artículo de opinión

OPINIÓN: …Y el culpable es la barrera del 10%

La crisis causada por la elección de Abdullah Gül como presidente de la República, la polémica por el levantamiento de la prohibición del velo en las universidades y el adelanto de las elecciones el pasado año. Todo ello, que ha protagonizado la política turca últimamente, está relacionado y está causado, entre otras cosas, por la barrera del 10% que es necesaria para entrar en la Gran Asamblea Nacional de Ankara. Todo ello podría no haber tenido lugar si los deseos de la nación estuviesen representados en el Parlamento.

Dicha barrera fue establecida tras el último golpe de estado del ejército a principios de los ochenta para que no se volviesen a repetir las frágiles e incompetentes coaliciones que gobernaron Turquía en las décadas de los 60 y 70 que no pudieron controlar los disturbios y la violencia que a punto estuvieron de llevar a Turquía a una guerra civil. Ese era el mensaje oficial sobre el establecimiento de dicha barrera. Aunque el mensaje no oficial es el de denegar la entrada en el Parlamento a los partidos políticos kurdos, pues es difícil lograr al menos el 10% de los votos del electorado. Esas fueron las razones por las que se estableció la dichosa barrera.

Sin embargo, la necesidad de obtener el 10% de los votos ha mostrado ser innecesaria y ha llevado al país a varias crisis políticas. En primer lugar, la barrera no evitó que durante la década de los 90 se hubiesen de formar coaliciones para gobernar. Una de las más contradictorias fue la que protagonizó Tansu Çiller con el islamista Necmettin Erbakan. Así pues, las coaliciones siguieron gobernando Turquía y arrastrándola a una recesión económica. En segundo lugar, pese a la barrera del 10% los kurdos tienen representación en la Gran Asamblea Nacional, aunque menor de la que sería si no existiese ese porcentaje. Han eludido la barrera presentándose como diputados independientes en las provincias del sureste del país. Como se puede observar, los motivos por los que se estableció la barrera del 10% no tiene sentido.

No obstante, el problema no reside en la inutilidad del 10% sino en que este porcentaje distorsiona los resultados electorales y hace que la Gran Asamblea Nacional no represente los deseos de la nación. Existe una falta de representatividad difícilmente imaginable. Veamos como ejemplo las últimas elecciones que tuvieron lugar el 22 de julio del año pasado. Solamente tres partidos políticos (AKP, CHP Y MHP) lograron entrar en el Parlamento. Habiendo obtenido el 46.66% de los votos (algo más de 16 millones), el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) tiene en el Parlamentos 340 escaños de los 550 en total, es decir, casi dos tercios de la cámara. ¿De verdad esto representa los deseos de la nación? El Partido Republicano del Pueblo (CHP) obtuvo cerca de la mitad de votos que el AKP (7,3 millones) y sin embargo tiene 112 escaños, tres veces menos que el AKP. Algo parecido ocurre con el Partido de Acción Nacionalista (MHP).

Aunque lo mencionado con anterioridad no es lo verdaderamente importante y preocupante. ¿Qué ocurre con los votos de 4 millones y medio de turcos? Pues el 20% del electorado no tiene representación parlamentaria. Partidos que por número de votos formarían parte de cualquier parlamento occidental como el Partido Democrático (Demokrat Parti) con casi dos millones de votos o el Partido de la Juventud (Genç Parti) con un millón de votos, se quedan fuera del Parlamento por “sólo” obtener el 5% y 3% del voto respectivamente. Luego hay otros partidos con más de cien mil votos que también se quedan sin un solo escaño. He aquí el gran problema. Solamente tres partidos están representados en la Gran Asamblea Nacional, mientras que uno de ellos la domina con una distorsionada mayoría abrumadora. Entre otras consecuencias este hecho desanima en gran medida a los electores, que en vez de votar al partido con el que se sienten identificados se tienen que decantar por otro (AKP y CHP mayoritariamente) pues de otra forma su voto será “tirado a la basura”. El deseo de la nación turca no está ni mucho menos representado en el Parlamento.

El Adalet ve Kalkınma Partisi (AKP), con una nada desdeñable 47% de los votos, gobierna de una forma algo despótica sin contar con los demás partidos políticos salvo en contadas ocasiones como cuando necesitó el apoyo del Milliyetçi Hareket Partisi (MHP) para aprobar la polémica “ley del velo”. Es cierto que el AKP es con gran diferencia el partido más votado sin embargo, se comporta como si hubiese obtenido una mayoría superior a los dos tercios. El ultranacionalista MHP por su parte, con una séptima parte de los votos, es la tercer mayor fuerza política y actúa de partido bisagra cuando le conviene. ¿Conviene que un partido ultranacionalista sea el “juez” del Parlmento? Sin embargo, pese a sólo haber obtenido la mayoría en los departamentos de İçel y Osmaniye ahí está, con 71 diputados en la Gran Asamblea Nacional. Mientras tanto, el CHP se queda solo en el parlamento a la hora de votar en contra de medidas y leyes como la que permitía llevar el velo en las universidades. Representando el 20% del electorado, el CHP defiende las ideas de un porcentaje superior de la población.

Es por esa razón, por la falta de representatividad, y la distorsión en el reparto de escaños consiguiente por lo que muchos conflictos políticos que podrían ser evitados tienen lugar en Turquía. Un gobierno con una insultante mayoría ejerce el poder casi sin oposición, salvo la judicial, mientras que millones de ciudadanos se preguntan para qué sirvió su voto y dónde está la representatividad que, en teoría, todo ciudadano tiene en una democracia. Sin lugar a dudas, uno de los mayores lastres de los que se tiene que deshacerse Turquía para seguir avanzando en el camino de la democracia es la supresión, o al menos una sensible reducción, de la barrera del 10%.