artículo de opinión

OPINIÓN: Un respiro para Turquía, una decisión histórica para la democracia

Turquía vivió el pasado miércoles 30 de julio un día histórico para la democracia. La decisión del Tribunal Constitucional de Turquía de no ilegalizar el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan, pese al carácter de «advertencia» que puedan tener los matices de la sentencia -y las declaraciones del presidente del tribunal, Haşim Kılıç-, supone un alivio enorme para toda Turquía, que ahora puede respirar tranquila sin temor a revivir la pesadilla de la prohibición de partidos en el poder que ha formado parte casi del quehacer habitual de la política turca -y de sus fuerzas armadas- en las últimas décadas. La ilegalización de un partido es siempre una tragedia para la democracia; pero si nos referimos a la prohibición de un partido en el gobierno -que revalidó su mayoría hace sólo un año, con el 47% de los votos-, el caso es sin duda único en el mundo y ha puesto en evidencia las tremendas contradicciones de la democracia turca, ofreciendo una imagen de Turquía cuando menos retrógrada que ha hecho un serio daño al país.

En un artículo de opinión anterior publicado en esta misma columna, titulado «Cuestión de Laicismo«, ya había abordado el tema del papel del Constitucional en el proceso contra el AKP después de que éste rechazase la llamada «reforma del velo» aprobada por el partido de Erdoğan, que tras polémicos debates había autorizado el uso del tradicional pañuelo islámico o «türban» en las universidades de Turquía. Ya en aquella ocasión auguré un «final feliz» para el AK parti, pese a la ola de pesimismo que se extendió especialmente por parte de aquellos analistas que habían visto en la sentencia sobre el velo un anticipo del veredicto sobre la ilegalización del partido gobernante en Turquía. Ya en aquella ocasión pedí un ejercicio de memoria al lector para recordar que la anulación de la reforma del velo formaba parte de las quinielas que surgieron cuando el fiscal jefe Abdurrahman Yalçınkaya presentó un fatídico 14 de marzo ese sinsentido que ha sido desde el principio la demanda de clausura del AKP: una especie de «quid pro quo» en el que todos parecían salir ganando y que consistía en anular la reforma del velo a cambio de no ilegalizar el AKP salvo, quizás, retirarle todos o parte de los fondos del Estado (como finalmente ha ocurrido). Y ya en aquella ocasión quise hacer un ejercicio de «buena fe» al confiar en que el Tribunal Constitucional no seguiría adelante con la demanda del fiscal después de haberle «parado» ya los pies al AKP con la polémica del velo, y sobre todo teniendo en cuenta las tremendas consecuencias que hubiese tenido la ilegalización del partido gobernante en Turquía, especialmente en un momento como este.

Parece que, en efecto, el Constitucional ha sabido cumplir con sus responsabilidades y ha jugado su papel de «hermano mayor» del gobierno sabiendo también hasta dónde debían llegar sus límites. Creo que no somos del todo conscientes de la magnitud de las consecuencias que hubiera tenido la clausura del único partido que ha apostado por las reformas y el camino hacia la UE de manera decisiva en muchos años en Turquía. Que el AKP -un partido fundado hace sólo 7 años- haya acaparado un 47% de los votos de los ciudadanos turcos en las pasadas elecciones no es ninguna casualidad, como no lo es que el siguiente partido más votado -el CHP, el partido turco más antiguo- se quedase en un escaso 20%. El AKP representa en estos momentos prácticamente la única alternativa frente a los partidos tradicionales, que apenas suman el 35% de los votos, lo que da idea de en qué punto se encuentra el sistema de partidos en Turquía, que necesita una auténtica democratización y una renovación seria y profunda tanto de discursos como de ideas. Además de atacar directamente a la elección libre de los ciudadanos -como ya apuntó en su informe sobre el caso el relator del tribunal, Osman Can-, la ilegalización del AKP hubiera supuesto «descabezar» literalmente la posibilidad de un gobierno estable y duradero en un momento en que se necesitan tomar decisiones clave que marcarán el futuro de Turquía, y posiblemente una crisis del régimen sin precedentes en el país, de peligrosas consecuencias no sólo para Turquía, sino para toda la región. Añadamos a eso las tensiones sociales -que el AKP ha sabido moderar- consecuencia de la ilegalización del partido que más votos ha obtenido en Turquía en los últimos 50 años, y la huida masiva de los inversores extranjeros -de los que la economia turca tiene una gran dependencia- de un país sin gobierno estable (y con el 2º ejército más poderoso de la OTAN), y muy posiblemente con su camino hacia la UE seriamente truncado en un momento de recesión económica global…….. y tendremos un cocktail explosivo digno de la mejor producción catastrofista de Hollywood,… o de la peor pesadilla de cualquier gobierno del mundo.

Viendo simplemente el esbozo de todo este panorama, el hecho de que el Tribunal Constitucional tomase la decisión de no ilegalizar el AKP con sólo un voto de diferencia (recordemos que eran necesarios 7 de los 11 votos para clausurar el partido, y que sólo votaron a favor 6) parece casi una broma. Sin conocer los detalles del proceso de deliberación a puerta cerrada del tribunal, se me antoja imposible que los 11 magistrados se limitaran a emitir su voto libremente y a mano alzada teniendo en cuenta lo que estaba en juego. Cualquier jurista mínimamente formado -cualquier ciudadano con sentido común, casi diría yo- encontraría de tal inconsistencia los argumentos del fiscal que no entendería sin sentir vergüenza ajena que 6 jueces de un alto tribunal hubiesen considerado que merecían ser tenidos en cuenta para clausurar el partido más votado de la historia reciente de Turquía. Aunque hablando de este hermoso país de curiosos contrastes todo sea posible, se me antoja imposible tal simpleza en una votación de esta trascendencia tanto dentro como fuera de Turquía, pero sobre todo me surge la pregunta, siempre considerando la no ilegalización como única alternativa posible para el tribunal: ¿podemos imaginar un veredicto de absolución menos ajustado, quizá con menos votos? ¿Sería el mismo «mensaje» el que recibiría el AKP? ¿En qué posición quedaría entonces el primer ministro Tayyip Erdoğan, y el fiscal jefe Yalçınkaya? Creo que las respuestas son limitadas, y clarificadoras. Y si no estoy en lo cierto… entonces es que en verdad Turquía aún puede sorprenderme mucho.

Dicho esto, el papel del presidente del Constitucional, Haşim Kılıç, al hacer público que su voto fue en contra de la ilegalización, resulta curioso. Al decir esto, parece haber querido tender una mano amistosa al AKP, pero también ha lanzado la idea de que su voto podría haber sido decisivo, quizás incluso que hubiese podido cambiarlo a última hora para evitar alcanzar el quorum de 7 necesario para la ilegalización. Esa es, al menos, la teoría. No obstante, haya sido cual haya sido su verdadero papel o el del tribunal en la decisión, es destacable el hecho de que el propio Kılıç pidiera una reforma de la ley de partidos y de la Constitución de acuerdo a estándares europeos para evitar situaciones «similares» en el futuro, lo que parece una contradicción con el propio resultado de la votación del tribunal, pero es sin duda un importante impulso para evitar las suspicacias que pudieran tener partidos que hasta ahora se han opuesto a esta reforma -y otras- como el CHP, y que han defendido de forma más o menos evidente la ilegalización del AKP. Precisamente por esto el papel que ha jugado el CHP y su líder Deniz Baykal en todo este proceso es, cuando menos, bochornoso. Su respuesta al veredicto redundando en la idea con que ya se presentó a las pasadas elecciones legislativas -obteniendo un estrepitoso fracaso- de que el AKP es el único y gran culpable de todos los males que sufre Turquía, y que la sentencia del tribunal es otra prueba de ello, no pueden sino confirmar la ausencia de ideas de un Baykal que arrastra al abismo extremista con él al partido que debería representar la alternativa democrática de oposición en Turquía, con las trágicas consecuencias para el sistema democrático turco que ya he descrito antes.

Pero no quisiera acabar con pesimismo, sino resaltando el nuevo camino que se abre ahora ante Turquía. El país puerta entre Oriente y Occidente tiene ahora una nueva oportunidad para abordar sus verdaderos problemas. El llamamiento tanto desde dentro como desde fuera es unánime, en el sentido de que ha llegado el momento de recuperar el tiempo perdido y centrarse en las reformas que el país necesita para fortalecer su sistema democrático de acuerdo a estándares europeos, y abordar con paso firme y decidido el camino hacia la UE. Tampoco podemos olvidar la necesidad de elaborar una nueva Constitución para el país. Todo ello exige un ejercidio de humildad, de búsqueda de consenso, y de necesidad de evitar tensiones y confrontaciones entre los distintos sectores de la sociedad turca, que la arrolladora victoria del AKP quizás hizo olvidar a su líder Recep Tayyip Erdoğan. Parece no obstante que el partido y el propio primer ministro parecen haber aprendido la lección; al menos es así si hacemos caso de sus últimas declaraciones tanto en los días previos como posteriores al veredicto del tribunal, y que el propio Erdoğan no duda ahora en reconocer que se han cometido errores, o se ha hecho eco del llamamiento del Presidente Gül -cuya dramática elección fue fruto de esa misma falta de consenso del que ha pecado el AKP- a la reconciliación y al fin de la tensión.

Si el AKP y el propio Erdoğan hacen bien su trabajo y consigue retomar el camino de las reformas y mantener la paz social y la estabilidad política, es posible que aún no sea tarde para recuperar el buen ritmo económico del que ha gozado Turquía desde que ganara sus primeras elecciones en 2002, y quizás todavía podamos ver una Turquía con un crecimiento del PIB cercano al 6% para finales de este año. Si el AKP consigue todo esto -y tiene dificultades pero también factores a favor para lograrlo-, todo indica que ante la caída en picado del CHP en las encuestas podríamos ver una nueva victoria apabullante del AKP en las próximas elecciones. Que esto sea bueno o malo para Turquía… eso es algo que sólo el tiempo dirá. Pero por el momento, a los turcos no les dejan muchas más opciones.