artículo de opinión

OPINIÓN: El triunfo de la inestabilidad

Turquía ha votado y ha decidido que vuelva ser el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) quien continúe llevando las riendas del país. Tras cinco meses sin un gobierno estable, la nación euroasiática se ha lanzado a los brazos de los partidarios del presidente Erdoğan, que puede ahora regocijarse tras haber saldado con triunfo una estrategia que ha sumido al país en la inestabilidad estos últimos meses.

Los comicios celebrados en junio fueron un duro revés para el AKP y para el presidente Recep Tayyip Erdoğan. Las elecciones de entonces se plantearon de manera oficiosa como un plebiscito sobre el régimen presidencialista al que aspiraba el jefe de Estado, otrora primer ministro. Sin embargo, el AKP no solamente fue incapaz de obtener la mayoría necesaria para cambiar la Constitución, sino que se quedó sin la mayoría absoluta para poder gobernar en solitario. El gran culpable de ello fue la entrada en la Gran Asamblea Nacional del pro-kurdo Partido Democrático de los Pueblos (HDP).

Tras meses de infructuosas negociaciones, no se llegó a acuerdo alguno para formar gobierno y se convocaron unas nuevas negociaciones. Mientras tanto, Turquía vivió una escalada inusitada de la violencia entre el Estado y el grupo terrorista del PKK. Localidades como Cizre, en el sudeste del país, tuvieron que vivir con toque de queda entre unos combates que recordaban a los años 90, cuando el conflicto en el sureste vivió su punto álgido. El país, con un gobierno provisional, parecía sumirse en una vorágine de ataques a las fuerzas de seguridad y represión por parte de las autoridades, mientras que los números de muertos subían sin cesar. Mientras se recrudecía el conflicto kurdo entraba en escena el Daesh, con el cual el gobierno turco hizo, cuanto menos, la vista gorda desde el comienzo de la guerra civil siria, con dos sonados atentados en Ankara y Suruç que tenían como objetivo a simpatizantes del HDP.

Es aventurado decir que todo fue orquestado por Erdoğan y sus seguidores pero ¿cui prodest?. Mientras la situación se deterioraba en un país sin gobierno, el AKP se erguía como el garante de la estabilidad pasada. Poco importaban las acciones que coartaban la libertad, como la represión y posterior absorción de los medios de comunicación críticos con el partido y el presidente. Solamente un gobierno fuerte podría poner fin a la ola de violencia. Y al parecer ese fue el mensaje que caló en la sociedad.

Nadie esperaba una victoria tan contundente del AKP. Ninguna de las encuestas, ni de los medios afines, le daban más del 45% de los votos, de ahí que no hayan tardado en salir rumores sobre un presunto fraude electoral. Sea como fuera, el AKP ganó las elecciones obteniendo el 49% de los sufragios, una mejoría sustancial de los 41% que logró en junio. El laico CHP apenas varió, ganando unas décimas para situarse en el 25,3%. El gran perdedor de la noche fue el ultranacionalista MHP, que pasó de 16,3% a 11,9%, mientras que el HDP logró entrar en el parlamento con un ajustado 10,7%, retrocediendo más de dos puntos porcentuales con respecto a los anteriores comicios.

En un análisis simplificado, el AKP parece haber atraído a votantes religiosos del MHP, frustrados ante la falta de estrategia de su partido, y conservadores del HDP, preocupados por la escalada de violencia, así como en menor medida sufragios del islamista Saadet Partisi (SP) y del islamista y kurdo Hüda-Par.

Turquía ha vuelto a confiar su futuro en al AKP y en su líder, el autoritario Recep Tayyip Erdoğan. Puestos en la disyuntiva entre libertad y estabilidad, los turcos han apostado por esto último. Ahora se continuarán viendo las consecuencias de ello.