artículo de opinión

OPINIÓN: Turquía sacudida por sus fantasmas

Parece que Turquía revive en las últimas semanas una suma de todos sus miedos, como si de un «revival» de sus peores pesadillas se tratase. Las últimas detenciones del llamado caso «Ergenekon», entre las que destacan las figuras de los generales retirados Şener Eruygur, Hurşit Tolon, y Veli Küçük, antiguos comandantes del ejército, han traido una vez más a primer plano el viejo secreto a voces de la existencia de lo que los turcos llaman «derin devlet» o «estado profundo», organizaciones más o menos secretas con ramificaciones por toda la estructura del estado y vínculos con sus élites políticas, sociales, económicas… Se cree que «Ergenekon» planeaba sembrar el caos en el país mediante atentados, manifestaciones y asesinatos selectivos; ya se sospecha que están detrás de la muerte del periodista turco-armenio Hrant Dink, y que planificaban la del Premio Nobel Orhan Pamuk en el momento de su desarticulación. De esta forma los miembros de Ergenekon pretendían crear las condiciones necesarias para que a continuación el ejército -encabezado por varios oficiales involucrados en el plan- interviniese dando un golpe de estado y acabando con el gobierno del AKP y del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan, que tanto parece disgustar a los sectores laicos más intransigentes de Turquía.

La idea parece nueva, pero no lo es. Hay sospechas y evidencias de que anteriores golpes de estado (y Turquía ha tenido experiencia en eso, con cinco asonadas en los últimos 50 años) pudieron tener una base similar. Una vez más, la sombra terrible de un nuevo golpe de estado vuelve a amenazar la democracia, y -sobre todo- el futuro y el progreso de Turquía. Si atendemos al número de guardaespaldas asignados recientemente al fiscal del caso -quince por ahora-, podemos concluir que lo que está en juego no son meras especulaciones, por mucho que algunos políticos de la oposición -especialmente del CHP- vengan alimentando la teoría de la conspiración; algo que muchos ven como una evidencia de que ciertos políticos de la «vieja guardia» tendrían mucho que perder si se investiga hasta las últimas consecuencias quién ha estado detrás -y sobre todo quién se ha beneficiado- de los pronunciamientos militares de los últimos 30 años en Turquía. Muchos turcos ven en estas últimas detenciones una esperanza para que la justicia llegue al fin a aquellos oficiales del ejército que han instigado anteriores intentonas golpistas, y que hasta ahora han gozado de total inmunidad, disfrutando de un plácido retiro y hasta de la admiración de ciertos sectores de la sociedad turca.

La detención de los generales Eruygur, Tolon, y Küçük -junto con políticos, funcionarios, empresarios, miembros de organizaciones de extrema derecha, y hasta más de medio centenar de detenidos desde el inicio de la operación hace un año- trae a la memoria el llamado «escándalo de Susurluk», un suceso ocurrido hace años que seguramente pocos lectores españoles conozcan, pero que sin duda despierta una chispa en la memoria de todo turco. Susurluk es una pequeña población de unos 40.000 habitantes situada unos 30 km al norte de Balikesir, una ciudad mediana del noroeste de Anatolia. El nombre de Susurluk no tendría especial lugar en la historia de no ser por el terrible accidente de tráfico que tuvo lugar en 1996; a bordo del vehículo siniestrado se encontraba un diputado del parlamento turco, un responsable de la policía, y un conocido mafioso de extrema derecha. El escándalo de Susurluk supuso la evidencia definitiva -para aquellos que aún se negasen a aceptarla- de la existencia de vínculos profundos entre la clase política, la burocracia, y la mafia, y sin duda abrió los ojos a muchos turcos acerca de la existencia real de ese «estado profundo».

Otra reflexión que el conocido caso «Ergenekon» nos trae es la creciente necesidad que existe en el seno del ejército turco de una auténtica y profunda renovación ideológica, que le lleve a asumir un papel renovado y adecuado a la Turquía del siglo XXI que busca la democracia y mira a la UE. No sólo el número de oficiales y altos cargos del ejército que se han visto implicados en turbios casos como el de la organización Ergenekon -de los que los citados ex generales no son sino los nombres más destacados-, sino la pasmosa prodigalidad con que sus altos mandos se implican directamente en la política turca, pone de manifiesto una y otra vez la necesidad de un cambio profundo que lleve a las fuerzas armadas turcas a asumir su verdadero papel en una sociedad democrática moderna. La laicidad es una parte irrevocable de la Constitución turca, en efecto; pero también lo es la democracia. El ejército turco del siglo XXI debe erigirse en protector de toda la Constitución, no sólo de una parte de la misma. De la misma forma, debería abrirse un debate sincero acerca de en qué medida el ejército turco puede haberse convertido en la actualidad en un obstáculo -en vez de una ayuda- a la búsqueda de una solución en conflictos que atañen muy de cerca al futuro de Turquía, como la posible reunificación de Chipre -Turquía tiene desplegados unos 70.000 soldados en el norte de la isla- o el fin del conflicto armado con el PKK en el sureste del país, donde el discurso oficial patriótico y marcial con frecuencia oculta -cuando no señala acusadoramente- cualquier atisbo de voz crítica que pida un «basta ya» al derramamiento de sangre en ambos bandos.

Precisamente estos días vivíamos otros dos trágicos episodios que por desgracia nos han vuelto a recordar el problema que tiene este país con el terrorismo, otro de los «fantasmas» que acosa a Turquía regulamente. A la habitual sangría de muertes, especialmente en el sureste, con atentados del PKK y combates entre soldados turcos y miembros de esta organización terrorista, se sumaba hace pocos días el secuestro de tres alpinistas alemanes, un acto de represalia del PKK por las medidas que está llevando a cabo el gobierno alemán para acabar con las redes de apoyo a este grupo terrorista en su territorio. Ese mismo día el fantasma del terrorismo islámico despertaba temprano a Estambul, con un ataque al consulado norteamericano que a muchos turcos hizo revivir aquella pesadilla de 2003, cuando otro atentado de Al-Qaeda en la ciudad contra intereses británicos dejó un saldo de más de 60 muertos y cientos de heridos.

Organizaciones mafiosas desarticuladas, conspiraciones de golpes de estado frustrados, amenazas y secuestros del PKK, nuevos atentados del terrorismo islámico de Al-Qaeda… Sumémosle a eso la amenaza que aún pesa sobre el partido gobernante AKP de ser clausurado en las próximas semanas -y de partidos clausurados Turquía también tiene mucho que contar-, y nos parecerá que Turquía vive una especie de catarsis, una especie de «purga interna», como si quisiese limpiar todos los males que vienen carcomiéndola desde hace décadas haciéndolos aflorar en un momento que se nos antoja crucial.

De cómo Turquía salga de ese momento, dependerá en gran medida su futuro.