Turquía experimentó un déjà vu en la noche del 15 de julio. Los tanques volvieron a rodar por el asfalto de las calles turcas y los uniformados desfilaron por las principales arterias de Estambul como ya lo hicieran décadas atrás. Sin embargo, esta vez los militares se toparon de bruces con una población obstinada que fue a su encuentro y, lo que es más importante, un gobierno que reaccionó a tiempo y apresó a los golpistas. Esa es la imagen superficial de lo que ocurrió, pero existen todavía muchas preguntas sobre la asonada y sus consecuencias.
Los sublevados cometieron un gran fallo: Turquía ha madurado y ya no es territorio para golpes de Estado. En el siglo XXI los golpistas hicieron lo mismo que sus predecesores: sacar los tanques a las calles, tomar la televisión pública turca (TRT) y pedir a la población que no saliese a las calles. No tuvieron en cuenta que existen las redes sociales, que hay canales de televisión privados y que la población no estaba de su lado. Un grave error de cálculo que les hizo fracasar.
No tuvieron en cuenta que el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, no es como sus predecesores que fueron depuestos en los golpes anteriores. En una intervención a través de un dispositivo móvil en el canal CNN Türk, el jefe del Estado arengó a la población para que tomase las calles para detener el levantamiento. Así respondieron sus partidarios, que tomaron las principales ciudades del país, muchos de ellos al grito de “Alá es grande”, mientras desde los altavoces de las mezquitas se llamaba a la resistencia, en una interferencia de la religión en la vida pública completamente contraria a un Estado laico. Y así fue como el gobierno sobrevivió, con el apoyo de sus seguidores, la policía y sectores del ejército que le eran leales.
Una vez sofocado el levantamiento, tocaba ver quién estaba detrás. No tardó nada el gobierno en culpar a una persona: Fetullah Gülen. El clérigo exiliado en Estados Unidos, que lidera un movimiento religioso musulmán comparado en Occidente con el Opus Dei, lleva varios años en el punto de mira de Erdoğan y su partido. Con o sin pruebas, se le culpa de todos los males del país y como en el cuento de Pedro y el lobo, llega un momento en el cual es difícil distinguir la realidad de la ficción. Gülen y su Hizmet sí tuvieron una presencia importante en las diferentes estructuras del Estado, como las fuerzas de seguridad y la judicatura, que ya fueron purgadas en el último lustro por el gobierno. Resulta algo difícil de creer que el movimiento religioso tuviese una presencia tan relevante en una institución como el ejército, tradicional baluarte contra el islamismo, como para llevar a cabo un golpe.
Pero, ¿si no fue Gülen, quién estuvo detrás del golpe? El ejército lleva tiempo subyugado al poder civil. En juicios mediáticos como Balyoz, el gobierno, con el apoyo de su otrora aliado Gülen (pues compartían un enemigo común) se purgó a las fuerzas armadas de elementos contrarios al gobierno. Una muestra de ello es que fue una parte minoritaria del ejército la que se sublevó. Es por lo tanto improbable que se tratase de una asonada militar como las del siglo XX.
La forma en la que se desarrolló la intentona golpista, que fracasó estrepitosamente, ha llevado a algunos que especular con que todo no era más que un teatro. Como en los casos anteriores, no hay pruebas de ello, pero el argumento podría resumirse con la siguiente pregunta: cui prodest? (¿quién se beneficia?)
El fallido golpe de Estado deja a Erdoğan con las manos libres para quitarse de en medio a rivales y opositores. Horas después de que fracasase el levantamiento, el gobierno puso en marcha su maquinaria. El lunes por la mañana, el balance era de más de 6.000 militares, jueces y fiscales arrestados y 9.000 empleados públicos, incluyendo 31 gobernadores provinciales, gendarmes y policías, cesados. La rapidez con la que se produjeron las detenciones hace pensar que el gobierno ya tenía una lista elaborada de personas non gratas a las que echar el guante. No es descartable por lo tanto que estuviesen al tanto que algo se estaba fraguando. Este acto no parece una mera improvisación sino unas purgas planeadas. Si Turquía ya adolecía de problemas de índole democrática, estos no harán más que empeorar con el contragolpe que está llevando a cabo Erdoğan.
Los militares sublevados serán juzgados, de eso no hay ninguna duda, y el peso de la ley deberá caer sobre ellos ya que, entre otras cosas, llevan sobre sus hombros las vidas de cerca de 200 civiles que perecieron en la intentona. ¿Pero serán juzgados también las personas que lincharon y acabaron con la vida de militares desarmados? Las imágenes de manifestantes exacerbados golpeando a soldados rendidos es otra de las trágicas estampas de estos días. Soldados rasos, que según dicen no tenían constancia de que estuviesen llevando un golpe militar, sino unas maniobras ordenadas por sus superiores. Una vez más, con la justicia politizada, es difícil creerlo.
Los llamamientos de Erdoğan para sacar a sus partidarios a las calles han llevado a la violencia, como atestiguan las imágenes y videos de este fin de semana, y a peticiones para que se restaure la pena de muerte para ajusticiar a los traidores. En la noche del domingo, una iglesia católica en Trabzon y otra protestante en Malatya fueron atacadas por grupos de islamistas. Es una de las consecuencias de exaltar a unos manifestantes que, en muchos casos, devienen en turbas.
Destacable es el papel de los partidos de la oposición. Pese a ser acérrimos rivales de Erdoğan y su AKP, todos ellos se opusieron desde un primer momento al golpe y manifestaron su apoyo al gobierno, legítimo y elegido en las urnas, en un ejercicio de responsabilidad. Está por ver si, por ejemplo, el gobierno le devuelve el favor al pro-kurdo HDP, al que lleva tiempo intentando ilegalizar. Lo dudo.
Las purgas durarán semanas o meses y servirán para que Erdoğan acumule más poder del que ya tiene. La democracia turca, tan maltratada, será una de las principales víctimas del golpe. Todavía quedan muchas preguntas sin respuesta sobre el fallido golpe de Estado, pero hay una cosa que está clara: Turquía no volverá a ser la misma.
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