Recep Tayyip Erdoğan, primer ministro de Turquía, ha vuelto a protagonizar los titulares de prensa en el país euroasiático, y del extranjero, tras sus declaraciones contrarias a la cohabitación de ambos sexos en residencias universitarias y pisos. En lo que viene siendo una muestra más de su deseo de imponer su mentalidad el país que gobierna, el mandatario sigue desvelando sus intenciones de interferir en la vida privada de los ciudadanos.
Erdoğan sigue en su cruzada particular contra la libertad individual de los ciudadanos turcos. En lo que es un esfuerzo de imponer su moralidad, tal y como él ha afirmado, al primer ministro no le vale con cargar contra el alcohol, intentar penalizar el adulterio y recomendar cuantos hijos debe tener la mujer turca (tres según el político, por si alguien quiere saberlo). Ahora, el nuevo particular caballo de batalla es la cohabitación de hombres y mujeres adultas en residencias y pisos de estudiantes. No era un problema que existiese en la sociedad turca o sobre el que hubiera un gran debate, como en el caso del türban (pañuelo islámico), pero Tayyip Erdoğan se ha encargado de que así sea ahora.
“Nadie sabe lo que ocurre en estas casas… Todo tipo de cosas sospechosas pueden ocurrir (en estas residencias mixtas)… Cualquier cosa puede ocurrir”. Estas declaraciones tienen su punto cómico. ¿Quién sabe las conspiraciones que chicos y chicas urden en dichos pisos? ¿O las inmoralidades que allí cometen? Sin embargo, cuando Erdoğan dijo lo siguiente el tema toma un cariz preocupante: “Como un gobierno conservador y democrático, necesitamos intervenir”. Las intenciones del político están claras.
No vamos a descubrir al primer ministro. Su ideología es conservadora y no hay nada malo en ello. No es nuevo que Erdoğan quiere en Turquía a una juventud conservadora, no como contra la que cargó por las protestas del Gezi Park este verano. Según declaró, no le gusta ver desde su oficina en Dolmabahçe como chicos y chicas que vienen barco desde Kadıköy (en la ribera asiática de Estambul) se dan la mano. “Te puedes sentar al lado en el mismo banco del parque, hablar, etc. Pero, ¿Qué padre va a querer que su hija se siente en el regazo de un chaval?” Él claramente no, y su punto de vista es respetable como cualquier otro. El problema viene cuando quieres imponer tu forma de ver la vida a los demás.
Como acertadamente expuso el columnista del diario Hürriyet Sedat Ergin, parece ser que la doctrina de Erdoğan se resume en “soy conservador, luego puedo intervenir”. Un primer ministro que siempre dice que gobierna para todos los turcos y no solo para los que le votaron se desdice con sus actos. Querer intervenir en la vida de ciudadanos adultos, que al igual que vivir con quien quieran también pueden empuñar un arma en el servicio militar y morir por su país, es inaceptable. ¿Dónde queda pues la libertad del individuo? Interferir en el modo de vida de los ciudadanos es un acto liberticida. El patriarcal Erdoğan y su Estado te llevarán por el camino correcto, por su camino correcto.
Imponer unas creencias o un modo de vida es algo antiliberal. Durante años, sectores islamistas y conservadores turcos se han quejado de que durante décadas la República laica les decía como vestir, como comportarse, en qué creer. Ahora, es al contrario. Los perseguidos, si es que alguna vez fueron tales, se han convertido en los perseguidores. Una paradoja que ya no es nueva.
Hace una década el máximo mandatario del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) no se habría atrevido ha hacer dichas declaraciones. Entonces era un gobierno que se autodenominaba liberal y sin lugar a dudas dichas palabras habrían desencadenado el particular ruido de sables turco y una acción hostil de la judicatura. Pero esa época ya tocó a su fin y ahora el poder civil no tiene trabas.
Mientras que parte de la sociedad turca pone el grito en el cielo, los columnistas escriben ríos de tintos y los políticos, incluso desde el propio AKP, muestran su desacuerdo, ya se han tomado las primeras acciones al respeto. Según informa el diario Radikal, la policía en Estambul y Manisa ya se han presentado en pisos mixtos, o con presencia de ambos sexos, haciendo preguntas al respecto e incluso imponiendo una multa a sus habitantes, como fue el caso de Manisa, armados con preguntas como “¿cuántas personas viven en el piso?” y “¿vivís hombres y mujeres juntos?”
La cuestión está clara. La pregunta es ¿cuál es el límite? Es más difícil consumir alcohol, se recomienda tener tres hijos, no pueden vivir chicos y chicas juntos, ¿cuál es el próximo paso? ¿Separar por género en las universidades, en el transporte público? Esperemos que nada de eso pero tarde o temprano Recep Tayyip Erdoğan volverá a sorprender a propios y extraños con otras medidas moralizantes que, cortinas de humo o no, no serán nada esperanzadoras.
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