Si hasta hace pocas semanas la idea de una Grecia fuera del euro seguía siendo -al menos según el discurso oficial- una opción impensable y remota, especialmente a la luz de los acuerdos firmados entre Atenas y el dúo UE-FMI para conceder nuevos préstamos al país que eviten la quiebra de su economía, la opción ya está en boca de varios pesos pesados de la Unión y muchos lo aventuran ya como un recurso que parece inevitable, aunque doloroso.
Esta es la pregunta que muchos políticos en Bruselas y en otros países clave como Alemania deben sin duda estar haciéndose estos días ante la sorpresa y la confusión que han dejado las últimas elecciones parlamentarias celebradas en Grecia, y que han sacudido por completo el panorama político del país helénico. Si hasta hace pocas semanas la idea de una Grecia fuera del euro seguía siendo -al menos según el discurso oficial- una opción impensable y remota, especialmente a la luz de los acuerdos firmados entre Atenas y el dúo UE-FMI para conceder nuevos préstamos al país que eviten la quiebra de su economía, la opción ya está en boca de varios pesos pesados de la Unión y muchos lo aventuran ya como un recurso que parece inevitable, aunque doloroso.
Sorprende pese a todo que en la UE confiasen ciegamente en que el país seguiría cumpliendo «sí o sí» las draconianas exigencias impuestas a cambio del plan de rescate de 130.000 millones de euros que se supone debería evitar la bancarrota de la nación; lo es en cuanto que las cábalas numerológicas hechas en los despachos de Bruselas acerca de cuánto dinero necesita Grecia para evitar el desastre no sólo aparecen frías e insensatas ante la magnitud de sus consecuencias tanto para los ciudadanos griegos de a pie -que han visto a su país reducido a la indigencia, con una economía cuyo PIB se hundirá este año un 5% y un desempleo que ronda el 22%- como para la propia infraestructura económica y estatal de Grecia, sino porque en la práctica han demostrado sobradamente que ni pueden cumplirse ni representan más que un parche para lo que parece un pozo sin fondo de la economía de la Eurozona. El país se hunde y sin dinero para estimular su economía, la menguante riqueza se va en pagar los intereses de la deuda y de los préstamos.
La quiebra del sistema político tradicional griego, con el hundimiento de los dos principales partidos -el conservador Nueva Democracia y el socialista PASOK- que se han alternado durante años en el poder, demuestra la incapacidad de los políticos griegos para asumir la dirección del país en estos trascendentales momentos y siembra una más que peligrosa duda entre los propios ciudadanos griegos acerca del sistema y de su clase política, que en el fondo es la misma que condujo a Grecia durante años de despilfarro y cuentas amañadas a la catástrofe de hoy día. La irrupción en la escena política de formaciones de ambos extremos del espectro ideológico, como son la coalición radical de izquierdas SYRIZA y el ultraderechista Chryssi Avghi o «Amanecer Dorado» -con un símbolo que recuerda a la esvástica nazi y cuyos miembros emplean el saludo fascista-, ambos dos partidos hasta hace bien poco prácticamente marginales y que ahora las encuestas sitúan entre los más votados del país, dan una clara muestra de hasta qué punto la situación en Grecia se ha vuelto insostenible y el sistema político adolece de una grave y muy peligrosa descomposición que debería tener más que preocupados a los políticos de la vieja Europa.
En la práctica lo ocurrido con Grecia ha demostrado la fragilidad de la moneda única -el euro-, esa que Europa Occidental vendió en su día como ejemplo de eficacia y estabilidad y que ha demostrado ser una gigantesca Torre de Pisa a la que se han ido agregando pisos y pisos sin los controles debidos y que finalmente se ha visto que tenía los cimientos de barro. Nadie controló las cuentas griegas cuando entró en la Eurozona, y cuando en 2009 se demostró que Grecia había falseado las cifras de déficit y deuda pública para poder entrar en el «club euro» todo el mundo pareció sorprendido… «Vaya, nos han mentido los griegos, ¿cómo ha podido pasar?», debió pensar alguien en el Banco Central Europeo. Cualquiera que hubiera vivido unos pocos meses allí podría haberles dicho sin embargo que la evasión fiscal -tanto entre particulares como entre empresas-, cifrada en 2011 en 37.000 millones de euros (un 10% de la deuda del país), era moneda corriente y casi una costumbre nacional; que la economía sumergida suponía el 30% de la actividad económica del país, suponiendo otros 20.000 millones de euros, o más del 8% del PIB griego (suficientes para cubrir el déficit fiscal durante dos años); o que a una corrupción incrustada en la propia infraestructura del estado había que sumar una clase funcionarial que suponía el 40% de la fuerza laboral del país, una carga burocrática imposible de soportar para cualquier país pujante y no digamos ya para uno con el historial que arrastraba Grecia… Con todo esto, resulta irrisorio hablar únicamente de «ingenuidad» por parte de los funcionarios de la UE cuando tras la victoria en otoño de 2009 del PASOK de mano de Yorgos Papandreu se reveló que las cuentas griegas no salían y que el déficit y la deuda del país estaban totalmente fuera de control.
El problema ahora para sus socios europeos es doble. Por un lado, permitieron entrar a Grecia en el euro -posiblemente porque pesaron más las razones políticas que las económicas- y ahora la Eurozona tiene que encontrar la manera de mantener el barco de la moneda única a flote mientras hace aguas por el costado griego; y por otro, aunque la solución más socorrida e inmediata podría ser la salida del país del euro, la cosa no es tan fácil. Por mucho que la inevitabilidad de los últimos acontecimientos en Grecia haya abocado a muchos políticos en la UE a hablar de lo que hasta hace poco se consideraba un tabú, todo el mundo en la vieja Europa sabe que si Grecia cae, arrastrará a los más débiles consigo. El incumplimiento de las medidas de ajuste y la expulsión de Atenas del club del euro seguramente conduciría a una situación de insolvencia y al impago de su deuda, con el tremendo shock que eso produciría en los mercados, en la credibilidad del euro, y en su estabilidad como moneda. Y si Grecia sale, ¿cuánto tiempo pasaría hasta que lo hiciera Italia, o Portugal… o España? Con la veda abierta, quedaría claro que el euro no es lo que parecía, y la salvación griega podría significar el fin de la moneda europea, que perdería todo su sentido como moneda común de Europa y como proyecto de unión económica en el seno de la UE… Y sin la perspectiva de una unión económica, muchos políticos en la Unión saben que el proyecto de la UE está condenado al fracaso.
Por otro lado, la mayoría de los griegos se han dado ya cuenta de que hagan lo que hagan su situación no va a ir sino a peor, así que han comenzado a preguntarse lógicamente qué ganan ellos con las medidas de ajuste que exigen sus socios europeos si los servicios sociales se acaban, cada vez hay menos trabajo y la economía se hunde. «¿Por qué vamos a salvar nosotros al euro?», se preguntan, y eso que la mayoría de ellos según las encuestas no quiere volver al viejo «dracma»; ni siquiera el líder de SYRIZA, Alexis Tsipras, que afirma que Grecia puede no pagar su deuda y seguir en el euro… En Bruselas y Alemania aún deben de estar hiperventilando tratando de recuperarse del shock cardíaco… Ellos que se creían con la sartén por el mango y que pensaron que podían imponer sus propias condiciones a los griegos echándose el farol de que podían expulsarlos del euro… ¿Qué harán ahora que los griegos comienzan a descubrir que la Eurozona depende tanto o más de ellos, como ellos de la Eurozona?
Queda por ver lo que ocurrirá y si las elecciones del pasado 6 de mayo desembocarán -como parece previsible- en una nueva convocatoria en las urnas para junio, o en cualquier otra solución transitoria. De ser así, habrá que ver cuál es la reacción de los mercados y qué consecuencias tiene eso para el euro y para muchos países de la Eurozona cuyas economías no atraviesan precisamente su mejor momento, como Italia o España, y que podría ser sólo un adelanto de lo que supondría esa salida de Grecia de la moneda única que algunos políticos europeos se atreven valientemente ahora a asegurar que es posible… Esa perspectiva, y la victoria que las encuestas aseguran en unas nuevas elecciones a la formación radical de izquierdas SYRIZA -con su ideario de no seguir adelante con los planes de ajuste de la UE y el FMI- debería tener más que preocupada a los políticos de la UE.
Pero más allá de las consecuencias económicas, la situación a la que parece abocada Grecia y con ella el euro debería mover a muchos en Bruselas a la reflexión y a preguntarse quizás no sobre ese interrogante que debe estar sin remedio dándoles vueltas estos días por la cabeza, «¿Qué hacemos con Grecia?»… Sino más bien a cuestionarse a sí mismos y pensar: «¿Qué hemos hecho con Europa?».
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Como gran aficionado a la historia que es, a Pablo Gómez le cautivó Turquía desde el primer día que la visitó en 2006: allí se casó, allí tiene una casa, y desde entonces se ha convertido en todo un experto en la actualidad de Turquía. Con una larga experiencia en medios de comunicación, está al frente de Hispanatolia desde 2011.





