Turquía ya tiene a un nuevo presidente, el primero elegido por sufragio directo. Se trata, como no podía ser de otra manera, de Recep Tayyip Erdoğan, el político que lleva al frente del país los últimos doce años. En unos comicios poco disputados, la cuestión estribaba en si el actual primer ministro ganaría en la primera vuelta o en la segunda. Finalmente, como vaticinaban gran parte de las encuestas, sólo fue necesaria una votación.
Erdoğan parece ser invencible en la política turca. Lleva ganando elección tras elección desde que subiese al poder, sin importar las tramas de corrupción que le afecten a él y a su partido, la guerra abierta contra el “Hizmet” de Fetullah Gülen o su creciente vertiente autoritaria. Una parte importante de la sociedad turca (cerca del 52% según las elecciones presidenciales) sigue viendo en su retórica agresiva e incendiaria al líder que guíe a la nación. Visto lo visto, cuesta ver a alguien o algo que sea capaz de desbancar a Erdoğan.
Parte de la culpa del triunfo del primer ministro en los comicios presidenciales la tiene la oposición. Hay que destacar que la participación en estas elecciones ha sido significativamente más baja que en las anteriores (72% por 89% en las municipales de este año). Según diversas estimaciones, la mayoría de los que decidieron quedarse en casa, o disfrutar del sol y la playa, fueron votantes del Partido Republicano del Pueblo (CHP), desencantados por la elección como candidato de Ekmeleddin İhsanoğlu, con cuyo trasfondo conservador no se sentían identificados.
Un ejemplo de ello puede ser el del ex presidente turco Ahmet Necdet Sezer, secularista a ultranza que decidió abstenerse. El ultranacionalista Partido de Acción Nacionalista (MHP), que se unió al CHP en su apoyo a İhsanoğlu, tampoco ha parecido ser capaz de movilizar a su electorado. Si la abstención hubiese sido menor, si los dos partidos hubiesen podido calar en sus votantes, seguramente estaríamos hablando de una segunda vuelta. Si de líderes responsables se tratase, tanto Kemal Kılıçdaroğlu (CHP) y Devlet Bahçeli (MHP) deberían dimitir por el fracaso de su candidato. Otra cosa es que lo hagan.
Desde un principio se sabía que Erdoğan ganaría las elecciones. El carisma del político contrastaba con el carácter intelectual de İhsanoğlu. Además, la cobertura de los medios de comunicación turcos ejerciendo como vehículos de propaganda de Erdoğan ayudaba a inclinar la balanza a favor del primer ministro. Valga como claro ejemplo el hecho que la TRT, la televisión pública de Turquía, destinó entre los días 4 y 6 de julio 533 minutos a Erdoğan, 3 minutos y 24 segundos a İhasanoğlu y 45 segundos a Demirtaş, el tercer candidato.
También hay que hablar de la financiación. Erdoğan logró recaudar 55 millones de liras turcas (cerca de 20 millones de euros) mientras que İhsanoğlu obtuvo 2,1 millones de liras y Demirtaş 1 millón. Por si esta diferencia no fuese suficiente para asegurar la victoria, Erdoğan y su partido no han dudado en hacer uso de bienes y recursos públicos durante la campaña electoral (como transportar gratuitamente a sus seguidores a los mítines en autobuses públicos de la municipalidad pertinente) para su beneficio político.
La agenda de Tayyip Erdoğan parece clara. Ahora que es presidente aspirará a escribir una nueva constitución para instaurar un régimen presidencialista en vez del parlamentario que rige Turquía en la actualidad. No lo hizo cuando era primer ministro, pero ahora que ya no puede optar a dicho puesto hará lo que esté en su mano para seguir en el poder, y si eso significa cambiar el sistema, lo hará. Hasta que se produzca este cambio, es de esperar que Erdoğan nombre de facto a un primer ministro con poca personalidad, títere y manejable para poder seguir involucrado en la toma de decisiones, muy al estilo de su ahora homólogo ruso Vladimir Putin.
Varios componentes hacen que un estado sea democrático: elecciones libres, libertad de prensa, separación de poderes… y alternancia en el poder. No es saludable que un partido o una persona estén al frente del país de manera continuada. Cierto es que el AKP y Erdoğan lo han hecho de manera legítima, con el respaldo del electorado y ganando una elección tras otra, pero eso no quita para que la continua presencia de Erdoğan al frente del país pueda ser perjudicial para Turquía.
Este Erdoğan no es el que fue investido como primer ministro hace una década, el que acercó Turquía a la Unión Europea y profundizó en reformas democráticas. El de ahora es un animal político que tacha de traidores y criminales a aquellos que se le oponen, y que no duda en utilizar los instrumentos del Estado para su beneficio propio y el de sus seguidores. Es por ello que la presencia en la presidencia de Erdoğan en los siguientes cinco años se antoja como un desafío para la democracia turca. Veremos si el Estado tiene los mecanismos suficientes para evitar la acumulación de poderes en la figura del nuevo, y flamante para algunos, presidente.
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