artículo de opinión

¡Larga vida a Cem Sultan! (II)

A finales del siglo XV dos potencias islámicas pugnaban por la hegemonía de Oriente Medio. Por un lado  se encontraba el Imperio otomano, a caballo entre Europa y Asia. Al otro el Sultanato mameluco, radicado en Egipto, pero cuyos dominios llegaban hasta el sur y sureste de Asia Menor. No es de extrañar por lo tanto que el ya septuagenario Qaitbey, el último de los grandes sultanes mamelucos, recibiese con los brazos abiertos a Cem Sultan, pretendiente al trono osmanlí. El príncipe otomano y todo su sequito fueron agasajados a su entrada en El Cairo con un desfile triunfal.

Durante su estancia en la capital mameluca, Cem y sus familiares se hospedaron en uno de los palacios de la ciudad, la joya por entonces del mundo árabe. Qaitbey y el otomano forjaron una estrecha relación; durante el Ramadán Cem cenó diariamente junto al sultán en su fastuoso palacio mientras que durante el día visitaban las maravillas de una urbe digna de “Las mil y una noches”. No obstante, el hijo de Mehmet el Conquistador no estaba en El Cairo para pasar unos días de descanso, por lo que le pidió a Qaitbey ayuda para luchar contra su pérfido hermano. El mameluco, encantando con el caos reinante en su imperio rival, se mostró reacio por lo que Cem, cansado de esperar, le pidió permiso para hacer el tradicional peregrinaje a La Meca, entonces en dominios del sultanato.

Pese a que no puede dudarse de que Cem visitase La Meca para cumplir su deber como buen musulmán, también existían otros motivos más mundanos detrás de ello. El príncipe aspiraba a convertirse en el soberano no solo del Imperio otomano sino también de todos los musulmanes, en el Califa de los creyentes. Una vez llevada a cabo dicha operación de relaciones públicas, Cem volvió a El Cairo tras casi tres meses de peregrinaje.

Mientras el osmanlí se encontraba visitando los Sagrados Lugares, Qaitbey entró en contacto con Beyazıt ofreciéndose como mediador entre los dos hermanos. A esto siguió un intercambio entre los dos otomanos, en forma de poemas, como no podía ser de otra manera, que acabó con el ofrecimiento de Beyazıt a Cem de unos terrenos cerca de Jerusalén con la condición de que su hermano se diese por vencido y decidiese pasar el resto de sus días dedicado a la agricultura. Pero para él, Cem porfirogéneta, aquello era un insulto.

Espoleado por la insolencia de su hermano, el príncipe decidió reanudar la guerra civil. Para ello contó con el apoyo de Kasım Bey, señor de Karaman, uno de los beyliks (emiratos turcos independientes) más importantes de Asia Menor, rival de los otomanos. Qaitbey, a regañadientes, también le prestó su ayuda en la forma de oro y 2.000 soldados. De esta forma marchó Cem de nuevo al combate, dispuesto a recuperar lo que era suyo, dejando en la capital mameluca a su propia madre, su hijo Murat, su hija Gevher Melek, a la madre de estos dos y a otras mujeres de su harén. Cem no volvería a verles nunca más.

El contendiente al trono cruzó los montes Tarsos a finales de la primavera de 1482. Junto a él se encontraban el mencionado Kasım Bey y Mehmet Ağa, comandante de los jenízaros de Ankara, junto a sus respectivos partidarios. Cem disponía entonces de un ejército mayor del que tuvo en su primera intentona. Beyazıt, informado mediante espías de las acciones de su hermano, logró reunir un ejército de 200.000 hombres, muy superior al de Cem, y fue a su encuentro.

Pese a la superioridad numérica, el sultán se mostraba desconfiado pues corrían rumores de que muchos de sus hombres simpatizaban con su hermano. Éste, tras diversas maniobras, decidió sitiar Konya junto con Kasım Bey y Mehmet Ağa. Pero la fuerte resistencia de la guarnición fiel a Beyazıt hizo que fuese imposible tomar la que antaño había sido su capital. Por ello, Mehmet Ağa decidió dirigirse al norte, a Ankara, donde había dejado a su familia. Pero İskender Paşa, gobernador de Amasya y partidario del sultán, se le había adelantado. Cuando el jenízaro llegó fue derrotado y ejecutado.

La noticia de la derrota de Mehmet Ağa llegó a Cem al mismo tiempo que el ejército de su hermano se le aproximaba. En clara inferioridad, Cem y Kasım Bey decidieron emprender la huida. Por el camino, su ejército se fue disolviendo como un azucarillo. Guiados por tribus turcomanas, llegaron a los montes Tauro, donde los hombres de Beyazıt fueron incapaces de encontrarles. Entonces Cem decidió buscar refugio entre alguna de las potencias europeas de la época. Primero contactó con los venecianos pero éstos le rechazaron: la paz con los otomanos era un bien muy preciado para la Serenísima.

El príncipe miró entonces a un rival cristiano más cercano, los Caballeros Hospitalarios de San Juan, con base en Rodas. Sin demora, le envió una carta a su gran maestre pero fue interceptada por los hombres de Beyazıt, que en ese momento supo de los planes de su hermano. Cuando no recibió respuesta alguna, Cem se dio cuenta de lo ocurrido y envió otra misiva. El Consejo de los Caballeros acepto la petición. Con la caballería de su hermano pisándole los talones, Cem emprendió la marcha a la costa mediterránea desde donde podría embarcarse, mientras que Kasım Bey decidió escapar a Persia. En una persecución propia de película, el osmanlí puso pie en una galera en Corycus al mismo tiempo que los hombres de su hermano entraban en el puerto. De esta manera, comenzaba el segundo y último exilio de Cem Sultan.

Continuará…