida por el gobierno.

Otra asignatura pendiente a la que no ha hecho referencia Erdoğan tiene que ver con la libertad de prensa. Este aspecto ha levantado gran número de críticas fuera de Turquía ya que no en vano la nación euroasiática es el país con más periodistas entre rejas. Se da la circunstancia que gran parte de ellos son críticos con el gobierno. Tampoco ha tocado el primer ministro el tema de la desmesurada represión de las fuerzas de seguridad, dependientes del gobierno, en las protestas que este verano sacudieron Turquía y saltaron a la portada de los medios internacionales. Respecto a esos temas, silencio.

Tal y como se pregunta el columnista Joost Lagendijk en Today’s Zaman, “¿se trata de una maniobra inteligente o de una reforma sincera?” El impulso reformador del Erdoğan de los primeros años se disolvió especialmente desde el comienzo de su última legislatura. El amplio apoyo recibido en las urnas fue lo que legitimó en el poder a un gobierno que hasta ese momento había necesitado su cara más amable de reformador y su acercamiento a la Unión Europea para mantenerse al frente del país. La respuesta del primer ministro a las protestas por el Gezi Park y su poca tolerancia a las críticas mostraron el rostro más oscuro del mandatario.

Es demasiado arriesgado a aventurar el verdadero motivo de estas últimas reformas. Es característico de Erdoğan, y por lo tanto de su gobierno, el dar una da cal y otra arena. Podríamos estar ante un nuevo impulso reformador del primer ministro, un renacimiento de sus aspiraciones pasadas. Sin embargo, su deriva en los últimos años hace que crezca el escepticismo. Tras un verano muy movido, estas iniciativas parecen tener como objetivo lavar la imagen del gobierno mientras que, sin renunciar al pragmatismo que caracteriza al AKP, sirven para ayudar en el proceso de paz y agradecerles su apoyo a sus votantes. Sea cual sea el motivo, estas pequeñas dosis controladas de democratización, recetadas por un médico excesivamente conservador que se interesa más por su salud que por la del propio paciente, no son suficientes.