La victoria del islamista Mohamed Morsi en las elecciones presidenciales egipcias acrecienta la incertidumbre en un país sin un claro dueño desde hace dieciocho meses y cuyo poder se encuentra repartido entre el ejército y el gobierno civil.
Primero fue la victoria en las elecciones legislativas y ahora en las presidenciales. Los islamistas de los Hermanos Musulmanes y su brazo político, el Partido Libertad y Justicia, comienzan a dominar los resortes del poder civil en un país en el que siempre habían estado relegados a un papel secundario, si no perseguidos, por los sucesivos gobiernos autoritarios de corte castrense. Sin embargo, el creciente poder del que están haciendo acopio los islamistas, podría enemistarles con un estamento militar que todavía se mantiene firme aunque sin saber muy bien a qué juega.
En el caso de Egipto, contrariamente a Turquía, no se trata principalmente, pues hay un sinfín de vertientes, de un pulso entre el gobierno civil y la tutela militar por causas relacionados con la religión y el secularismo. En este sentido, el ejército egipcio no es el autoproclamado garante de unos principios que se remontan a la fundación del Estado. En el caso que nos ocupa es meramente cuestión de poder e influencia. Desde Gamal Abdel Nasser, el estamento castrense egipcio siempre ha sido uno de los protagonistas principales en la escena egipcia, no hace falta recordar que tanto Nasser como Anwar Sadat y Hosni Mubarak fueron militares.
Las revueltas que acabaron con el régimen de Mubarak hace un año no han logrado hasta el momento lo que se proponían. Pese a que el octogenario dirigente ya no se encuentra al frente del país, este apenas ha avanzado. Cierto es que se han podido celebrar elecciones legislativas y presidenciales libres, pero el país sigue estancado en una lenta e irregular transición. Sin una constitución y con el parlamente disuelto a mediados de junio, todo hace indicar que el nuevo presidente tendrá difícil, si no imposible, imponer un gobierno civil que haga frente los militares. Son realmente éstos quienes, a través del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF por sus siglas en inglés) gobiernan de facto.
Dejando de un lado la ideología islamista de Mohamed Morsi, el problema reside en la reticencia del ejército, encabezado por el mariscal de Campo Mohamed Hussein Tantawi, de ceder el poder que han ostentado durante medio siglo. A esto se le suma el trasfondo de Morsi como miembro de los Hermanos Musulmanes, movimiento que abandonó cuando fue confirmado como presidente. El hecho de que las autoridades egipcias hayan perseguido durante décadas a dicho movimiento islamista tampoco ayuda.
En un país con una escasa tradición democrática es imposible establecer un estado de Derecho de la noche a la mañana. Falta por lo tanto la voluntad y la destreza necesaria para llevarlo a cabo, y no creo que ni los militares ni los islamistas estén por la labor, solamente lo harán siempre y cuando beneficie sus intereses. Es en este punto donde me gustaría citar al veterano politólogo estadounidense Zbigniew Brzezinski, quien recientemente comentó en una entrevista con el semanario egipcio Al-Ahram el papel que jugó Atatürk sentando las bases de la modernización social y política de Turquía y como es necesaria una figura como la de Kemal Atatürk en el Oriente Medio contemporáneo. Y es precisamente la falta de un estadista de la talla del fundador de la República Turquía lo que Egipto echa de menos.
Lo que necesita el país más poblado del mundo árabe es alguien que dirija la transición y que no esté involucrado en la política diaria del país. Un estadista, que no político, que esté por encima del SCAF, los Hermanos Musulmanes y otros actores de la política egipcia, y que una vez haya cumplido con su cometido salga de la escena. Todo esto es mucho pedir, pero no por ello hay que dejar de decirlo. Lógicamente, la referencia a Mustafa Kemal Atatürk puede no ser la más correcta en ciertos aspectos, ya que el Egipto de ahora no es la Turquía de entonces y la primera mitad del siglo XX no es el siglo XXI, por lo que también los métodos a emplear serían diferentes.
La revolución social que llevó a cabo Atatürk en Turquía, de la que se benefició la mujer, fue vital para que la semilla plantada pudiese, aunque fuese décadas más tarde, crecer. La imposibilidad de que esto ocurra en un país de 82 millones de habitantes en el que organizados movimientos islamistas y, lo que es peor, salafistas tienen gran peso y respaldo de la población, supone un nuevo obstáculo en el camino de la democracia. Este hecho no hace si no respaldar la necesidad de que Egipto cuente con un gran estadista que legisle, no que gobierne, para las próximas generaciones pues una democracia es insostenible si se carece de una cultura democrática, un término sin una clara definición pero cuya importancia no hay que olvidar.
Egipto no puede convertirse en una democracia, o algo que se asemeje a una, sin una transición y la transición en un escenario como el egipcio no se puede llevar a cabo desde una inexistente democracia. Atatürk no era un demócrata tal y como lo entendemos hoy, pero hizo lo que entonces necesitaba el país.
Una mirada al panorama egipcio no invita a ser optimista. El Atatürk alla egipcia no se ve por ningún lugar y todo parece estar estancado: el SCAF no tiene las cosas claras, los Hermanos Musulmanes carecen de la voluntad para establecer una verdadera democracia, los liberales egipcios son minoría, Mohamed ElBaradei parece tener la voluntad pero le faltan apoyos, y posiblemente destreza. La necesaria figura del Atatürk egipcio parece un espejismo muy necesario.
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