artículo de opinión

OPINIÓN: Ministros como niños… »Oğlum bak git!»

 

Llevo ya algunos años preguntándome qué extraña u oculta razón lleva al gabinete del primer ministro turco Recep Tayyip Erdoğan a mantener como ministro para asuntos de la Unión Europea a alguien como Egemen Bağış, quien asumió el cargo en enero de 2009.

Desde el primer momento consideré todo un acierto nombrar a un ministro dedicado especialmente a la UE como un gesto fundamental en la apuesta estratégica que Turquía mantiene desde hace más de medio siglo por acercarse a Europa, y más concretamente a la Unión Europea, antes CEE. Uno esperaría sin embargo que en un cargo de una delicadeza como éste, previendo las diferencias y roces que a menudo surgen entre Bruselas y Ankara en el proceso de negociaciones de adhesión (que se prolonga oficialmente desde 2005), el designado fuera una persona moderada, dialogante, diplomática, con talante, capaz de saber estar y de aguantar con templanza los embates –a veces justos y otras injustos- que llegan desde los 27, y de saber acercar posiciones cuando llegan las críticas hacia los progresos de Turquía… Es decir, casi siempre.

El ministro Bağış es sin embargo todo lo contrario a eso. Poco –por no decir nada- amigo de la moderación y de la autocrítica, con un discurso agresivo y declaraciones que a menudo tienen un tinte nacionalista que bien valdrían de discurso para el partido MHP, el ministro turco “para” la UE es más conocido por sus salidas de tono y sus palabras polémicas que por su labor de negociación con el bloque europeo, y por su papel casi se diría más bien que su rol es de un ministro “contra” la UE, como aquel que tiene al perro más ladrador dispuesto para soltarlo en cuanto se acerque un vecino molesto. Los periodistas extranjeros se han acostumbrado a que, cuando van a entrevistar al ministro turco para la Unión Europea, será difícil que les deje concluir dos frases seguidas sin cortarles una pregunta que no le gusta cómo está formulada, o rectificar un comentario que no coincide con su punto de vista. Pese a todo muchos periodistas –especialmente si buscan un titular o una polémica- acaban buscando a Bağış… aunque en Turquía sus declaraciones sean a menudo objeto de vergüenza.

Por citar sólo unos pocos ejemplos recientes… En plena efervescencia de la polémica sobre el genocidio armenio y las leyes para perseguir su negación en algunos países europeos como Francia o Suiza, Bağış no tuvo mejor ocurrencia en pleno Foro Mundial de Davos y ante la mirada de medios de comunicación de todo el mundo que –echando más leña al fuego- recurrir a la provocación, negando el genocidio armenio para seguidamente retar a la fiscalía suiza a que le llevara ante los tribunales por ello (amparándose obviamente en su inmunidad diplomática); a principios de este año no tuvo reparos, en declaraciones hechas ante representantes de la comunidad asiria en la embajada turca en Estocolmo, en comparar una iniciativa en el parlamento sueco para reconocer el genocidio asirio con la satisfación que da la “masturbación”… Más recientemente, durante una exposición pública sobre Marilyn Monroe, comparó a la mítica actriz con Estambul y dijo que ambas eran «igual de sexys», volviendo a llenar titulares dentro y fuera de Turquía… Son sólo algunos ejemplos de las ocurrencias de un ministro que, a día de hoy, representa la imagen exterior y de referencia para buena parte de la clase política y los medios de comunicación en Europa.

Hasta aquí, Bağış no deja de ser una persona que posiblemente no debería estar ahí y que sin embargo, por razones que se me escapan, continúa para pesar de los que defendemos el acercamiento entre Turquía y la UE. El problema llega cuando un cargo público, además de no demostrar una compostura para el mismo, y de ofrecer una mala imagen pública como tal, no sólo no es reprendido por su actitud sino que además se ampara en su cargo para tomar decisiones que, además de incorrectas, sientan un pésimo precedente y un mal ejemplo. Y si un cargo público de la categoría de todo un ministro no sólo da mala imagen sino que además da mal ejemplo… hay algo que desde luego no funciona bien.

Me explicaré. Hace aproximadamente un año, en junio de 2012, un video colgado en Youtube alcanzó tal éxito que acabó siendo pretexto para una película. Grabado en la provincia de Kocaeli por un niño, mostraba a su hermano mayor reprendiendo a un barrendero, Selçuk Kahraman, por haber pegado una bofetada a su hermano pequeño en plena calle cuando ambos estaban peleándose. Por razones que desconocemos el hombre se metió en la discusión entre los dos muchachos y pegó a uno de ellos, y cuando el hermano mayor fue a protestar por lo que había hecho y sacó su cinturón para enfrentarse a él mientras le decía “Vamos, pégame a mí”, Kahraman se limitó primero a callar y luego a decir insistentemente la frase “Oğlum bak git!” (“¡Que te vayas niño!”); después de unos tensos instantes, el hombre acabó arremetiendo contra él y golpeó brutalmente al muchacho, de tal forma que rompió el palo de su escoba sobre la cabeza del adolescente, que necesitó 12 puntos de sutura. Millones de visitas después, la frase “Oğlum bak git!” se hizo tan famosa que dio nombre a una comedia –de esas en las que el público parece que va sólo a escuchar la frase de moda- para mi gusto nada de otro mundo, y hubo hasta camisetas con la frase y la efigie del barrendero golpeando al niño.

Lo que para algunos pudo ser motivo de risotada fácil y sin sentido, a mí me recordó a algo que presencié hace muchos años en una época en la que me dedicaba a trabajar con niños. Yo estaba en un centro de verano al cargo de varios de ellos, y desde el balcón de una casa observé cómo un chaval de unos 13-14 años perseguía furioso y con ademán de golpear a otro niño que no tendría más de 8 años; inmediatamente le llamé le atención antes de que hiciera alguna tontería y le dije “Oye, ¿pero qué estás haciendo?”, a lo que él, tras detenerse, me respondió aún visiblemente furioso justificando su actitud porque el niño de 8 años le había insultado (con algún insulto tonto que pueda soltar un niño de 8 años, y que ahora no recuerdo…). Yo le respondí entonces: “Pero, ¿no ves que es sólo un niño?? ¡No seas tú niño también!”. Él se fue en sin decir nada, ya más calmado y en silencio, y no tuve ocasión de cruzar más palabras con él hasta que unos días después, cuando se marchaba, se acercó a mí humildemente para despedirse y darme la mano. Y no sé cómo, pero percibí que algo había cambiado en él y que era una persona mucho más madura que antes.

Cuando estamos en una posición acomodada, y en cierto modo superior a la de otras personas, corremos el peligro muchas veces de olvidar de dónde venimos, que nosotros también fuimos antes “niños” y ocupamos otro lugar; y sobre todo, corremos el riesgo de olvidar que una posición de “poder” implica antes que privilegios sobre todo una gran responsabilidad: la de saber administrarlo. Precisamente porque tenemos la capacidad de hacer algo, hemos de tener la madurez y la sabiduría de administrar esa facultad, y de recordarnos constantemente quiénes somos y por qué debemos ser un ejemplo para otros.

Eso es precisamente lo que debía haber recordado el barrendero de Kocaeli en cuestión, cuando primero abofeteó a aquel niño y luego descargó su ira sobre la cabeza de su hermano mayor cuando éste fue a defenderle. Él era la persona adulta, la que debía servir de ejemplo, y el otro era sólo un niño. Cuando con su silencio hizo patente que no podía defender lo que había hecho, el ego y los instintos más bajos ganaron la partida, y Kahraman –que irónicamente significa “héroe” en turco- en lugar de agachar la cabeza y disculparse por lo que había hecho (sí, incluso ante un niño…), recurrió a lo único que sabía: primero, a exigir al niño que se fuera, y luego (cuando no pudo conseguirlo), a la violencia… Los dos niños se fueron uno con una bofetada y otro con 12 puntos en la cabeza, y el “héroe”, lejos de arrepentirse, se vio tan envalentonado por el éxito de su acción que cuando la productora de la película tuvo el gesto de regalarle una casa por ser el autor de la famosa frase que le daba título, éste protestó y no contento con el regalo decidió llevarlos a los tribunales por considerar que una vivienda nueva no era suficiente.

Hasta aquí podíamos pensar que el despropósito parecía haber alcanzado su tope máximo. A principios del pasado mes de marzo un tribunal de Turquía decidía, tras un juicio contra el barrendero por las importantes lesiones causadas al menor, condenarle al pago de una multa de 740 liras turcas (poco más de 300 euros) por la agresión al joven. Seguramente alguno de los dos niños agredidos, o sus familiares y amigos, debieron de pensar algo así como “Vaya, al menos al fin hay algo de justicia y este hombre pagará por lo que ha hecho…”.

Desgraciadamente, no contaban con el ministro turco para la UE, que debió pensar que había encontrado alguien a su medida, y como si algo le sobra –además de declaraciones salidas de tono- es dinero, anunció presto y veloz que él personalmente pagaría la multa del barrendero en cuestión, después de que tras publicarse el año pasado el video en internet con la frase “Oğlum bak git!” la empleara ese mismo mes para responder –como sólo sabe hacerlo Bağış…- a un parlamentario ultraderechista holandés durante una reunión con eurodiputados en Estrasburgo.

Como aquel preadolescente que corría hace años detrás de un niño, hemos de ser conscientes de quiénes somos y de no ser también nosotros “niños”, sin menospreciar el hecho de que a menudo son precisamente los niños quienes pueden darnos más de una lección a los que supuestamente somos mayores. No me cabe duda que si preguntáramos a los otros dos protagonistas de esta historia, nos daríamos cuenta de que quienes han aprendido una lección de todo esto son precisamente ellos, los “niños”, los “menores”, los “inmaduros”… Puede que a no pelearse tanto entre ellos, o a dejar pasar de largo a personajes como el barrendero “justiciero”, o a aprender que la justicia suele llegar no de nuestra mano ni de la de los tribunales si dejamos que el tiempo ponga a cada uno en su sitio… Quién sabe.

No se debería pegar a un niño, incluso aunque se tenga poder para ello (o precisamente por eso)… como no se debería librar del castigo a alguien que ha cometido un delito, incluso aunque se tenga dinero para ello. Sin castigo por lo que hizo, el barrendero “héroe” volverá sin duda alguna a repetir el mismo error hasta que acabe pagando por ello; y sin nadie que le reprenda por sus «torpezas» y desvaríos, el ministro turco para la UE seguirá repitiendo los mismos errores hasta que alguien de más arriba decida que ya es suficiente… y es hora de que el que se vaya sea él.

En uno y otro caso, los que debían comportarse y dar ejemplo han sido los que han acabado perdiendo los papeles y convirtiéndose no en niños, sino en algo mucho peor… Y al hacerlo probablemente ni se dan cuenta de que en realidad, son ellos quienes se merecen que les digamos, bien alto y bien claro:

 

“Oğlum bak git!”… “¡Que te vayas niño!”