Las últimas acciones del PKK, que ha recrudecido sus ataques en territorio turco en las últimas semanas primero con el ataque contra el puesto fronterizo de Aktütün, que costó la vida el pasado 3 de octubre a 17 soldados turcos, y luego con otro atentado en la ciudad suroriental de Diyarbakır que mató a cinco personas, cuatro de ellas policías, han vuelto a poner sobre la mesa la idea de llevar a cabo una intervención militar a gran escala en el norte de Irak como solución, al menos a corto plazo, a los atentados del grupo armado Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK).
Estos ataques tuvieron lugar además precisamente cuando el parlamento turco, la Gran Asamblea Nacional, se reunía para debatir la extensión por otro año más de la autorización dada en octubre del año pasado para que el ejército turco realizara operaciones militares fuera de territorio nacional para luchar contra el PKK –es decir, en el norte de Irak. Si bien dicho mandato expiraba el 17 de este mes, y a pesar de los atentados del PKK en la frontera iraquí y en Diyarbakır en esos días, lo cierto es que la mayoría aplastante con que se aprobó la propuesta en el parlamento estaba cantada, y los atentados sólo sirvieron para exacerbar los ánimos entre la opinión pública turca y para aumentar la presión del ejército sobre el gobierno de Erdoğan para repetir la incursión terrestre que ya tuvo lugar en febrero de 2008. Pero, ¿es la vía militar la solución al conflicto armado con el PKK? Probablemente no, aunque pocas opciones le quedaban al gobierno turco a corto plazo.
Desde la incursión de una semana de duración que tuvo lugar en territorio iraquí en febrero de este año, Turquía se ha limitado a realizar bombardeos periódicos sobre supuestas posiciones o bases del PKK en las montañas del norte de Irak que sirven de frontera con Turquía –las montañas Qandil-, donde la inteligencia militar turca cree que se refugian al menos 3.000 guerrilleros de la organización terrorista. La autorización dada al ejército para intervenir en Irak, sin embargo, estaba en vigor desde octubre de 2007. El argumento de que el ejército turco podía estar esperando a la mejora de las condiciones climáticas en la región, que soporta duros inviernos, hasta la llegada de la primavera (precisamente cuando el PKK retoma sus incursiones aprovechando el deshielo en las montañas), perdió en parte su peso cuando en febrero los soldados turcos tuvieron que retirarse tan sólo una semana después de haber iniciado las operaciones a gran escala en suelo iraquí.
Si bien el Estado Mayor Turco y su entonces general en jefe, Yaşar Büyükanıt, quisieron afirmar hasta la saciedad que el fin de la operación respondía exclusivamente a que se habían cumplido los objetivos, no se pudo obviar entonces que los Estados Unidos habían pedido desde el inicio que el ejército turco pusiera fin a la intervención en la única región de Irak hasta entonces relativamente estable del país, con una autonomía de facto desde la guerra del Golfo de 1991, y que supone un aliado pero también una fuente de suministros para las tropas americanas presentes en Irak; además, la inteligencia militar estadounidense proporcionaba –y proporciona- información vital en tiempo real para conocer las posiciones exactas del PKK en la zona, con lo que no es difícil suponer que Washington amenazara con cortar esa información si Ankara no daba marcha atrás. Y el hecho es que, desde entonces y a pesar de las afirmaciones de los responsables de las Fuerzas Armadas Turcas, no se retomó la idea de una operación terrestre a pesar de que el PKK siguió atentando contra objetivos en suelo turco, probando que había sido herido pero no tan gravemente. Y prueba de ello es, para desgracia de los fallecidos y sus familiares, el hecho de que más de 300 hombres del grupo armado atacaran el puesto de Aktütün hace ahora una semana, utilizando armamento pesado y sin que nadie advirtiera previamente ni su presencia ni sus movimientos.
A la vista de esto, la prórroga de la autorización del parlamento o las demandas de nuevas competencias en la lucha contra el terrorismo que le hizo el nuevo Jefe del Estado Mayor Turco, el general İlker Başbuğ, al primer ministro Erdoğan durante la reunión del Consejo Supremo Anti-Terrorista que tuvo lugar esta semana, parecen más una cortina de humo y una huida hacia adelante que una solución real y duradera al conflicto que mantiene el Estado turco y el PKK desde principios de los 80. De todos es sabido que una intervención terrestre a gran escala como la que tuvo lugar a principios de año generaría importantes bajas entre las filas del ejército turco –que no siempre ofrece datos reales sobre sus muertos, como aseguran algunos testimonios-, sin duda mucho mayores que las que tuvieron lugar en Aktütün (como ya se demostró a principios de año), sin que ello evitase que el PKK pudiera rehacerse finalizada la operación, sobre todo teniendo en cuenta la dificultad orográfica de la zona.
Por esta misma razón, ideas lanzadas estos días por la oposición parlamentaria al AKP como crear una “zona de seguridad” en torno a la frontera turca que abarcaría las zonas montañosas del norte de Irak –que la administración kurdoiraquí asegura no poder controlar- resultan simplemente descabelladas, por las implicaciones políticas y de estabilidad que tendrían en la región, por su repercusión en las relaciones con Estados Unidos o con el propio Irak, y por el desgaste de medios, económicos y militares, que supondría para las Fuerzas Armadas Turcas, a quienes ya cuesta bastante frenar los ataques del PKK en la zona fronteriza con Irak como para suponer que puedan controlar las abruptas montañas del norte iraquí a medio o largo plazo, en lo que podría convertirse para Turquía en su particular “Vietnam”, a una escala más local.
Hay que tener en cuenta además en el análisis de la situación la creciente fragmentación que sufre el PKK y el terrorismo kurdo en general, acosado por una creciente superioridad tecnológica y militar del ejército turco, que ha sufrido en los últimos 10 años una importante transformación y modernización. Esto unido a la encarcelación de su aún proclamado líder, Abdullah Öcalan, desde que fuera arrestado en 1999 en el exilio y condenado en Turquía a cadena perpétua, ha acrecentado en los últimos tiempos la división interna en el seno del PKK, que ha vivido no sólo luchas intestinas por el poder –entre las que se incluirían acciones unilaterales de alguna de sus facciones, como el reciente secuestro de tres alpinistas alemanes en el monte Ararat- sino escisiones y surgimiento de nuevos grupos armados pro-kurdos, como los Halcones del Kurdistán Libre o el Frente Patriótico Democrático, ambos escindidos del PKK ante desavenencias surgidas en el seno del grupo armado, acrecentadas con la derrota en el frente militar ante la presión militar turca, la cada vez mayor pérdida de apoyo popular en el sureste, o la pérdida de la base ideológica original de la organización.
De hecho, numerosos analistas confirman en señalar cómo el PKK afronta en estos momentos un giro hacia un discurso islamista para tratar de recuperar el terreno perdido en el sureste turco entre la población kurda, cansada de terrorismo y horrorizada cada vez más tanto por los atentados del PKK –aunque la frecuencia e intensidad haya bajado notablemente en los últimos años- como por la muerte de guardias rurales, un cuerpo paramilitar de vigilancia en las zonas rurales del sureste turco compuesto exclusivamente por kurdos, a quienes el PKK considera obviamente traidores. Partidos nacionales turcos de base conservadora-islámica (al menos en la Anatolia Oriental) como el gobernante AKP obtuvieron muchos más votos en las últimas generales en las provincias de mayoría kurda que el que pretende ser representante del nacionalismo kurdo, el Partido de la Sociedad Democrática (DTP), a quien el PKK considera su representante político y con quien mantiene fuertes vínculos, no sólo ideológicos.
El discurso del AKP, basado en más reformas democráticas, más libertad cultural, y proyectos de desarrollo económico para la región, ha calado mucho más entre una población cada vez más hastiada de oir que la solución a sus problemas es el nacionalismo o el terrorismo del PKK. Y aunque en Occidente aún se conserva en ciertos círculos ideológicos y políticos aquella idea cuasi romántica de un PKK en lucha por los derechos del pueblo kurdo contra un Estado turco opresor (muy relacionada con otros movimientos guerrilleros de izquierda surgidos en la misma época, especialmente en Sudamérica), el historial del PKK y de su lucha dista mucho de esa visión idílica, igual que la realidad de hoy día en Turquía dista mucho de ser la de hace 25 años: ha habido progresos muy importantes en derechos y libertades culturales e individuales, también para los kurdos, y el pueblo kurdo –incluso muchos de sus representantes políticos- ven al PKK cada vez más no como una solución, sino como un problema y una causa fundamental de su exclusión y su pobreza. Y eso a pesar de que la organización terrorista ha ido cambiando su discurso, su metodología y sus reivindicaciones, conforme le ha ido interesando y sobre todo, según ha ido aumentando el rechazo de la opinión pública occidental a sus métodos. Aun así, el PKK cuenta aún hoy en día con muchos seguidores en Europa y con organizaciones paralelas que le proporcionan soporte económico, jurídico e incluso mediático. Todo esto sin olvidar que, como ocurre con otros grupos armados similares (como por ejemplo las FARC, en Colombia), todos los informes coinciden en señalar que hoy día el PKK no es sólo una organización terrorista sino también una red que utiliza el blanqueo de dinero, el contrabando y el tráfico de drogas –entre otros delitos- como una de sus principales fuentes de financiación.
Por todo ello, el gobierno del primer ministro Tayyip Erdoğan haría bien en hacer oídos sordos tanto a las demandas de crear “zonas de seguridad” o imponer medidas de emergencia en el sureste –que probablemente rechace-, como a las peticiones de llevar a cabo una nueva incursión terrestre en el norte de Irak, algo seguramente más difícil de evitar dada la presión que existe sobre la cuestión en estos momentos. Por el contrario, potenciar aspectos que viene defendiendo su partido AKP en los últimos años, como la profundización en las reformas democráticas según los estándares de la UE, el fomento de la expresión de la cultura kurda en diferentes formas y medios –a pesar de la oposición del nacionalismo turco-, o la acción decidida para llevar a cabo el Plan de Desarrollo Económico del Sureste de Anatolia (GAP), contribuirán sin duda alguna a seguir mermando la base social y la justificación –para quien quiera seguir buscándola- de los ataques y atentados del PKK.
Por el contrario, una intervención militar en el norte de Irak, además de perjudicar gravemente los incipientes lazos con la administración kurdo-iraquí (una relación que puede aportar grandes beneficios a ambas partes), sólo contribuiría a enquistar posiciones y a dar motivos para la justificación interna de la lucha armada que mantiene el PKK. Sería, según afirman numerosos analistas, lo que el PKK habría estado buscando con sus últimos atentados, como solución a sus problemas ideológicos, de liderazgo y de cohesión interna. Y qué duda cabe que si permitimos que nos arrastren a su locura de la violencia, correremos el riesgo de convertirnos en iguales a ellos.
Por último, es de vital importancia cortar las vías de ayuda y financiación exterior al terrorismo, especialmente en Europa, para lo cual el gobierno turco debería iniciar cuanto antes una campaña de promoción e información en el viejo continente, que sirva para lavar la imagen distorsionada de que goza tanto el PKK como la propia Turquía. Otros proyectos de asesoramiento externo que recopilen experiencias similares de otros países, o que ayuden a compartir toda la información disponible sobre la organización terrorista –como parece que ya se están poniendo en marcha en colaboración con la UE-, pueden ser también de gran ayuda para que Turquía encuentre nuevas vías y soluciones para tratar esa gran lacra que es el terrorismo… de la que los españoles también tenemos, seguramente, mucho que contar.
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Como gran aficionado a la historia que es, a Pablo Gómez le cautivó Turquía desde el primer día que la visitó en 2006: allí se casó, allí tiene una casa, y desde entonces se ha convertido en todo un experto en la actualidad de Turquía. Con una larga experiencia en medios de comunicación, está al frente de Hispanatolia desde 2011.





