artículo de opinión

OPINIÓN: #occupygezi o el despertar de la sociedad civil

Todavía es pronto. La plaza Taksim sigue mostrando el resultado de días de batalla. Las latas de gases lacrimógenos aún ruedan por los adoquines rotos, las pinturas de guerra decoran muros y los desperfectos en mobiliario urbano son cuantiosos. Los restos de los disturbios, que están siendo limpiados por los manifestantes, podrán ser borrados pero hay en el ambiente una extraña sensación que parece decir que algo ha cambiado. Mientras tanto, las protestas continúan.

Lo que comenzó hace unos días como una protesta de un puñado de personas y activistas sobre la destrucción del parque Gezi en la central plaza estambulita de Taksim para construir en su lugar un centro comercial, simplificando el asunto, dio paso a la protesta más importante que ha vivido Turquía en al menos la última década.

La forma en la que los activistas fueron desalojados, por la noche y a la fuerza, incluyendo el uso de gases lacrimógenos, desencadenó un efecto que pocos podían prever. Pronto, el asunto cambio de cariz. Ya no se trataba de salvar un parque sino de protestar contra el abuso de fuerza por parte de las autoridades. En un primer momento éstas reaccionaron subiendo la intensidad, algo que normalmente funciona, pero en este caso fue contraproducente. A cada grado que aumentaban la represión, más gente acudía a los alrededores de Taksim y más decididos se mostraban. El empleo abusivo de la fuerza, con gases lacrimógenos y gas pimienta incluidos, fue la gota que colmó el vaso. Dicho comportamiento no es aceptable en un Estado democrático de derecho. Los policías cumplían, y lo siguen haciendo en este mismo instante, órdenes provenientes del poder político y por ende, a través del ministerio del Interior, del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan. Él es el responsable, en última instancia, del comportamiento de las fuerzas de seguridad.

Para la retina del espectador quedan ya imágenes icónicas de manifestantes resistiendo estoicamente el uso de gas pimienta, gases lacrimógenos y cañones de agua a presión. Parte de la sociedad turca se unió como no lo había hecho hasta entonces. Un ejemplo muy gráfico lo protagonizaron los seguidores más acérrimos de los tres grandes clubes de fútbol de la ciudad, irreconciliables rivales, a saber, Galatasaray, Fenerbahçe y Beşiktaş, que decidieron juntar sus fuerzas. Otra fotografía impactante fue la que circuló el sábado por la mañana que mostraba el puente del Bósforo abarrotado de decenas de miles de personas que cruzaban de la ribera asiática a la europea para unirse a las protestas.

Esta manifestación poco tiene que ver con las que todos los años tienen lugar en Turquía: protestas de acérrimos laicistas con un mar de banderas turcas, manifestaciones del Primero de Mayo de sindicatos y partidos de izquierda que siempre acaban en disturbios y tumultos protagonizados por simpatizantes del grupo terrorista PKK. En esta ocasión se trataba de millares de ciudadanos turcos, opuestos desde un principio en mayor o menor medida al gobierno encabezado por Erdoğan, que vieron como sus derechos eran violados por unas fuerzas de seguridad que emplearon medios desproporcionados para subyugarlos. Puede que la mayoría de ellos no hubiesen votado al gobierno, pero también los había apolíticos que tomaron por primera ver conciencia de la situación.

Esta protesta no pasó por desapercibida gracias al uso de las redes sociales, que rellenaron el vacío dejado por los medios de comunicación tradicionales, los cuales fueron acusados en repetidas ocasiones de apenas retransmitir los hechos que estaban teniendo lugar. Valga como ejemplo la situación que se dio en la noche del sábado al domingo, cuando mientras la CNN internacional mostraba imágenes en sus pantallas de los disturbios, CNNTürk emitía un programa de pingüinos. El canal norteamericano pidió disculpas y recordó que no es responsable de su filial turca. Internet, con Twitter y Facebook a la cabeza, tomaron el relevo de la televisión. Todo el que lo quisiera puede ver fotografías y videos de lo ocurrido en webs como occupygezipics.tumblr.com para incomodad del gobierno. A su vez, el “hashtag” de Twitter #occupygezi se convirtió el viernes en “trending Topic” mundial.  El primer ministro ya ha mostrado el domingo su descontento con unas redes sociales que han jugado en su contra. “Hay un problema llamado Twitter, donde se escriben mentiras. Esas cosas llamada redes sociales crean problemas en las sociedades de hoy en día,” dijo el político según el diario turco Radikal.

Políticamente, y esto es tal vez lo más destacable, las protestas han demostrado al primer ministro Recep Tayyip Erdoğan que no tiene vía libre. En su décimo año de mandato ha visto como su amplia mayoría parlamentaria no le sirve para actuar con impunidad. Pese a todo estoy seguro de que si este año se celebrasen unas nuevas elecciones con Erdoğan al frente del AKP, éste volvería a ganar con una amplia mayoría. No toda la sociedad turca se manifestaba en Estambul, Ankara, İzmir y otras decenas de ciudades turcas, una amplia mayoría silenciosa observaba los acontecimientos, puede que compadeciéndose de los manifestantes por la brutalidad policial. Aún así, lo más importante es que gran parte la ciudadanía turca ha trazado una línea y ha dicho “por aquí, no.” ¿Cuánto durará está actitud? Está por ver pero lo que está claro es que ha sido un primer despertad de ciudadanos dispuestos a defender sus derechos por muchas latas de gases lacrimógenos que les disparen o gas pimienta con el cual les rocíen.

Quien de momento parece que no cambiará es el primer ministro. El domingo ya afirmó con rotundidad que, mientras que puede que no construya un centro comercial como estaba planeado, “una mezquita será construida en Taksim.” Esta vertiente autoritaria característica de Erdoğan sigue su curso. Demostrando una actitud chulesca se pronunció el sábado diciéndole al líder del principal partido de la oposición “si usted puede reunir a 100.000 personas, yo puedo reunir a un millón.” Es el primer ministro en estado puro, amado por unos y odiado por otros, y que ha ganado tres elecciones de manera consecutiva. Sin embargo, este empecinamiento puede empezar a pasarle factura. Parece que se ha abierto una grieta en la coraza del impertérrito Erdoğan, él cual cometió un fallo de cálculo y grave error político al subestimar las protestas,

Rodarán cabezas, eso está seguro. Algún mando policial pagará con su puesto los desmanes de los antidisturbios, autorizados por el poder político. Pero a corto plazo no veo probable que se produzca importantes destituciones como sería la del ministro del Interior Muammer Güler, una apuesta directa de Erdoğan que solamente será sustituido como y cuando quiera el primer ministro.

Todavía es pronto para poder tener una idea de la magnitud, importancia y consecuencias de las protestas. Pocas horas antes de escribir estas líneas, la policía se retiraba de Taksim pero los disturbios siguen en la propia Estambul y parece que la tregua ha tocado a su fin. El domingo por la noche, la policía sitiaba e intentaba acceder a edificios de la Universidad de Bahçeşehir, en el barrio de Beşiktaş, donde se refugiaban manifestantes. Mientras tanto, el primer ministro continúa sin dar su brazo a torcer. De momento el balance es de algo más de un millar de detenidos y 414 heridos, 15 de ellos graves, según cifras del colegio de médicos de Turquía frente a los 79 oficiales del ministerio del Interior. La lucha continúa. Es imposible prever que ocurrirá en las próximas horas, por no decir en los próximos días. ¿Estamos ante un fenómeno que pondrá en jaque al gobierno de Erdoğan? ¿O por el contrario se disolverá con la misma rapidez con la que se formó? El tiempo nos lo dirá pero lo que ya sabemos es que una parte de la sociedad civil ha despertado en Turquía.