artículo de opinión

OPINIÓN: Recordando a Hrant Dink

El pasado 19 de enero se cumplían 5 años de la trágica muerte del periodista turco de origen armenio Hrant Dink, quien fuera vilmente asesinado de varios disparos por un joven nacionalista que sería detenido horas más tarde gracias a la colaboración ciudadana.

El pasado 19 de enero se cumplían 5 años de la trágica muerte del periodista turco de origen armenio Hrant Dink, quien fuera vilmente asesinado de varios disparos por un joven nacionalista que sería detenido horas más tarde gracias a la colaboración ciudadana. Editor jefe del semanario bilingüe Agos (en turco y armenio), Dink trató de hacer de su periódico una voz democrática y crítica en Turquía subrayando siempre que pudo las injusticias cometidas con la comunidad armenia por la opinión pública. Uno de los principales objetivos de su periódico era contribuir al diálogo entre los pueblos turco y armenio, así como entre sus respectivos países.

Recuerdo perfectamente el día que me enteré de la muerte de Dink, porque fue uno de los primeros temas que escogí para escribir mis primeros artículos de opinión sobre Turquía. La muerte de Dink sobrecogió a toda Turquía y puso de relieve las contradicciones de un sistema político que aspiraba a ingresar en la Unión Europea pero que se mostraba incapaz de proteger a sus propios ciudadanos, especialmente a aquellos pertenecientes a las minorías más vulnerables.

La conmoción de la noticia del atentado que puso fin de forma trágica e injusta a su vida sobrecogió a todo el país pero a la vez le hizo despertar, rebelarse contra los sentimientos anclados en el odio y el nacionalismo, y demandar más libertades. Puso de relieve que la sociedad turca quería avanzar, pero que aún quedaba mucho camino por recorrer. Recuerdo perfectamente, aún de forma clara en mi memoria, contemplar la foto de su cadáver tirado en el suelo y cubierto por una sábana blanca, y también recuerdo haber escrito sobre la noticia contemplando la imagen de un pequeño altar con velas y claveles rojos en torno a su foto que cientos de ciudadanos anónimos habían levantado en el mismo lugar de su asesinato -frente a la puerta del diario Agos- con lágrimas en los ojos. «Todos somos Hrant Dink, todos somos armenios», fue un lema que se hizo famoso entonces en las multitudinarias manifestaciones en ciudades como Estambul, y que aún hoy se sigue escuchando.

Dink era un luchador, honesto e íntegro, que defendía la libertad por encima de todo y que a lo largo de toda su vida batalló no sólo por esos fines sino para lograr el acercamiento entre turcos y armenios. Como defensor de la libertad, estaba en contra de las leyes que en Turquía se oponían a mencionar la existencia de un genocidio contra los armenios, y tuvo que morir para que al año siguiente el gobierno se decidiese a reformar ampliamente el infame Artículo 301, tantas veces usado por círculos nacionalistas para perseguir a escritores y pensadores como él mismo o el premio Nobel Orhan Pamuk; pero también como hombre coherente con sus ideas y de firme principios, como alguien que sentía orgullo por sus raíces armenias pero que a la vez amaba profundamente Turquía, no dudaba en criticar abiertamente a la diáspora armenia por lo que consideraba era una dependencia casi enfermiza del pasado y una malsana fijación contra todo lo que sonase ligeramente a «turco».

Ese mismo amor por la libertad le hizo también oponerse a las leyes que en Francia ya por entonces pretendían prohibir por decreto la negación o el simple cuestionamiento de la existencia del genocidio armenio, y poco antes de su muerte había mostrado su intención de viajar al país galo para negarlo públicamente y desafiar la ley si se aprobaba. La misma oposición que mostraron hace pocas semanas tanto la familia de Dink como la comunidad armenia en Turquía al proyecto de ley impulsado por Sarkozy, que a buen seguro le valdrá unos cuantos valiosos votos ganados a costa de jugar con la historia, la libertad, y el sufrimiento ajeno. Estoy firmemente convencido de que de seguir viviendo, Dink hubiera sido el primero en viajar a París y gritar ante el Palacio del Elíseo que no hubo ningún genocidio, luchador incansable y desafiante ante las leyes injustas hasta el final como fue.

Ese mismo compromiso, y el deseo que siempre tuvo de articular lazos de amistad y acercamiento entre turcos y armenios, posiblemente -podemos aventurar- le hubiera llevado a criticar el reciente gesto «bravucón» del ministro turco para la UE Egemen Bağış -a quien considero el menos apto del actual ejecutivo del AKP- de retar a las leyes suizas sobre el genocidio armenio de la forma en que lo hizo, en un momento en que probablemente únicamente habrá contribuido a aumentar aún más las tensiones sobre esta cuestión… Y casi no me cabe ninguna duda de que hubiera dado una adecuada respuesta al feo gesto del primer ministro Erdoğan, quien ante la decisión del laureado escritor estadounidense Paul Auster de no acudir a Turquía preocupado por el alto número de periodistas que actualmente cumplen prisión preventiva por diversas acusaciones, no tuvo mejor respuesta que llamarle «ignorante» y decir que Turquía «no le necesitaba»… Yo no soy Paul Auster, pero sin duda que la cuestión también me preocupa -y también debería preocuparle al primer ministro turco- y esperaría una respuesta mejor que la que ofreció el señor Erdoğan, a quien no he dudado en respaldar en otros debates y polémicas.

Sin duda Hrant Dink era la conciencia de Turquía, y como tal el país no volvió a ser el mismo después de su muerte. Su desaparición generó un amplio debate, provocó cambios en las leyes, y hubo un despertar de muchas conciencias dormidas o que hasta entonces habían permanecido calladas. Se produjo también un fuerte sentimiento de hartazgo, un silencioso grito de «basta ya» que pedía que se investigasen hasta el fondo y se acabase con cualquier estructura u organización ultranacionalista dentro del Estado turco, y un claro avance hacia las reformas democratizadoras.

De ahí que la sentencia que se conoció el pasado 17 de enero -sólo dos días antes del aniversario de su muerte- tras cinco años de juicio en la que el tribunal encargado del caso exculpaba a prácticamente todos los sospechosos relacionados con el crimen y descartaba la involucración de una organización o trama detrás de la muerte de Dink, indignase y causase tantos descontentos y generase reacciones de protesta, desde la familia de Dink hasta en la calle (donde se manifestaron decenas de miles de personas en toda Turquía pidiendo justicia), desde la fiscalía (que anunció un recurso contra la sentencia) hasta el propio Presidente de la República Abdullah Gül, que muy acertadamente consideró el juicio sobre la muerte del periodista turco-armenio una importante prueba para la democracia turca y una cuestión «especialmente delicada dado que afecta a uno de nuestros ciudadanos no musulmanes».

Nadie duda a estas alturas de que la muerte de Hrant Dink no fue obra de un solo asesino o de un grupo de aficionados, de que estuvo plenamente organizada y coordinada por una estructura que no podía corresponder sólo a un pequeño grupo de individuos, y de que se enmarcó en otros crímenes similares cometidos en aquella misma época contra otras minorías religiosas del país, y que apuntan claramente a grupos dentro de lo que en Turquía se conoce como el «Estado profundo» como podrían ser Ergenekon, que precisamente buscaban mediante atentados y asesinatos selectivos -uno de sus objetivos era el Nobel de Literatura Orhan Pamuk- socavar la estabilidad del gobierno y sembrar el caos para instigar una nueva intervención de los militares en la política turca… Hasta uno de los principales acusados en el juicio afirmó en su alegato final ante el tribunal que la muerte de Dink fue organizada por el grupo ultranacionalista Ergenekon.

De ahí que la sentencia, tras cinco años de infructuosa espera, no haya contentado a nadie y haya supuesto una gran decepción para quienes confiaban en que el «espíritu Hrant Dink» surgido tras su muerte permitiese sacar a la luz todos los «trapos sucios» que aún persisten en ciertas estructuras de Turquía. Si el actual ejecutivo del AKP no quiere perder credibilidad ante los millones de ciudadanos que le han dado su voto en las urnas con sus promesas de reformas, antes incluso de enfrascarse en la persecución y captura de aquellos elementos de los estamentos militares que -como el ex general İlker Başbuğ- puedan haber contribuido en mayor o menor medida a difamar al gobierno por sus raíces conservadoras/islamistas, y por supuesto antes de meterse en una peligrosa «caza de brujas» contra periodistas contra los que en demasiados casos no existen más que pruebas circunstanciales, debe sin demora alguna poner todo su empeño en permitir que se esclarezca quienes estaban detrás de la muerte de Dink y llegar hasta sus últimas consecuencias. Lo que el gobierno se juega en esta cuestión es mucho: está en juego la democracia en Turquía, que fue sometida a prueba un fatídico 19 de enero de 2007 y ha vuelto a someterse a prueba hace ahora casi un mes tras la publicación de la sentencia.

Hrant Dink era, en efecto, la conciencia de Turquía. Tuvo que morir para que muchos se dieran cuenta, y otros tantos lo echamos más que nunca de menos en momentos como estos, en los que nos gustaría que estuviese presente para dejar sin palabras -como solía hacer- a quienes en uno y otro bando se llenaban la boca con palabras de odio e intolerancia y para ponerse al frente de quienes pedían cambios. No se trata sólo de una cuestión de nostalgia -que también lo es-, sino de que Turquía necesita ahora más que nunca a Hrant Dink… y la mayor tragedia es precisamente que él ya no está con nosotros.

Y quisiera acabar aquí recordando unas palabras que escribí hace cinco años en un artículo de opinión que titulé, un domingo 21 de enero de 2007, «Una dura prueba para la democracia turca»…

«Hrant Dink, nacido turco pero de orígenes armenios, propugnaba el acercamiento entre lo que aún hoy son dos viejos hermanos enemistados que siguen sin hablarse: Turquía, y Armenia. Con su muerte, muere no sólo un periodista y un intelectual: muere también un adalid del entendimiento mutuo, de la reconciliación, de la hermandad entre los pueblos. Con su muerte no sólo pierde la sociedad turca y la armenia. Perdemos todos.»

 

D.E.P.