La población reclusa de Turquía ha crecido más del doble desde el año 2000 y alcanza ya los 112.000 internos, un fenómeno que preocupa a los expertos.
La población reclusa de Turquía ha crecido más del doble desde el año 2000 y alcanza ya los 112,000 internos, un fenómeno que preocupa a los expertos y que estos achacan a la falta de acceso a la educación y a la pérdida de valores culturales y sociales.
Fue precisamente en el año 2000 cuando la ley conocida popularmente como «Rahşan Pardon» («El Perdón de Rahşan», en referencia a la esposa del primer ministro Bülent Ecevit) entró en vigor y permitió la puesta en libertad de unos 20.000 reclusos, quedando en las prisiones del país unos 50.000 internos. Sin embargo, desde entonces la población reclusa de Turquía se ha incrementado en más de un 100% hasta llegar en la actualidad casi a los 112.000 internos (exáctamente 111.964), una cifra que los expertos creen que seguirá creciendo en el futuro.
Los estudios muestran que más del 80% de los reclusos turcos sólo tienen estudios de primaria; además, según los datos más recientes actualmente hay 1.478 menores en prisión, y la mayor parte de los reclusos poseen edades comprendidas entre los 21 y los 39 años de edad, lo que por otro lado se corresponde con el alto porcentaje de población joven que tiene Turquía.
Otro dato que preocupa es que, aunque existe una gran variedad en los delitos por los que los internos están en prisión, ha habido un enorme aumento en el número de personas encarceladas por delitos graves. En concreto, mientras que en el año 2000 el número de presos por delitos graves era de 40.097, a finales de 2008 se había elevado hasta los 82.704. A destacar también es el de aquellos internos por delitos de terrorismo, cuyo número decreció entre 2000 y 2005 para luego volver a crecer en los últimos tres años, aunque eso sí muy lentamente.
Para el profesor Ercan Tatlıdil, jefe del departamento de sociología aplicada de la Universidad del Egeo, el aumento de la población reclusa debe ser un motivo de preocupación para los responsables políticos y es un indicador tanto del desempleo como del desarraigo social y cultural, así como de la pérdida de valores de la sociedad. «El desempleo y la degradación de valores culturales están incrementando las tasas de crímenes. Un ejemplo es el de aquellos ciudadanos que quedan sin empleo a medida que surgen nuevas ocupaciones, dejándolos fuera del sistema. Se distancian de sus valores, e incluso valores que tienen miles de años son olvidados», afirma Tatlıdil.
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Editado y revisado por:

✅ Pablo Gómez
Pablo Gómez es especialista en Turquía y editor jefe de Hispanatolia desde 2011. Desde 2006 se dedica al análisis de la actualidad y la geopolítica de Turquía y su región.
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