artículo de opinión

OPINIÓN: El fin de Europa

El referéndum celebrado en Suiza, en el que casi un 60% de sus ciudadanos votaron masivamente en contra de que las mezquitas tengan minaretes, supone un mazazo para las libertades de las minorías religiosas en Europa en un país que siempre ha sido ejemplo para todo; pero lejos de ser una sorpresa, no es sino el último eslabón de una cadena de acontecimientos que deben ponernos en alerta sobre los prejuicios y la intolerancia que aún persisten en gran parte de la sociedad europea: una Europa que lleva mucho tiempo queriendo dar lecciones a todo el mundo para no enfrentarse a sus propios demonios internos.

La medida aprobada en el referéndum del 29 de noviembre por el 57´7% de los votantes en 22 de los 26 cantones que componen el territorio de Suiza, supone la introducción de un cambio en la constitución federal del país que prohíba explícitamente la construcción de minaretes, y fue puesta en marcha por miembros del derechista Partido del Pueblo Suizo (SVP), la mayor formación política del país, así como por el ultra-conservador y nacionalista Unión Democrática Federal de Suiza (EDU); ambos grupos lograron reunir el número suficiente de firmas para forzar una consulta popular contra lo que ellos aseguran es la «islamización de Suiza». Y para ello no dudaron en recurrir al voto usando un cartel que presentaba una bandera suiza poblada de negros minaretes simulando misiles (asociación entre Islam y terrorismo) y a una mujer enfundada en un chador de color negro (la prenda más tradicional posible) de la cabeza a los pies (asociando Islam con fundamentalismo y con opresión a la mujer); de hecho, muchas organizaciones feministas suizas apoyaron la campaña contra los minaretes, y las encuestas mostraban un mayor apoyo entre las mujeres suizas que entre los hombres. Tal fue la controversia generada por una campaña que ahondaba en los típicos prejuicios y tópicos en torno al Islam, que muchos municipios suizos se negaron a colocar esos carteles, lo que dió aún más alas a los «radicales» y les hizo presentar un segundo cartel alternativo en el que podía leerse «La censura, una razón más para votar sí a la prohibición de los minaretes»… Ya se sabe que quien no se convence, es porque no quiere.

Los argumentos de los promotores de la iniciativa eran aún más peregrinos, ya que aseguraban (doctores «ulemas» ellos del Islam…) que el Corán no cita la construcción de minaretes y que estos no son un símbolo religioso, sino de poder. Quizás debamos temer con estos argumentos que a largo plazo también tengamos que derribar las torres de nuestras catedrales e iglesias, a tenor de que tampoco vienen citadas en la Biblia… Pero me temo que sus intenciones no van por ahí.

La noticia más importante no es que un país como Suiza, caracterizado siempre por su neutralidad, su tolerancia y su modernidad, y que es sede de varios organismos de justicia internacionales incluído el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y los Refugiados, haya aprobado una medida de este tipo. Lo que más debe preocuparnos es el hecho de que, dentro del particular sistema democrático suizo -sin duda uno de los más participativos del mundo-, hayan sido precisamente los ciudadanos de a pie, y no las instituciones, los que hayan aprobado masivamente una medida que atenta contra los derechos más fundamentales. Pero eso no es lo peor. Alguien podría preguntarse… ¿de cuántas mezquitas estamos hablando? ¿Está Suiza realmente invadida de minaretes? ¿Debemos esforzarnos para contemplar los verdes prados y las nieves de los Alpes Suizos en medio de una invasión de torres puntiagudas que pueblan los cielos de las ciudades y cantones de Suiza? ¿Está colmada la tolerancia de los ciudadanos de Suiza frente a una «invasión» de minaretes en sus ciudades? ¿O cuál es exáctamente el problema que ha obligado a los suizos a tomar semejante determinación contra la «islamización» de su país?

La respuesta es simple… Cuatro. Hay cuatro mezquitas en toda Suiza que son de suficiente entidad como para tener minaretes, ubicadas en las ciudades de Zürich, Ginebra, Winterthur y Wangen bei Olten… Y no crean que hablamos de grandes mezquitas, de ninguna manera: la más grande de ellas tiene el tamaño de un modesto adosado. Para mayor regocijo de los «islamófobos», ninguno de esos cuatro minaretes podía ser usado siquiera para la llamada a la oración del muecín, ya que hace tiempo que eso está prohibido también en Suiza… De nuevo temo por el futuro de las tradicionales campanas de nuestras iglesias, si me permiten el sarcasmo.

Aún más, hemos de tener en cuenta que los 400.000 ciudadanos de confesión musulmana que habitan en Suiza (en torno a un 5% de la población) provienen mayoritariamente de Bosnia, Kosovo y Turquía; es decir, países íntimamente ligados a Europa por lazos históricos, culturales y políticos, donde se practica un Islam mucho más tolerante en comparación con otros lugares del mundo, y donde el uso del «chador» que aparecía en los carteles de campaña es anecdótico y la mujer habitualmente ni siquiera lleva el típico pañuelo en la cabeza. Ante todo esto, las verdaderas intenciones y argumentos de los promotores de la iniciativa se muestran en toda su plenitud. No en vano, esta no es la primera vez que los partidos de ultraderecha han explotado los temores de los ciudadanos -como antes han hecho en otros países europeos- para fomentar la xenofobia y reivindicar una política anti-inmigración.

Los resultados del referéndum han provocado instantáneamente casi tanta sorpresa como indignación, no sólo en los países musulmanes -desde Indonesia hasta Marruecos- sino también en Occidente, incluyendo el propio Vaticano. Pero como decíamos al principio, el problema no es nuevo sino que lleva tiempo gestándose. De hecho, en el caso de Suiza todo empezó en 2005, cuando una asociación cultural turca de la pequeña localidad de Wangen bei Olten solicitó la construcción de un minarete en su centro social; además de con la oposición de los vecinos, la asociación se enfrentó entonces con los impedimentos de las autoridades locales, que arbitrariamente y sin ninguna justificación retrasaron todo lo que pudieron los trámites para la construcción del minarete. Finalmente, tras verse obligados a acudir a los tribunales y después de ganar los recursos presentados por sus «vecinos» (que habían formado una asociación exclusivamente contra la construcción del minarete), una sentencia de la Corte Suprema Federal de Suiza dió la razón a la asociación turca, que logró construir el minarete en julio de 2009. Otras dos asociaciones musulmanas llevan tiempo solicitando construir minaretes en las ciudades suizas de Langenthal y Wil, pero tras el referéndum es muy posible que tengan la batalla definitivamente perdida.

Pero la oposición a la construcción de mezquitas o a que estas formen parte del paisaje europeo -algo innegable a estas alturas- no es exclusiva de Suiza, ni muchísimo menos. Ha habido polémicas tanto o más radicales en países como Francia, Alemania o Reino Unido. Sin ir más lejos, aquí en España un responsable de la mezquita de Granada me contaba recientemente cómo habían tenido que luchar durante 30 años contra todo tipo de obstáculos y prejuicios para lograr edificar ese pequeño templo, de no más de 100 metros cuadrados y que encaja perfectamente en el paisaje del barrio granadino del Albaicín; rechazamos también la propuesta de asociaciones musulmanas españolas de compartir el uso de la Mezquita de Córdoba y poder rezar puntualmente en ella, bajo el simple argumento de que ahora es un templo cristiano (“incrustado” en medio de la mezquita) y que entonces habría que dejar rezar también a los adoradores de la diosa romana Minerva (que debe ser que aún queda alguno)… En resumen, el fenómeno lleva tiempo gestándose y forma parte aún de manera muy profunda de la sociedad europea, por mucho que el abrumador resultado del referéndum suizo nos haya sorprendido o indignado.

Se nos plantean por tanto ahora varias cuestiones: ¿con qué autoridad puede Europa con este tipo de iniciativas y de polémicas exigir al mundo musulmán el respeto a las minorías religiosas? ¿Qué mensaje se les transmite a los grupos más radicales del Islam, como Al-Qaeda u otros, o a las organizaciones y países que aseguran que Europa no quiere a los musulmanes? ¿Defendemos para todo el mundo los valores y derechos que reivindicamos, o sólo cuando nos afecta a nuestros propios intereses? ¿Qué relación quiere plantearse Europa con el Islam: convivencia, o confrontación? Hay al menos 55 millones de musulmanes en el continente, unos 20 millones de ellos viviendo en la Unión Europea. Muchos son ciudadanos tan europeos como el que más; otros son inmigrantes, procedentes de países del Magreb o de Oriente Medio (nuestros inmediatos vecinos, nos guste o no), e ineludiblemente la situación política y social de esas regiones junto con la demanda de mano de obra europea -para cubrir no sólo puestos de trabajo, sino “agujeros” en nuestro preciado sistema de protección social- hará que en los próximos años otros inmigrantes (no sólo musulmanes), con sus creencias, costumbres y cultura, lleguen a una Europa que institucionalmente se declara laica y tolerante, pero que en la práctica y al nivel de la calle aún tiene mucho, mucho por aprender. Y que callar y esconder.

La Unión Europea lleva tiempo reclamando a Turquía más derechos para sus minorías, un camino que Ankara parece haber tomado poco a poco con resolución. Una de las más recientes exigencias es la reapertura del seminario greco-ortodoxo de Heybeliada (una pequeña isla frente a Estambul), que fue cerrado hace décadas como parte de la legislación estrictamente laica del país, que prohibió todo tipo de educación religiosa incluyendo por supuesto la basada en el Islam. El gobierno turco ha respondido en ocasiones a estas exigencias pidiendo el mismo trato para la minoría turca o musulmana en otros países europeos, aunque en la UE solamos mirar para otro lado cuando es a nosotros a quien nos toca reflexionar -y actuar- sobre el modo en que nos comportamos con las reivindicaciones de nuestras propias minorías, o cuando se nos pide que abandonemos nuestros prejuicios contra cualquier templo que no tenga una cruz cristiana y un campanario en lo alto.

Aunque algunos líderes políticos han asegurado que el caso suizo no se extenderá, lo cierto es que el problema ya forma parte de Europa -no sólo de Suiza- desde hace mucho tiempo (acordémonos por ejemplo de los ataques incendiarios contra la comunidad turca en Alemania), y sólo la ceguera de unas instituciones comunitarias cada vez más alejadas del ciudadano de a pie y más preocupadas por su propia auto-justificación impide que el problema de la intolerancia y la xenofobia en Europa no se aborde desde la raíz, a largo plazo y con determinación. Lo ocurrido en Suiza debería ser una voz de alarma sobre algo que, en realidad, ya ha sido puesto en evidencia con el propio proceso de ingreso de Turquía en la Unión Europea, donde los argumentos anti-turcos en torno a los criterios de adhesión y las disputas políticas dan paso rápidamente -a poco que se insista un poco- a otros basados en las diferencias de religión.

La postura pública y cacareada a la menor ocasión de algunos políticos prominentes -aunque poco prometedores- como el presidente francés Nicolas Sarkozy, opuesto a la integración de Turquía por considerarlo un país «ajeno a Europa» por su herencia cultural islámica, o la intención de algunos políticos europeos de someter la cuestión del ingreso de Turquía a referéndum popular aunque el país euroasiático lograse cumplir con todas las exigencias de Bruselas, son otro ejemplo más de que ese «miedo al otro» contra el que lucha la llamada «Alianza de Civilizaciones» de Naciones Unidas -inspirada por España y Turquía- no sólo no ha desaparecido en Europa, sino que brota con fuerza renovada en el viejo continente.

Ahí está también la polémica suscitada en Italia por la decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, que declaró incompatible con la libertad religiosa la obligatoriedad del crucifijo en las escuelas italianas, y la reacción de algunos alcaldes del país de rebelarse contra la sentencia multando con 500 euros a quienes no expongan este símbolo cristiano. Más recientemente, tras el éxito del referéndum contra los minaretes en Suiza, varios miembros del gobierno italiano pertenecientes a la Liga Norte -aliada del primer ministro Berlusconi- proponían la inclusión de la cruz cristiana en la bandera de Italia, al tiempo que aplaudían la decisión de los suizos. ¿Se imaginan una polémica como la del crucifijo ocurriendo en Turquía, donde la educación es estrictamente laica? Tiempo faltaría para que los «turco-escépticos» acusaran a Ankara de «girar al fundamentalismo»… los mismos que hablan ahora de recuperar los «valores fundamentales» de lo que ellos entienden que debe ser Europa. Miedo debería darnos.

Debemos estar alerta, y sobre todo debemos exigir a nuestros políticos que estén alerta, ante el rebrote de intolerancia que vive una Europa que se siente aislada, acorralada y confundida en un mundo cambiante donde ella ya no es ni el centro ni el ejemplo a seguir. Suiza es un aviso, otro más. Si queremos un futuro para Europa, y para el proyecto de convivencia que representa la Unión Europea, éste debe pasar necesariamente por aceptar a nuestros vecinos y aprender a convivir con ellos en igualdad, y sin miedos ni prejuicios. Si no aceptamos eso, si no aprendemos algo tan fundamental, no habrá servido de nada todo lo que Europa vivió a lo largo del siglo XX, ni habremos aprendido nada de lo que llevó a que fenómenos como el nazismo surgieran en esa Europa que también entonces presumía de ser el culmen del desarrollo y la civilización.

¿Qué Europa queremos? Eso es lo que deberíamos preguntarnos. Si no reaccionamos, si no entendemos que la evolución pasa por el cambio y la aceptación del otro, puede que el futuro sólo nos traiga un involucionismo y aislamiento del resto del mundo que acabaría por repetir las «equivocaciones» del pasado. Semejante error sería de «consecuencias históricas», citando al ministro de exteriores sueco (que habló así en el Parlamento Europeo a los que se oponen al ingreso de Turquía). Ese día, podremos decir entonces que ha llegado el fin de Europa. «Europa ha muerto», diremos… Y para entonces, puede que ni siquiera nosotros queramos ya vivir en ella.