artículo de opinión

OPINIÓN: Gaza, Hamas, Israel… Enésimo déjà vu en Palestina

La historia en Oriente Medio, y especialmente el conflicto palestino-israelí, parece inmersa en un bucle sin fin. Poco se diferencian los titulares e imágenes de los telediarios de estos días de los de hace cinco años, durante la Operación Plomo Fundido. El mismo escenario, la Franja de Gaza, los mismos actores, Hamas y el ejército israelí, y el mismo resultado: muerte y sufrimiento.

Pocos conflictos en la Historia contemporánea se han enquistado más que aquel que enfrenta al Estado de Israel y a los palestinos. Los años han hecho que hayan cambiado sus líderes, tácticas, tecnología e incluso la situación mundial. Pero el círculo vicioso no tiene fin. Varios son los factores culpables de que la sangre de israelíes y palestinos siga corriendo por lo que algunos llaman Tierra Santa, región que ha sido testigo de innumerables y cruentas guerras.

Hamas, declarada como organización terrorista por la Unión Europea y Estados Unidos entre otros, conviene no olvidarlo, ha vuelto a las andadas, si es que alguna vez se apartó de ellas, intensificando un conflicto que no puede ganar. Ya sea por armamento, logística o recursos, Israel es eminentemente superior a Hamas, que no podrá derrotar a su enemigo por la fuerza. Aun así, siguen centrados en proseguir su lucha armada, siendo los palestinos los más damnificados por esta decisión sin sentido.

La población palestina de la Franja de Gaza se encuentra secuestrada por Hamas, quien no duda en usar a sus rehenes de escudos humanos, convirtiéndolos en mártires. A sabiendas, el movimiento terrorista no tiene reparos en escudarse en edificios civiles, como escuelas u hospitales, para llevar a cabo sus tropelías. Poniendo en práctica el principio de acción y reacción, el ejército israelí responde bombardeando aquellos edificios, ayudando en las labores de propaganda de Hamas. Cuanto más sufra su población, cuantos más inocentes perezcan por las manos de sus enemigos, más simpatía se creará a favor de un movimiento que no tiene problema en sacrificar a los civiles que dice representar y defender. Hamas sabe que los F-16 israelíes no tendrán objeción de bombardear objetivos donde se sospeche la presencia terrorista, y ese es otro de los problemas.

Israel no se detendrá ante nada o nadie para defender su Estado. Los llamados daños colaterales, término políticamente correcto aunque no deja de ser un eufemismo, se dan por descontados con la tragedia que conlleva. Aunque se intenten limitar, su efecto seguirá siendo devastador y al dirigente israelí de turno no le temblará el pulso al ordenar una operación en la que se estimen cuantiosas bajas civiles. El actual Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, lo expresó a la perfección cuando un micrófono abierto le jugó una mala pasada durante una conversación telefónica: “It’s a hell of a pinpoint operation!” (¡Vaya infierno de operación milimétrica!). El uso desproporcionado de la fuerza por parte de Israel, en lo que algunos califican como terrorismo de Estado, no hace sino avivar las llamas del odio y dejar marcados de por vida a generaciones de palestinos, reforzando el círculo vicioso mencionado con anterioridad.

No se puede negar que Israel tiene derecho a defenderse de las agresiones externas, en este caso en la forma de cohetes lanzados por Hamas, años atrás fueron ataques terroristas en su territorio o guerras abiertas con terceros países. No obstante, la fuerza desmedida con la que están llevando la ofensiva resta credibilidad a un Estado democrático cuya autoridad moral queda cuestionada a los ojos del mundo. En la vorágine del conflicto, las víctimas en ambos bandos, más en el palestino por la superioridad armamentística israelí, empiezan a no ser más que cifras, deshumanizando la tragedia y sufrimiento que hay detrás de cada fallecido y herido. Al final, tienen la culpa tanto los que se escudan miserablemente detrás de civiles como los que atacan objetivos sabiendo que morirán inocentes.

Mucho menos determinante que los factores expuestos con anterioridad, es la opinión pública de Occidente sobre el conflicto. La causa palestina siempre ha despertado más simpatía en Occidente que la israelí, posiblemente debido al desequilibrio de fuerzas entre ambos ya que es más romántico defender a David que a Goliat. El pasado sábado Londres, como bien pudo haber sido otra gran ciudad europea, acogió una manifestación contra las operaciones militares israelíes en Gaza. Es completamente respetable, y además hasta necesario, que, desde la sociedad civil occidental, se pida el fin de las hostilidades; lo preocupante es que solamente se culpe de ello a Israel, cuando tanto unos como otros son responsables de lo que está ocurriendo en Gaza.

El conflicto palestino-israelí no se entendería sin el papel jugado por terceros países, entre ellos los vecinos de la región. La hipocresía de los países árabes hacia la causa de sus correligionarios palestinos es, cuanto menos, destacable. La desunión, rivalidades e intereses entre Egipto, Siria, Jordania y demás países árabes propiciaron el establecimiento del propio estado de Israel y ahora, pese a poner el grito en el cielo en foros internacionales, se ciñen al pragmatismo y a la realpolitik, viendo los toros desde la barrera. Critican la ofensiva israelí pero no hacen nada al respecto, a excepción del Egipto de Sisi que propuso una tregua condenada al fracaso, como así fue.

Otro de los países de la región es Turquía, que mantiene importantes vínculos militares y económicos con Israel. Desde la Operación Plomo Fundido de finales de 2008 y principios del 2009, las relaciones entre ambas naciones se han deteriorado, viviendo su peor momento durante la crisis del Mavi Marmara en 2010. Las constantes declaraciones del primer ministro turco Recep Tayyip Erdoğan, que intenta erigirse sin éxito -como muestra su desastrosa política exterior este último lustro- en el paladín del mundo musulmán, juegan su papel en ello. El propio ex presidente iraní Mahmud Ahmadineyad estaría sin lugar a dudas orgulloso de la comparación hecha por Erdoğan entre Hitler y la mentalidad de los israelíes. Sin embargo, por mucho que el primer ministro turco quiera cortar con Israel, ambos países se benefician el uno del otro.

Puede ser cuestión de horas o de días, pero antes o después se llegará a un acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamas y, posteriormente, las hostilidades en Gaza se darán por concluidas. Pero el daño ya estará hecho en la forma de familias destrozadas, edificios derruidos y odio sembrado. También antes o después, la guerra volverá a azotar la región, ya sea en Gaza, en Cisjordania, en el Líbano o en cualquier otra zona, y veremos una vez más en la televisión las imágenes a las que, desgraciadamente, ya nos hemos acostumbrado. Se trata, al fin y al cabo, de un bucle que, de momento, no parece tener fin.