artículo de opinión

OPINIÓN: El verdadero Erdoğan

Las declaraciones del primer ministro sobre las protestas por el parque Gezi y la fulminante ocupación de la plaza Taksim por la policía vuelven a mostrar el auténtico rostro del mandatario. Tras una década en el poder Tayyip Erdoğan parece tener vía libre para acometer los cambios que él cree necesarios sin tener en cuenta la opinión de gran parte de la población y acallando a la fuerza toda crítica.

“La Democracia es como un tren, puedes bajarte en la estación que más te convenga.” Estas palabras fueron pronunciadas por el actual primer ministro de Turquía hace años. Su contenido, indigno de todo demócrata que se precie, vuelve a tener un especial significado estos días, en los cuales miles de manifestantes son víctimas de una dura intervención policial con gases lacrimógenos, tanquetas y chorros de agua presión incluidos. Durante los primeros años tras la ascensión al poder del AKP, con Erdoğan a la cabeza, dicha declaración fue olvidada y solamente enarbolada por sus más acérrimos críticos para demostrar la falta de tolerancia del político. Sin embargo, los hechos de entonces les desautorizaron.

Este Erdoğan que vemos hoy en día, descalificando a críticos, retando a la oposición y no dando su brazo a torcer en ningún asunto, es en cierta medida diferente al de sus primeras legislaturas. Entonces, el primer ministro andaba con pies de plomo. La llegada al poder de un partido cuyos miembros más destacados habían pertenecido al abiertamente islamista Refah Partisi (Partido del Bienestar) puso en alerta al entonces establishment laico encabezado por el ejército y la judicatura. Por ello Erdoğan se cuidó de tocar temas sensibles, a excepción de alguno como la penalización del adulterio y el velo en las universidades, y se acercó a la Unión Europea, ya que las negociaciones de adhesión legitimarían al AKP en el poder. Y así fue. Ese primer ministro captó el voto y apoyo no solamente de los conservadores sino de intelectuales y liberales que veían en su gobierno la estabilidad que tanto necesitaba Turquía tras una década convulsa. También, y esto es más importante, veían en Erdoğan a un reformista que trabajaría para hacer de la nación euroasiática un país plenamente democrático.

Durante los primeros años las reformas se sucedieron. El carácter conservador del partido y alguna salida de tono del político fue tomados como un mal menor. La economía mejoró notablemente durante el gobierno del AKP, aunque muchos argumentan que el ideólogo detrás de dicho desarrollo fue Kemal Derviş, reputado economista perteneciente al anterior gobierno del Partido de la Izquierda Democrática (DSP). El proceso de adhesión a la UE también trajo consigo reformas que mejoraron las libertades en Turquía. Al mismo tiempo, Erdoğan se dedicó a minar a sus más notables opositores que ya mencionamos con anterioridad: el ejército y la judicatura. Uno de los mayores éxitos del primer ministro fue subyugar el poder castrense al civil, incluso encarcelando a destacados miembros de la cúpula militar, mientras que, tras sortear intentos de ilegalización del AKP, logró meter en vereda al poder judicial, especialmente tras una controvertida reformar judicial en el 2010. Eliminadas estas potenciales amenazas, Erdoğan se liberó de las ataduras.

Al primer ministro ya no le hacía falta andarse con cuidado. Con un amplio respaldo popular en las urnas (49,8% de los votos en las elecciones del 2011 que tuvieron una participación del 83,2%), el mandatario creyó tener la legitimidad suficiente para actuar como le pareciese. Su antiguo colega de partido y actual presidente de la República, Abdullah Gül, ya le recordó recientemente que la democracia no consiste solamente en ganar elecciones, pero parece que Erdoğan no lo ve de ese modo, reafirmándose de nuevo en su carácter autoritario. Incapaz de tolerar cualquier crítica ha cargado reiteradamente contra la prensa, lo que ha convertido a Turquía en el país del mundo con más periodistas entre rejas. Por ello, no es difícil pensar por qué los medios fueron reacios a cubrir las protestas, a lo que habría que añadir que los conglomerados empresariales a los que pertenecen canales de televisión y periódicos tienen además importantes contratos con el gobierno. A su vez, decidió bajarse del tren de la UE gracias sin lugar a dudas a la inestimable colaboración de Francia y Alemania, cuyas trabas dificultaron, y aún lo hacen hoy en día, las negociaciones para la adhesión

Fuera de Turquía, el carácter autoritario y prepotente de Erdoğan le está granjeando críticas en el extranjero, donde fue admirado por su manera de gobernar un país laico mediante un partido de raíz islamista. Si durante sus primeros años quiso que Occidente viese al AKP como un partido conservador similar a los democristianos en Europa, en la actualidad el primer ministro se parece más a Vladimir Putin que a Angela Merkel.

Escudado en su mayoría, Erdoğan ha comenzado a imponer su modo de vida al resto de los ciudadanos, restringiendo el consumo de alcohol en lugares públicas (“quien quiera beber alcohol que lo haga en su casa” en palabras del mandatario), dando preponderancia al Islam suní en el sistema educativo (para desazón, entre otros, de los alevíes), imponiendo su visión de la Historia (cargando contra series de televisión que se aparten de su percepción) y así un largo etcétera. El último hecho de esta lista fue el consabido proyecto de transformar Taksim y el parque Gezi para dar cabida a un centro comercial y una mezquita. El cambio del Centro Cultural Atatürk, que será derruido si el plan sigue adelante, por un edificio religioso es para muchos un claro símbolo de la ideología del gobierno. Inesperadamente, el fin de aquel parque en la gran megalópolis que es Estambul fue la gota que colmó el vaso.

La historia se repite. Esta máxima, aunque usada en sobremanera, es cierta. La forma de actuar de Recep Tayyip Erdoğan recuerda en cierta medida a la de Adnan Menderes. Éste fue primer ministro de Turquía de 1950 a 1960. Su predilección por lo conservador pero sobre todo su forma de actuar autoritaria, persiguiendo a la prensa crítica y a la oposición, provocaron el primer golpe militar en la historia de la entonces joven República de Turquía. Menderes, junto a dos de sus ministros, acabó siendo ahorcado. Dicho desenlace es afortunadamente imposible en la Turquía actual especialmente por el mutismo del ejército, cuya autoridad ha sido cercenada por el gobierno, uno de los mayores logros de Erdoğan, que de esta manera se ha librado de un importante contrapeso a su poder que era considerado el guardián del laicismo.

El primer ministro, cuya figura se confunde con la del AKP por su carisma y personalidad que han hecho que el partido no se entienda sin él, está llegando al punto al que llegan muchos mandatarios, democráticos y no, cuya estancia en el poder se prolonga: confunde al Estado con sí mismo. Él está en lo cierto mientras sus detractores están equivocados, esa es su actitud y su error político. Mientras él se desgasta retando a los manifestantes, el presidente de la República Abdullah Gül desempeña un papel de hombre de estado y mediador, un moderado en comparación a su antiguo compañero de partido. Gül es la única figura de la política turca que puede llegar a hacer sombra a Erdoğan y es sin lugar a dudas su mayor rival para las próximas elecciones presidenciales, a las que deberá presentarse Erdoğan si quiere mantenerse en el poder de no cambiar los estatutos del AKP que le impiden optar a un nuevo mandato como primer ministro.

El desenlace de las protestas es incierto. Éstas no se desencadenaron por un puñado de árboles. Fue el hartazgo con Erdoğan y su autoritarismo la razón por la cual miles de personas salieron a las calles de Turquía. Jóvenes y mayores, turcos y kurdos, creyentes y ateos, suníes y alevíes, estudiantes y pensionistas, socialistas y nacionalistas, apolíticos y militantes, se reunieron para decirle al primer ministro “ya basta.” Erdoğan recibió el miércoles 12 de junio a una decena de representantes de los manifestantes en lo que fue poco más que un lavado de cara. El propio primer ministro dijo que el futuro del parque Gezi podría ser sometido a referéndum pero no debe engañarse, ha de saber que el quid de la cuestión no es la destrucción de un parque, sino de él mismo y su forma de gobernar.