El hijo de Mehmet el Conquistador fue recibido en Rodas entre flores, música de trompetas y tambores, y el clamor de la multitud. El astuto Pierre d’Aubusson, gran maestre de la Orden, fue su anfitrión y cenó con él en varios banquetes ofrecidos en su honor. Pese a la libertad de la que gozó Cem Sultan en la isla, estaba claro que ya no sería él quien decidiría su futuro. El osmanlí se había convertido en la pieza más codiciada en la política europea de finales del siglo XV, las potencias del continente querían contar con el arma con el cual poder hacer frente al Gran Turco, a su hermano Beyazıt.
Con la vista puesta en retomar el trono, Cem le solicitó a d’Aubusson poder irse a Hungría, donde contaría con el apoyo de Matías Corvino, soberano húngaro, y desde donde podría volver a guerrear contra el sultán. El Gran Maestre le informó entonces que el Consejo de los Caballeros había decidido enviarle a una comandancia de la orden en Francia, ya que en Rodas corría peligro por su proximidad a las tierras otomanas. Cem aceptó, esperando que desde allí le fuese más fácil ir a Hungría. Así pues, tras treinta y cuatro días en Rodas, Cem y d’Aubusson se despidieron entre lágrimas aunque las de éste último no eran del todo sinceras: el gran maestre ya había contactado con Beyazıt y traicionaría al que había sido su huésped. Mientras tanto, el Papa, el emperador Federico III y otros soberanos europeos ya habían sido informados por la Orden de que Cem marcharía al continente. Todos se frotaban las manos ante la idea de poder contar con el príncipe en la guerra contra el Turco.
El pretendiente al trono otomano y su sequito de cincuenta y siete personas, veinte de ellas esclavos comprados en Rodas, cruzaron el Mediterráneo en una travesía no exenta de peligros. Cem debía pasar desapercibido a los agentes osmanlíes y venecianos, que colaboraban con Beyazıt, ya que éstos intentarían apresarle o asesinarle. Finalmente, cuarenta y cinco días después de haber partido de Rodas, el 16 de octubre de 1482 la comitiva llegaba a Villefrance-sur-Mer, cerca de Niza. La intención de los Caballeros de San Juan era la de transportar al regio huésped tierra adentro, pero la plaga que por aquel entonces azotaba Francia hizo que se quedasen en Niza casi cuatro meses.
Durante su estancia en la ciudad mediterránea, Cem se hospedó en el palacio de un rico comerciante genovés, Gaspare Grimaldi, que estaba precisamente a sueldo de Beyazıt. Se cuenta que, con el beneplácito del italiano, Cem disfrutó de un pequeño harén “alla genovese” con las seis hijas y numerosas sobrinas del comerciante. Tal vez una de ellas se convirtiese un día en una sultana, pensaba el ambicioso italiano. Mientras Cem y sus acompañantes disfrutaban de los placeres de Niza, d’Aubusson negociaba con Beyazıt. Finalmente, el sultán aceptaría pagarle al Gran Maestre la suma de 45.000 ducados anuales por el cautiverio de su hermano. El Gran Maestre, que unos meses antes había derramado lágrimas de cocodrilo despidiéndose de Cem, traicionaba sin reparo al príncipe. Poderoso caballero es don Dinero.
Cuando la plaga remitió, Cem fue llevado a terrenos de la orden en les Échelles, todavía en el Ducado de Savoya. Una vez allí, el otomano pidió a sus anfitriones, o captores para dejarse de eufemismos, que le dejasen enviar un mensaje a Matías Corvino de Hungría. Los caballeros aceptaron y el príncipe despachó a dos de sus hombres, Mustafa Bey y Ahmet Bey. En les Échelles, Cem conoció a Carlos, el duque de Savoya, de quince años de edad. El joven noble admiraba al exótico príncipe extranjero y de sus encuentros surgió una gran amistad. El duque entonces le prometió a Cem que le libraría de la Orden y partió a ver su amigo René, otro duque como él, en este caso de Lorena, para tramar la operación. Sin embargo, los Caballeros se enteraron de la trama y abruptamente sacaron al osmanlí de les Échelles para llevarlo a le Poet-Laval, un pueblo del Delfinado. La muerte de Luis XI y la subida al trono francés de Carlos VIII preocupó a la Orden y propició que éstos enviasen ochocientos caballeros a Poet-Laval para reducir el sequito de Cem, que de casi cincuenta pasó a no superar la veintena. Los veintinueve turcos apartados de su señor fueron llevados, acompañados de un enviado de Beyazıt, a Rodas.
De un lado para otro, Cem y lo que quedaba de su sequito pasaron un tiempo en Rochechinard. Allí el osmanlí disfrutó de algo más de libertad y durante un paseo a caballo por el campo, vestido como era habitual en él con su turbante y ropajes turcos, desmontó para disfrutar del sol. Mientras descansaba, se sorprendió al ver que otro caballero entró en escena y se detuvo en el linde del bosque para observarle. Pero no se trataba de un hombre, si no de una mujer de cautivadora belleza y largos cabellos. Cem la saludó pero ella no respondió y desapareció de allí. Unas semanas más tarde, el otomano descubrió que aquella misteriosa joven era Philippine, hija del barón Jacques de Sassenage, que vivía en un castillo en los alrededores, también conocida en el lugar como La Belle Hélène, ya que se decía que era tan bella como Helena de Troya.
Cem y Philippine-Héléne vivieron entonces un intenso romance que ha quedado enraizado en el folclore local. Según cuentan, durante uno de sus furtivos encuentros, la joven le comunicó entre lágrimas al príncipe que no podría verle más ya que se había concertado su matrimonio con un noble francés, a pesar de que ya se encontraba encinta de Cem. Leyenda o no, sí se sabe que el barón y su hija se encontraban en la zona durante el cautiverio del osmanlí y que Philippine tuvo un hijo fuera del matrimonio que fue criado de manera encubierta como paje por Philippine, y que fue casado entre la nobleza local. Así que quién sabe, tal vez corra sangre real otomana por las venas de algunos habitantes del sudeste de Francia.
A principios de 1484 Cem fue llevado a las tierras pertenecientes a la familia d’Aubusson, donde vivió en diferentes pueblos y castillos. Mientras tanto, el Gran Maestre de la orden negociaba por separado, o según conviniese, con el nuevo Papa Inocencio VIII, el rey Ferrante de Nápoles, primo de Fernando el Católico, Matías Corvino de Hungría, Carlos VIII de Francia, el sultán mameluco Qaitbey, el sultán Beyazıt y los venecianos, quienes parecían abonados a las intrigas, dispuesto a vender a Cem al mejor postor mientras que en el proceso se embolsaba cuantiosas comisiones. Al mismo tiempo, corrían rumores de que los húngaros querían secuestrar al osmanlí y llevárselo a Buda. Durante aquella época, se le atribuye otro romance a Cem, aunque este menos documentado, con Juana, hija del duque Juan IV, señor de Boussac, historia de la que se hizo eco en el siglo XIX la novelista George Sand.
En agosto de 1486, tras un largo periplo por Francia y con las conspiraciones en curso, Cem y sus acompañantes se establecieron en Bourganeuf, propiedad de Guy de Blanchefort, hombre de confianza de d’Aubusson. Allí, el osmanlí se alojó en una torre construida exclusivamente para darle cobijo, tal es así que pasó a llamarse como la torre de Zizim, como se conocía a Cem en Francia. En dicha prisión de seis plantas, el otomano estuvo preso casi tres años durante los cuales apenas pudo hacer nada que no fuese esperar a que su destino le llevase a una u otra corte europea.
Pero, como no podía ser de otra manera en su turbulenta vida, su estancia en Bourganeuf no estuvo exenta de emociones. Hasta tres intentos de rescatarle tuvieron lugar: primero, en otoño de 1486, el duque de Ferrara intentó liberarle para poder llevarle a Hungría. La conspiración fue descubierta. Luego le tocó el turno al duque de Lorena, quien ya había ayudado al duque de Savoya en les Échelles, que quería usar al otomano para ayudarle en una remota pretensión al trono napolitano. También fracasó. El último intento corrió a cargo del duque de Borbón, pero una desafortunada borrachera hizo que uno de los hombres de Cem se fuese de la lengua en el último momento y diese al traste con la operación. Y mientras tanto, su hermano Beyazıt intentaba, sin éxito, asesinarle.
En el plano más personal, la estancia de Cem en la torre de Bourganeuf también tuvo sus tragedias. Se dice que el osmanlí tuvo un romance con María, hermana de su anfitrión. Al enterarse de ello la, a esas alturas ya, única concubina de Cem, una chica por el nombre de Alméida, entró en un ataque de celos y envenenó a María. Al enterarse de ello, el otomano la entregó a sus hombres a lo que ella respondió ahorcándose desde una de las ventanas de la torre, conocida desde ese momento como la “ventana de la mujer extranjera”. Finalmente, el tedio de Cem, que intentaba matar escribiendo poesía, tocó a su fin cuando a finales de 1488 abandonó Bourganeuf para siempre. Su destino: Roma; su nuevo carcelero: Inocencio VIII. El capelo cardenalicio para d’Aubusson fue el precio a pagar.
Continuará…
Canción: «Los días en prisión de Cem Sultan», del compositor turco Can Atilla
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