Ahora que se acaba la temporada estival, llega la hora de hacer repaso de las vacaciones y echar mano de las fotos y los recuerdos. En mi caso, el hecho de amar tanto a una turca como a su país implica que siempre que me sea posible pase largas temporadas en Turquía, y en mi último y enésimo viaje por sus tierras, parece que este hermoso país no deja nunca de sorprenderme. Siempre suelo recomendar encarecidamente a quien me lo pregunta que visite Turquía; no sólo por la belleza natural de este país sembrado de miles de años de historia; sino sobre todo, para ayudar a librarnos de viejos y estúpidos prejuicios, y conocer la naturaleza amable y hospitalaria de los turcos, que hace posible que aun estando a miles de kilómetros de distancia uno pueda sentirse como si estuviera en su propia casa.
Parece no obstante que aun sabiendo ciertas cosas, a veces es necesario volver a vivirlas para recordarlas. En mi última escapada a Turquía decidí acercarme con mi mujer a la Capadocia, una región de renombrada fama dentro de los destinos turísticos de Turquía que paradójicamente –quizás precisamente porque suelo huir de los destinos “turísticos”-, aún no había visitado. Suele ser habitual encontrarse junto a los principales atractivos turísticos alguna tienda de souvenirs, en la que el turista habitual -por lo general británicos y alemanes, y cada vez más españoles– intentan conseguir algún recuerdo a precio de ganga. Es cierto que muchas veces los vendedores aprovechan la llegada del turista para subir los precios por encima de lo que suele ser habitual en Turquía; pero no es menos cierto también que muchas veces se le inculca al extranjero que acude por primera vez a Turquía la idea de que aquí se regatea todo, y de que hay que regatear siempre como si de un ceremonial previo a la compra se tratase. Nada más lejos de la realidad, y así no resulta nada extraño ver a algún turista de piel pálida enrojecida por el sol intentando regatear unos pocos kuruş (céntimos de lira) para conseguir algún detalle que en su país le costaría un precio al menos cuatro veces superior, y que el pobre vendedor no tiene más remedio que acabar aceptando para poder llevarse algunas monedas al bolsillo ese día. Personalmente, prefiero negociar el precio sólo cuando creo que este es abusivo, y busco siempre conseguir el precio que creo justo para ambas partes: ni más, ni menos.
Es por ello que cuando quisimos comprar un bonito detalle para mi mujer y el vendedor fue reduciendo el precio hasta un límite demasiado bajo -2 liras, poco más de un euro, por un par de pendientes de auténtica piedra amatista- no dudé en decirle que 3 liras era un precio justo para ambos. El vendedor podría haber cogido las 3 liras y habérselas guardado en el bolsillo, regocijándose por haber sacado una lira más de lo esperado; sin embargo, no dudó tampoco en corresponder a un gesto de honestidad con otro, y pese a nuestra insistencia nos ofreció un bonito brazalete también de amatista, por el que seguramente habría podido sacar otras dos o tres liras a otro turista ocasional. En otra ocasión, un par de días después, cuando mi mujer -que ha estudiado marketing- le ofreció unos consejos a un humilde vendedor sobre cómo vender mejor sus recuerdos de Capadocia en piedra, este se deshizo en agradecimientos y a pesar de todo lo que le dijimos insistió en regalarnos las dos mejores piezas que tenía a la venta. Es de suponer -por propia experiencia- que si hubiéramos hecho esto en nuestra propia ciudad en una tienda cualquiera, el vendedor nos habría mirado de reojo o simplemente nos habría invitado rápidamente a meternos en nuestros propios asuntos; este hombre en cambio no dudó en agradecer un buen consejo y acabó invitándonos a té, como suele ser habitual entre los turcos cuando quieren ofrecer hospitalidad.
Tendría seguramente muchas más anécdotas similares que contar, sobre todo de la época en que conocí a mi mujer y acudía por primera vez -medio curioso, medio perdido- a este país entonces extraño para mí que era Turquía… pero no hay espacio para tanto. Por supuesto, eso no quiere decir que no podamos toparnos con gente en Turquía que sea poco amable o de carácter hosco; todo el mundo tiene sus propios problemas y todos podemos tener un “mal día”; o como dice mi abuela: “En todas partes cuecen habas…”… Pero suelen ser la excepción, no la norma, y en general los turcos afrontan el día y la vida con una sonrisa y una disposición amable para con los demás. No obstante, uno no puede pedir “peras al olmo”. Alguien me comentó en una ocasión, hace ya algún tiempo, que se había llevado una mala impresión de los turcos porque de visita en Estambul con unos amigos había tenido una mala experiencia en la que –aseguraba esta persona- sólo habían buscado su dinero; “Bueno”, le dije, “ten en cuenta que Estambul es una metrópoli enorme, de 15 millones de personas… alguna mala tiene que haber”. Cuando le pregunté a esta persona dónde le había sucedido, me contó que yendo con sus amigos a un pub de copas a las dos de la mañana… “¡Vaya!”, le dije, “tienes razón, no creo que encontrases a mucha gente agradable en un lugar así en Estambul… ni allí, ni en Madrid, ni en Nueva York, ni en ninguna otra parte del mundo”.
Otra de las impresiones que me llevo de Turquía, es la excelente relación calidad-precio que suelen ofrecer los alojamientos y destinos turísticos del país, acompañada de una profesionalidad, una atención exquisita y un mimo al turista que en más de un país “europeísimo” que he visitado –voy a omitir nombres para no herir sensibilidades- ha dejado bastante que desear… Añadamos a eso fotos del hotel en su publicidad correspondiéndose con la realidad -y no un arreglo con PhotoShop, o una imagen de las glorias pasadas hace 15 años, cosa habitual en muchos alojamientos españoles-, y unos precios SIN COMPETENCIA respecto a agencias de viajes y touroperadores en España (que habría que preguntarse qué justifica semejantes diferencias de precio), y uno tendrá la seguridad de poder irse de vacaciones a cualquier lugar de Turquía con la seguridad de no sentirse engañado… además de una buena explicación de por qué el turismo turco está ganándole cada vez más terreno a España.
Otro de los alicientes de mi último viaje ha sido poder disfrutar de lleno del mes del Ramadán –o Ramazan, como se dice en turco-, mes sagrado y festivo para los musulmanes y, como no, también para muchos turcos. No obstante la práctica del Ramadán en Turquía es, como casi toda la práctica del Islam, muy distinta y bastante más tolerante de lo que puede ser en cualquier otro país musulmán, y lo cierto es que no hay ni malas miradas ni comentarios porque uno coma durante este mes. Muchos restaurantes, eso sí, permanecen cerrados; pero el resto que continúan abiertos esperan clientes que acudan a comer y los reciben -como siempre- con los brazos abiertos. Podemos ver en este mes escenas curiosas, como por ejemplo a los hombres que habitualmente acuden a tomar té en los bares o “meyhanes” sentados y charlando, pero sin tomar nada para no romper el ayuno del día. Aproximadamente una hora antes del “iftar” (la cena que rompe el ayuno del día), sobre las seis y media de la tarde si nos encontramos en el Oeste del país, el tráfico se vuelve imposible y la gente intenta llegar cuanto antes a casa para no faltar a la tradicional cena. Para cuando el imán llama a la oración y señala el fin del ayuno, las calles están desiertas como si de una gran final de fútbol se tratara, y los restaurantes que antes permanecían cerrados ahora los encontramos abiertos y abarrotados de gente sin un solo hueco donde sentarse. Al contrario de lo que pudiera pensarse, el Ramadán supone un gran negocio para ellos, ya que los turcos gustan mucho de acudir a comer fuera en estas fechas. Si bien hay quien lo celebra de manera más religiosa, en general para los turcos el iftar es tradicionalmente una ocasión bonita de reunir a a migos y familia en una noche especial, como si cada noche de este mes fuese Navidad. Si uno tiene ocasión además de vivir el Ramadán en una gran ciudad como Estambul, merece la pena acercarse por cualquiera de los montajes que organizan los distintos distritos de la ciudad, cada uno compitiendo por ofrecer más actividades y puestos de comida cuando llega la hora del iftar. De todas formas lo mejor suele estar en el centro del turismo estambulita por excelencia, en la plaza de Sultanahmet, organizado por el ayuntamiento del distrito de Eminönü.
Seguramente todos deberíamos viajar de vez en cuando, para abrir nuestra mente y nuestras miras. Y como “occidentales”, quizás todos deberíamos viajar, al menos una vez en la vida como si de una peregrinación se tratase, a Turquía. Quizás eso no evitaría que siguiesen imperando ciertos prejuicios… pero seguramente ayudaría. Hay gente que habla por hablar, y sólo sabe de este país o del mundo islámico lo que ve en los telediarios. Pobre fuente de saber esa… Hay gente que cuando le hablan de Turquía piensa en mujeres cubiertas con un velo de pies a cabeza y hombres bigotudos y sudorosos postrándose cinco veces al día en dirección a la Meca. Hay gente que piensa que Estambul sigue siendo un puñado de arrabales, de casas viejas y maltrechas entre las que apenas sobresalen monumentos antiguos como la Mezquita Azul o Santa Sofía… Es una visión melancólica, pero sobre todo deformada, más relacionada con el Estambul de finales del XIX que con la metrópolis moderna de 15 millones de habitantes de hoy día. Hay gente incluso más difícil, que cuando llega a Estambul piensa “sí, Estambul es así, pero el resto de Turquía no…”; para ellos quizás no baste cruzar a Asia y adentrarse en Anatolia, para darse cuenta de todo lo que este país ha cambiado en las últimas décadas y especialmente en los últimos 10 años. Para descubrir que todo ha cambiado y evolucionado. Todo menos, quizás, nosotros mismos.
Sí, hay que venir a Turquía, para conocerla, para saborearla, para descubrirla… y para aprovechar todo lo que este país puede aportarnos. Que es mucho.
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Como gran aficionado a la historia que es, a Pablo Gómez le cautivó Turquía desde el primer día que la visitó en 2006: allí se casó, allí tiene una casa, y desde entonces se ha convertido en todo un experto en la actualidad de Turquía. Con una larga experiencia en medios de comunicación, está al frente de Hispanatolia desde 2011.





