Ni los escándalos por corrupción ni la deriva autoritaria del gobierno, ni la guerra abierta con el movimiento Gülen parecen haber pasado factura al AKP ante una oposición incapaz de posicionarse como una alternativa válida.
Las elecciones locales celebradas el 30 de marzo en Turquía dejan constancia del apoyo de una importante parte de población al gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) y al primer ministro Recep Tayyip Erdoğan. Ni los escándalos por corrupción ni la deriva autoritaria del gobierno, ni la guerra abierta con el movimiento Gülen parecen haber pasado factura al AKP ante una oposición incapaz de posicionarse como una alternativa válida.
No hubo grandes sorpresas en las elecciones locales. El partido de Erdoğan se nutrió del granero de votos que supone las provincias centrales de Anatolia para teñir el mapa de amarillo, color de su partido, desplazando a la oposición a la costa mediterránea, las provincias europeas y el sureste de mayoría kurda. Pese a que el principal partido de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP por sus siglas en turco) contaba con dos políticos carismáticos para Estambul, Mustafa Sarıgül, y Ankara, Mansur Yavaş, no pudo arrebatar al AKP las dos principales ciudades del país, aunque la batalla por la capital no ha terminado ya que al escribir estás líneas aún no se ha producido el recuento solicitado por Yavaş.
Con el 45% de los votos, Erdoğan ha salido reforzado de los comicios. Aunque sería un error interpretar estas elecciones en clave nacional, lo que está claro es que los últimos ataques a su gobierno desde distintos frentes y el constante desgaste que viene sufriendo desde hace meses, no le han pasado factura. Poco importan las represiones del parque Gezi, la escandalosa corrupción descubierta en el seno del gobierno o la erosión de las libertades (ahí están Twitter y YouTube para atestiguarlo); gran parte de la sociedad turca sigue brindándole su apoyo. Este hecho, pone de manifiesto que Turquía no se encuentra ante una crisis política, sino, más bien, ante una crisis moral parecida a la que viven diversos países occidentales.
No ayuda la situación de la oposición. El CHP lleva décadas inmerso en una crisis de liderazgo y resultados. El partido que fundara Atatürk en 1923 no gobierna el país desde finales de los 70. Si, con la que está cayendo, no ha sido capaz de alcanzar el 30% de los sufragios es poco probable que pueda hacerlo en otras elecciones al no ser que de un cambio radical. Poco que comentar del ultranacionalista Partido de Acción Nacionalista (MHP), cuya ideología está anclada en un tiempo pasado. Mientras tanto, el pro-kurdo BDP se hace fuerte en el sureste del país como era de esperar pero no deja de ser un partido de carácter marcado regionalista cuya presencia se limita a las provincias con una importante población kurda.
Así pues, con una oposición poco creíble, el AKP sigue sin tener rival en Turquía. Preocupan especialmente varias noticias, con diferentes grados de credibilidad, que hablan sobre amaños en el recuento de votos, especialmente en Ankara donde la carrera sigue estando muy ajustada (44,61% del AKP por 43,83% del CHP, de momento). La aparición de papeletas quemadas de otros partidos y los apagones en colegios electorales durante las elecciones inquietan. Erdoğan suele justificar sus acciones por el respaldo recibido en las urnas. Si algunas de éstas, aunque sea un minoría prácticamente insignificante, han sido trucadas, su legitimidad quedaría cuestionada.
Una noticia positiva, aunque insignificante a escala nacional, tiene como protagonista al Partido Liberal Demócrata. La pequeña formación liderada por Cem Toker logró hacerse con la primera alcaldía de su historia al ganar las elecciones en el pueblo de Konakkuran, en la provincia oriental de Muş. Pese a que el partido fundado en 1994 siempre ha cosechado resultados marginales, es una buena nueva para los liberales turcos.
La sociedad turca ha hablado. El respaldo a Erdoğan y el AKP sigue siendo fuerte pero no deja de sorprender que casi la mitad del electorado se haya decidido por un partido que poco tiene de AK (limpio, puro en turco) y que coarta libertades. Una oposición poco convincente y dinámica tiene parte de culpa de lo ocurrido aunque dudo que este sea el principal motivo. Una importante masa del electorado, como es habitual en otros países y con otros partidos, votará al AKP sí o sí, huyendo hacia delante y negándose a admitir los errores del partido, como si tuviesen la vista limitada por un par de anteojeras.
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