artículo de opinión

OPINIÓN: El ejemplo de Túnez

He de confesar que llevo semanas queriendo escribir unas líneas sobre los acontecimientos que está viviendo el mundo árabe y del Magreb tras las revueltas populares que acabaron con la huída del presidente tunecino Ben Alí y de su familia, después de permanecer 23 años en el poder. La fuerza de los hechos y la actualidad me han obligado sin embargo a posponer la ocasión de plasmar mi opinión sobre los momentos que estamos viviendo, que ya sin duda alguna podemos afirmar que pasarán a formar parte de los libros de Historia.

Yo fui uno de los que dijo que, cuando Ben Alí y su familia huyeron igual que proscritos sin ni siquiera despedirse (y dicho sea de paso, llevándose tonelada y media del Banco Central de Túnez), aquello no era más que el principio. Efectivamente muchos analistas políticos apelaron a las circunstancias «especiales» de Túnez para dudar que el efecto de la llamada «revolución de los jazmines» pudiese extenderse a otros países de la región. Es cierto: Túnez era un país relativamente próspero económicamente en la zona, con una clase media pujante y de inspiración occidental, y un régimen estable que se había ganado el apoyo de las clases medias y altas -y sobre todo de Occidente- por su lucha contra el integrismo islámico (que durante muchos años ha librado una guerra civil en la vecina Argelia) aunque fuera a costa de restringir las libertades individuales.

Todo eso era cierto… Hasta que llegó la crisis económica mundial, la caída de la economía y el turismo -una de las principales fuentes de ingresos de la economía tunecina- y el desempleo. Con una clase media que veía cómo su economía se hundía y unas clases bajas que se veían cada vez más pobres, el alza en los precios de los alimentos y otros productos básicos durante los últimos años -consecuencia directa de las malas cosechas por el cambio climático, pero sobre todo de la especulación en los mercados internacionales- sólo hicieron el resto y sembraron el caldo de cultivo necesario. Quizás si aquel joven tunecino en paro que sólo quería ayudar a su pobre familia vendiendo verduras en un puesto ambulante, no se hubiera quemado a lo bonzo después de que la policía volcara su carrito, nada de todo esto hubiera pasado. Quién sabe. Quién iba a decirle a Ben Alí cuando fue a visitarlo al hospital que aquel joven -que luego fallecería a consecuencia de sus graves heridas- le obligaría a salir huyendo de Túnez con el rabo entre las piernas apenas un mes después.

El caso es que la chispa que hacía falta estalló en forma de un joven muchacho desesperado que no soportó más la presión de un sistema que ni le daba trabajo ni le permitía buscárselo. A partir de ahí se vio que él no era el único. Que mucha gente como él estaba desesperada y harta de un régimen dominado por el nepotismo y la corrupción, incapaz de dar empleo, represivo y dictatorial. Es fácil caer en la desesperación cuando no sabes cómo vas a dar de comer a los tuyos mañana, o el mes que viene, y cuando ves que encima todo está cada vez más caro y el poco dinero que tienes cada vez vale menos.

Pero dejando a un lado las circunstancias particulares que originaron la revolución en Túnez, centrémonos en la cuestión principal: ¿Qué ha provocado que lo ocurrido en ese pequeño, relativamente próspero y estable país al Sur del Mediterráneo, se extienda como la pólvora por el resto del Magreb y del mundo árabe? O dicho de otra forma, ¿qué tienen en común países como Túnez, Argelia, Egipto o Yemen? La respuesta es: todo eso, y mucho más.

Ben Alí llevaba 23 años en el poder cuando huyó de Túnez hacia Arabia Saudí; en la vecina Argelia, Abdelaziz Bouteflika lleva 12 años siendo presidente desde que se abandonó el modelo de partido único y los militares dejaron el poder; Hosni Mubarak lleva 30 años siendo presidente de Egipto; Abdullah Salen lleva otros 32 en Yemen… Si nos fijamos en otros países de la región (Marruecos, Libia, Jordania, Siria, Arabia Saudí…), todos ellos tienen regímenes pseudo-democráticos que en realidad están dirigidos por una élite gobernante heredada de la época post-colonial y de los juegos de intereses de la Guerra Fría. Todos ellos son países con poblaciones muy jóvenes, jóvenes que sin embargo concentran la mayor parte del desempleo, cuyas cifras oscilan entre el 25% y el 50% según el país. Túnez era relativamente próspero en materia económica. Yemen es sin embargo uno de los países más pobres del mundo. En Egipto, que vive estos días el preludio a lo que posiblemente será un cambio radical de régimen, el 40% de la población vive con menos de dos dólares al día, y el 30% es analfabeta.

No es fácil quedarse callado cuando tienes poco más de un euro para sobrevivir al día, o cuando no consigues encontrar trabajo ni ves perspectivas de futuro porque no tienes amigos en el gobierno de turno ni dinero para sobornar a algún funcionario. Si careces de las libertades y derechos fundamentales, si la policía puede registrarte o detenerte sin motivo, la tensión aumenta. Si encima un día sales a la calle y te encuentras con que la comida vale el doble, ya te da igual lo que pase y simplemente la situación estalla… Lo hemos visto estos días en multitud de imágenes y videos en los medios: los jóvenes salen a las calles, y no huyen de los policías y los vehículos antidisturbios que les disparan balas de goma y gases; corren a enfrentarse a ellos armados con piedras y palos, y se arrojan con la furia que sólo conoce la desesperación.

Todo esto puede parecernos difícil de comprender desde nuestra posición relativamente privilegiada. La subida del precio de los alimentos y de otros productos nos ha golpeado también cuando intentamos salir de la crisis, pero tenemos niveles de vida, recursos económicos y sobre todo sistemas de protección social que han ayudado a mitigar la creciente carestía de la vida. Pero a veces nos olvidamos de que somos unos privilegiados, y de que esto no es así en buena parte del mundo. Las organizaciones de ayuda internacional llevan tiempo advirtiendo y denunciando que algunos alimentos básicos han duplicado y hasta triplicado su precio, con lo que eso implica para los países en desarrollo, cuya población más pobre se ve obligada a emplear un cada vez mayor porcentaje de sus ínfimos ingresos (hasta incluso el 100%) para llevarse algo que comer a la boca.

El Magreb y Oriente Medio no es ni mucho menos la región que más se está viendo afectada por este fenómeno; pero sí es la que tenemos más cerca de nuestra vieja Europa para comprobar «in situ» algunas de sus consecuencias. Túnez era un pequeño «privilegiado» dentro de la situación económica general del Mediterráneo Sur. Imaginemos qué pasaría en un país como España, con un desempleo actual que supera el 20%, si viéramos que en Estados Unidos la población se lanza a las calles por unas cifras de paro que en estos momentos rondan el 8%… Cuando en Túnez derrocaron a su presidente tras «sólo» 23 años en el poder a causa del creciente deterioro de la economía y la falta de libertades, en países como Egipto al día siguiente la gente se preguntaba: si ha ocurrido allí, ¿por qué no aquí?.

Otro factor a tener muy en cuenta en los acontecimientos que estamos viviendo en toda la región, es el uso de internet y las redes sociales. Hay quien ha querido ver en ambos elementos un añadido más, como algo superfluo que simplemente permite que amigos y conocidos comenten lo que está ocurriendo entre sí. Craso error. Parece que llevamos toda la vida con la red de redes, hoy día nos parece inconcebible un mundo sin ella; y sin embargo, hace 20 años internet era poco más que un delirio excéntrico… Sin mencionar las redes sociales, que son unas recién llegadas a este mundillo. Internet ha cambiado nuestras vidas, lo ha hecho de forma silenciosa, y lo sigue haciendo sin que nos demos cuenta. Lo hemos visto ya con el famoso portal WikiLeaks y sus controvertidas filtraciones -que merecerían un artículo aparte-, que ha marcado sin duda alguna un antes y después en el mundo de la diplomacia, el periodismo y las comunicaciones. Facebook, Twitter o los blogs en la red han constituido el principal medio de difusión para que el mundo sepa en tiempo real lo que está pasando en Túnez o Egipto, como ya lo fueron durante las manifestaciones del año pasado a favor del líder opositor Mousavi en Irán, y están siendo también el principal medio de comunicación y organización entre los manifestantes. Internet está cambiando el mundo: nos guste o no, es algo que está pasando, y que seguirá pasando especialmente a medida que las nuevas generaciones más familiarizadas con la tecnología vayan protagonizando los cambios sociales… Algo impensable en sociedades envejecidas como las de Europa Occidental, pero totalmente previsible en las jóvenes sociedades del resto del mundo, incluyendo el Magreb.

En fin, son muchos los factores que quedan por analizar, y sin duda habrá ocasión de ir haciéndolo en los próximos meses. 2011 acaba de empezar y ya se perfila como un año de profundos cambios. Parece que el Magreb y Oriente Medio están viviendo estas fechas su propia «toma de la Bastilla». Hubo quien dijo que Ben Alí no caería, hay quien dice ahora incluso que Mubarak tampoco caerá… Quién sabe, también decían que el Muro de Berlín nunca lo haría… hasta 1989, claro. Todo está por ver. La Historia se escribe estos días en el mundo árabe.

Todo cambio genera también numerosas incertidumbres. ¿Qué sucederá después? ¿Qué vendrá tras la previsible caída de varios regímenes de gobierno en los países del Magreb y el mundo árabe? Sin duda habrán de buscar una referencia, y esa ya no puede ser ni Estados Unidos ni la Unión Europea, que han perdido peso específico en la región y que han intervenido tarde y mal en la crisis egipcia como ya lo hicieron en la de Túnez, permaneciendo en silencio e impasibles ante la dura represión policial hasta que la situación ya se hizo insostenible. Es mucho lo que ambos se juegan en la zona, y ahora mismo Washington y Bruselas permanecen expectantes sin saber muy bien a quién apoyar. No en vano, tanto uno como otro tienen una gran parte de responsabilidad en que la situación en toda la región haya llegado hasta el estado actual.

Hay sin embargo un país que sí podría servir de referente para la sociedad y el gobierno que surjan de estas revueltas populares. Un país con creciente influencia en la región y que tiene en común con ellos una población mayoritariamente musulmana, pero que ha encontrado un marco democrático y laico en el que desenvolverse y progresar para lograr un desarrollo económico similar al occidental, sin por ello dejar de lado su propia herencia cultural. Un país que está a medio camino entre Europa y Oriente Medio, con amplias y buenas relaciones a ambos lados, con instituciones democráticas consolidadas, y que sin duda podría servir de modelo para países como Túnez o Egipto (ya lo está siendo, de hecho).

Ese país es… Turquía.