“Uno debe callarse cuando duermen los niños, no cuando los matan”. Dicha frase podía verse el martes en un cartel colgado en el cierre de un comercio en Estambul. Junto a ella, la foto de un niño sonriente. La imagen era la de Berkin Elvan, quien falleció el mismo día tras nueve meses en coma por el impacto de un bote de gas lacrimógeno. Su crimen: ir a comprar el pan.
Las consecuencias de las protestas por el Gezi Park siguen dando que hablar. Ocho personas han fallecido desde que el pasado verano miles de ciudadanos turcos saliesen a la calle para protestar contra el gobierno. Las imágenes de la represión policial dieron la vuelta al mundo e inundaron las redes sociales. Parte de la sociedad turca se sintió ultrajada por la reacción del gobierno de Recep Tayyip Erdoğan y su actitud hacia el tema y sus protagonistas, a los que tildó de çapulcular o vándalos. Las protestas parecieron enquistarse y perder relevancia por los escándalos de corrupción del gobierno y su confrontación con Gülen. Sin embargo, la muerte de un niño inocente ha vuelto a poner de relieve las sombras del ejecutivo y de su primer ministro, y han sacado a la calle a cientos de miles de personas hartas de sus atropellos.
El 16 de junio del 2013, el padre de Berkin Elvan, que por entonces tenía 14 años, le mandó a comprar el pan. Durante esos días, Estambul vivía el periodo más violento de las protestas de Gezi. El niño, pues con esa edad eso es lo que era, se vio atrapado en el fuego cruzado en su barrio estambulita de Okmeydanı y un bote de gas lanzado por la policía le impactó en la cabeza. Belkin entró entonces en coma, estado en el que permaneció 259 días en el hospital, donde el pasado enero cumplió 15 años, hasta el 11 marzo cuando finalmente falleció, pesando solamente 16 kilos.
Lógicamente, el ministro del interior ha presentado su dimisión, hay una investigación formal e imparcial sobre el tema y el primer ministro ha pedido perdón y ha prometido que se hará justicia. Pues no. Nada de eso. Ya en su día Erdoğan elogió a la “heroica” policía por su intervención en las protestas contra los malvados çapulcular, instigados por las potencias extranjeras y los diferentes grupos de presión que quieren acabar con su gobierno. ¿A quién le importa la vida de un crío de 15 años? Debieron pensar el primer ministro y su séquito. Y para más inri, de ascendencia kurda y aleví.
Pues parece que a miles de ciudadanos turcos sí que les importa. Tras conocerse la muerte de Berkin, millares de personas salieron a las calles de diferentes ciudades del país y del extranjero, como París o Londres, para mostrar su rechazo al gobierno y su apoyo a la familia. Muchos se concentraron ante el hospital donde había estado ingresado y la policía reaccionó como se podía esperar: con gas lacrimógeno. El día siguiente, cientos de miles de personas asistieron a su funeral en Estambul. También en Ankara, İzmir, Bursa, Antalya, Antakya, İskenderun y una larga lista de ciudades se pudieron ver marchas en su honor. En algunos casos, los manifestantes enarbolaban barras de pan, un gesto por aquel acto cotidiano que le costó la vida a Berkin. La policía actuó como suele hacerlo en estos casos, reprimiendo las protestas con una violencia desmesurada que en la noche del miércoles 12 de marzo se había cobrado dos nuevas víctimas mortales: un residente del barrio estambulita de Kurtuluş por arma de fuego y un oficial de policía en la provincia oriental de Tunceli por el excesivo uso de gas lacrimógeno.
La actitud del gobierno y su doble rasero no hacen otra cosa que herir los sentimientos de muchos turcos. El primer ministro es capaz de verter sus lágrimas por la muerte de la hija de un político egipcio de los Hermanos Musulmanes pero no por el asesinato de un ciudadano suyo de 15 años. Mientras tanto, el ministro de asuntos exteriores, Ahmet Davutoğlu, acusa a Naciones Unidas de no hacer lo suficientemente por los niños sirios mientras dice que la muerte de Berkin no compete a la ONU. En esta misma línea, Erdoğan es muy proclive a criticar las represiones en otras naciones, pero no en la suya.
“Al principio no nos gustaba el hecho de que fuese islamista, pero ahora tenemos problemas mucho mayores”, me dijo una amiga el día de la muerte de Berkin. Ya no se trata de ideologías, de secularistas contra islamistas, de turcos contra kurdos, de suníes contra alevíes. No. Trasciende todo ello. Esto empezó a verse en las protestas de Gezi, donde nacionalistas turcos y kurdos se manifestaron hombro con hombro al igual que laicos, creyentes, socialistas y conservadores, pero ha sido ahora cuando todo ha cambiado y ese espíritu de hermandad ha ido más allá. El hecho de que un diario izquierdista y acérrimamente secularista como Cumhuriyet publique los diferentes comunicados del clérigo islámico Gülen es un ejemplo de ello. Las ideologías han dejado paso a la confraternización ante un ejecutivo que lo justifica todo por su mayoría en las urnas.
Erdoğan y su partido se han beneficiado de la retórica del “ellos contra nosotros”. Dicha táctica de polarización les sirvió para aguantar las protestas de Gezi. Pero eso ya no les será útil. Cuando frente a ti tienes a una muestra lo más diversa y variopinta de la sociedad, ese “divide y vencerás” no solamente no surte efecto, si no que puede ser contraproducente. El primer ministro ha llevado su política de confrontación al extremo.
La muerte de Berkin Elvan puede significar un punto de inflexión. La sociedad ha manifestado su hartazgo con una mayor vehemencia que antes. Una cosa son las manifestaciones duramente reprimidas, los incontables botes de gases y litros de agua a presión, con ingentes cantidades de agentes químicos, y otra es la muerte de un niño inocente que tuvo la mala fortuna de estar en el momento equivocado en el sitio equivocado. Estamos hablando de humanidad, lejos de cualquier connotación política. Humanidad, que es lo que parece que le falta a Tayyip Erdoğan. La previsible victoria electoral en los comicios locales de finales de mes no hará otra cosa que afianzar al primer ministro en su posición mientras cientos de miles de personas, hartas de su régimen autoritario y excluyente, claman en la calle justicia por la muerte de un niño que simplemente salió a comprar el pan.
#BerkinElvanÖlümsüzdür (“Berkin Elvan es inmortal”)
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