Los asaltos en las legaciones diplomáticas de Estados Unidos en Bengazi (Libia), con muertes incluidas, y El Cairo (Egipto) por turbas de salafistas, islamistas radicales, son un claro ejemplo del frágil orden imperante en los dos países vecinos del norte de África.
Los últimos acontecimientos acaecidos en el norte de África y Oriente Medio ponen de manifiesto la inestabilidad y precaria situación de aquellas naciones que el año pasado lograron derrocar a sus respectivos tiranos. Islamistas y salafistas parecen ser los vencedores de dichas revueltas que no han hecho sino auparles al poder.
Los asaltos en las legaciones diplomáticas de Estados Unidos en Bengazi (Libia), con muertes incluidas, y El Cairo (Egipto) por turbas de salafistas, islamistas radicales, son un claro ejemplo del frágil orden imperante en los dos países vecinos del norte de África. No estamos hablando de embajadas de tercera categoría, cualquiera que haya visto o estado en los edificios diplomáticos norteamericanos en el extranjero podrá comprobar las extremas medidas de seguridad que los rodean, incluyendo tanquetas de la nación de turno, convirtiendo a algunos de ellos en auténticos búnkeres. No parece, por lo tanto, que una multitud desorganizada de extremistas religiosos sea capaz de asaltar una legación de dichas características.
Los gobiernos libio y egipcio han demostrado su incapacidad para manejar la situación. En el asalto al consultado estadounidense de Bengazi, en el cual fallecieron tres funcionarios norteamericanos incluyendo el embajador, las fuerzas de seguridad libias no dieron abasto a proteger el complejo y a sus ocupantes. Algo similar ocurrió en El Cairo. Dichos acontecimientos poco tienen que ver con la controvertida película sobre Mahoma, prácticamente desconocida hasta la fecha, como se informa desde diferentes medios. Fueron actos planeados y premeditados en los que dicha película no ejerce más que de cortina de humo, de no haber existido ésta habría salido a la palestra cualquier otra excusa. Cabe recordar que ya en junio Bengazi fue escenario del ataque al vehículo del embajador británico y de un atentado con bomba al mismo consulado norteamericano.
Pese a que a hemos podido ser testigos de incidentes similares en otras naciones árabes o de mayoría musulmana, no me detendré a analizarlos ya que estos responden a un tema distinto. Periódicamente, por unas razones u otras, se producen este tipo de manifestaciones antioccidentales en general y antiestadounidenses en particular, que suelen responder a acontecimientos puntuales, como ocurrió en su día con las caricaturas de Mahoma. A este respecto, se podría citar al conservador primer ministro turco Recep Tayyip Erdoğan, quien recientemente dijo que “los insultos a la religión no son una excusa para atacar a las personas.”
Libia, por sus peculiares características, está cerca de convertirse en un estado fallido, carente de toda estructura estatal (herencia del régimen de Muamar el Gadafi) con miles de excombatientes armados deambulando por el país y la constante presencia del extremismo islamista. Mientras tanto, el Egipto del presidente islamista Mursi todavía está inmerso en una farragosa transición en la que asoman la ideología imperante del presidente y los Hermanos Musulmanes, aunque más preocupante es el auge de los salafistas, a cuyo lado los islamistas parecen moderados.
Túnez, el estado cuya idiosincrasia invitaba a ser más optimistas, también está experimentando el auge extremista. Dejando a un lado la victoria del islamista Ennahda en las elecciones del año pasado para la Asamblea Constituyente, el país norteafricano ve como los salafistas campan a sus anchas intimidando y atacando a aquellos que no se ajustan a su ideología. Sirva como ejemplo lo que ocurrió el 4 de septiembre, cuando asaltaron el bar de un hotel en la localidad de Sidi Bouzid por servir alcohol.
Veremos que ocurre en Siria. El país árabe sigue enquistado en una sangrienta guerra civil irresponsablemente avivada por Rusia y China y que cada día se cobra nuevas víctimas mortales. En cuanto al estado semifallido de Yemen, poco merece ser comentado.
Como nos ha demostrado una y otra vez la Historia, las revoluciones siempre se comen a sus hijos. Aquellos movimientos de jóvenes, en muchos casos laicos, que jugaron un papel destacable en las revueltas de Túnez y Egipto parecen haber sido relegados a un segundo plano por grupos mucho más organizados que aprovecharon a la perfección el momento. Sirvan como ejemplo los Hermanos Musulmanes egipcios, que se encontraban preparados para hacer frente a las circunstancias en el periodo subsiguiente una vez triunfó la revolución, lo que les llevó a ganar unas elecciones presidenciales en un país de escasa tradición democrática como Egipto. Si hay que declarar a alguien vencedor de las revueltas el resultado es obvio.
El término “primavera árabe,” usado tan a la ligera por los medios, nunca fue el acertado. El exceso de optimismo o la falta de objetividad engatusaron a muchos en Occidente, que solamente veían en las revueltas la lucha de los ciudadanos contra los tiranos cleptómanos que llevaban décadas oprimiéndoles, ignorando la complejidad y particularidad de cada uno de los países involucrados. Ahora, usando el mismo lenguaje y saltándonos la estación estival, podemos decir que a la primavera le sucede el invierno, y éste, me temo, suele ser frío, duro y largo.
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