artículo de opinión

OPINIÓN: ¿Es posible una Unión Europea sin Turquía?

Hace poco una ciudadana turca me preguntaba qué me parecía la conocida postura de Sarkozy sobre el rechazo al ingreso de Turquía en la UE. “No es un Charles de Gaulle”, le contesté yo, queriendo darle a entender que la postura de Sarkozy era más otra nueva evidencia de su estrechez de miras y su mediocre papel como jefe de estado francés, que fruto de la reflexión meditada de un gran estadista europeo. No obstante, aunque seguramente la historia no recuerde a personajes como Sarkozy –más conocido por sus salidas de tono y sus apariciones en la prensa rosa que por sus actuaciones como gobernante-, y aunque seguramente debemos ver en la postura compartida de dos políticos conservadores europeos –Angela Merkel y Nicolas Sarkozy- un claro mensaje a su electorado interno, especialmente ante la proximidad de las elecciones europeas, conviene no pasar por alto este tipo de declaraciones que de cuando en cuando nos obsequia algún dirigente europeo. Por mucho que la Europa que insisten en imaginar los actuales líderes de Francia y Alemania –y no sólo ellos- tenga poco que ver con la realidad actual.

Sin duda alguna uno de los grandes “absurdos” de la propuesta de Sarkozy y Merkel -por lo demás totalmente vacía de contenido y de consistencia- es que Turquía ya tiene, de hecho, una asociación “privilegiada” con la UE, que prácticamente se remonta a la firma del tratado de Ankara en los años 60 entre Turquía y la antigua Comunidad Europea. Desde entonces a esta parte ha habido un largo camino que Turquía y la entonces CE y actual UE han recorrido en paralelo, que tuvo otro momento clave cuando Ankara presentó su candidatura a la adhesión en 1987, y que se aceleró con la unión aduanera Turquía-UE de 1996 y con la aceptación de la candidatura al ingreso de Turquía en 1999. Son muchos los progresos, acuerdos, relaciones y lazos creados y establecidos entre ambas partes en todos estos años, y cualquier propuesta de “asociación” implicaría sin duda alguna un retroceso en lo conseguido: un paso atrás que Turquía no estaría de ninguna de las maneras dispuesta a dar… pero que sobre todo significaría emprender un camino que a la Unión Europea no le interesa tomar. Es más, al margen de lo que digan Sarkozy, Merkel o cualquiera, la cuestión clave es que el 17 de diciembre de 2004 el consejo de ministros de la UE acordó oficialmente iniciar las negociaciones para la “adhesión” de Turquía (sí, han leído bien: es “adhesión”, no “asociación” ni nada parecido…). Desde entonces la UE ha firmado acuerdos con Turquía en los que ahora no puede, a mitad de camino, echarse atrás y salir indemne como si nada; pero lo que es más importante, es que la otra parte implicada –Turquía- ha dicho claramente y repetidas veces que no aceptará nada que no sea la adhesión plena y completa como miembro de pleno derecho de la Unión Europea……. Lo cual nos lleva a plantearnos la pregunta: ¿Qué pasaría si Turquía no entrase en la UE? ¿Qué consecuencias tendría para ambos? ¿Es posible una Turquía sin la UE? ¿Y una UE sin Turquía…?

Uno de los principales errores que cometen aquellos –políticos o no- que se apresuran a rechazar la candidatura de Turquía es plantear la cuestión desde un punto de vista “eurocentrista”, en el que se parte de la base de que Europa está en una posición superior y es únicamente Turquía quien necesita a la UE, de forma que se plantea la cuestión desde una perspectiva en la que existe la posibilidad de decir “no” y se pueden imponer indefinidamente todo tipo de condiciones, obstáculos y dilaciones a Ankara, en la creencia de que ésta lo aceptará sin rechistar. Esto no es así desde hace mucho tiempo y por diversas razones, y es la ceguera de la clase política europea la que ha mantenido a lo largo del tiempo esta falsa imagen de la realidad, a pesar de todos los cambios habidos a lo largo de los últimos años. La UE debe comenzar a mirar a Turquía como una igual, y no como un país pidiendo limosna al que puede imponer sus condiciones, e incluso el cómo, cuándo y hasta dónde puede integrarse en la Unión. Turquía no es el mismo país de hace 50 años, como no lo es Europa, y muchos líderes europeos y muchos dirigentes comunitarios con sueldos demasiado hinchados deberían comenzar a darse cuenta de ello, y lo que es más importante, a admitirlo. Fue precisamente la amenaza de Turquía de levantarse de la mesa de negociaciones si seguía aplazándose la decisión por más tiempo la que forzó a los líderes europeos en 2004 a buscar el consenso necesario para acordar el inicio de las negociaciones de adhesión. Una prueba más de quién busca a quién, y de que a pesar de lo que se diga de cara a la galería en Bruselas saben muy bien lo que les conviene, y hasta dónde pueden tensar la cuerda y tirarse faroles con Ankara.

Turquía ya no se ve a sí misma como un país en la periferia de la UE o de la OTAN, sino como el centro de Eurasia, como un punto clave de comunicación y transición entre el Este y el Oeste. Turquía puede traer a Europa estabilidad (energética, política… ), dinamismo económico y mejores relaciones con el mundo musulmán y con Oriente Medio. En un mundo cambiante donde el centro económico mundial se está desplazando paulatinamente desde el Atlántico hasta la región del Índico-Pacífico, la UE debe elegir si se encierra en sí misma y se aisla del mundo que la rodea, o si por el contrario abre sus puertas –y sus miras- y toma consciencia de la importancia creciente de mantener unas buenas relaciones con el mundo musulmán y unos estrechos lazos con el Este que le aseguren una estabilidad geopolítica, económica y energética que quizás EE.UU. no pueda seguir brindándole en un futuro. No podemos olvidar además que todas las previsiones apuntan a que la economía turca se convertirá en los próximos 20 años en una de las principales del mundo, desplazando a otras como por ejemplo Francia o incluso Alemania. Quizás haya que ver en esta perspectiva la verdadera razón que se esconde detrás de las reticencias de algunos líderes europeos a ver una Turquía formando parte de la UE; pero al margen de opiniones más o menos infundadas basadas en miedos y prejuicios personales, resulta difícilmente discutible que el área Mediterránea está llamada a jugar un mayor peso específico en el conjunto de la UE, y que en este contexto, muy posiblemente el eje Turco-Alemán o más seguramente Turco-Báltico acabe desplazando al Franco-Alemán como centro neurálgico de Europa en las próximas décadas.

Otro factor es además la estabilidad que la pertenencia a la UE añadiría en todos los sentidos a un país como Turquía, situado en el centro de una región conflictiva de por sí. Casi da miedo pensar en qué ocurriría si por alguna razón un país de 72 millones de habitantes con el mayor ejército de la OTAN después del de EE.UU. se viese envuelto en alguna de las amenazas que pesan hoy día sobre Irán, Irak, Israel o el Cáucaso (y aquí convendría hacer una reflexión, que sería objeto de otro debate, sobre las consecuencias que puede tener en toda la región y en Turquía un Irán con armas nucleares). Una Turquía como parte íntegra de la UE proporcionaría a Europa un nuevo papel mucho más destacado en la zona, dotándola de una renovada legitimidad –especialmente ante los países musulmanes- para mediar en los conflictos de una región de la que históricamente ha dependido siempre la estabilidad de Europa, y permitiendo además que Turquía se convierta en cuña desde la que introducir en toda la región de Oriente Medio y Asia Central la influencia de elementos que hoy día entendemos forman parte inalienable de lo que es ser europeo y que forman ya también parte íntegra de Turquía, como son por ejemplo la democracia, el laicismo, el imperio de la ley o la igualdad de derechos para hombres y mujeres.

Una Turquía dentro de la UE serviría también para contrarrestar la creciente influencia de Rusia en la región del Cáucaso y Asia Central, así como la excesiva debilidad en materia de seguridad y energía que actualmente comienza ya a manifestar Europa frente al gigante ruso. No es ningún secreto que para Europa el tránsito de energía a través del eje Cáucaso-Turquía desde los nuevos yacimientos de Asia Central hasta Grecia y Europa Oriental es una necesidad casi vital para su supervivencia y su independencia –en todos los sentidos que queramos darle- durante las próximas décadas. Turquía puede ejercer su propio papel en la región –y sin duda lo ejercerá-, pero está claro que éste puede ser mucho más influyente y decisivo con una UE detrás, y que es mucho lo que se juega Europa en esa partida de ajedrez que Turquía y Rusia juegan actualmente en esa importante región del globo como para dejarlo en manos del azar o permitir que Turquía se quede sola frente a Rusia.

Este análisis nos permite ver quizás con mucha mayor claridad cuál es el peligro potencial de una Turquía fuera de la UE. Pero sobre todo, la mayor amenaza la representa actualmente la misma UE, o más concretamente la ceguera de algunos de sus dirigentes para advertir la situación cambiante actual que vive nuestro mundo y los grandes desafíos que se le plantean por delante a una Europa que, por primera vez desde hace prácticamente un siglo, comienza a darse cuenta de que ha llegado la hora de aprender a desenvolverse por sí sola porque su tradicional aliado y protector norteamericano puede que vaya a estar demasiado ocupado en las próximas décadas con sus propios problemas como para poder seguir sacándole las castañas del fuego. Y es precisamente esa falta de visión de muchos líderes y responsables europeos -y las declaraciones con las que a veces nos obsequian- la que está alimentando un creciente euro-escepticismo entre los turcos. De ahí que el principal problema que empiece ya a plantearse –y que puede agravarse en el futuro si no se corrigen y evitan ciertos posicionamientos- no es ya si Turquía debe entrar o no en la UE, sino qué pasará si Turquía acaba dando la espalda a la Unión Europea –y razones tiene de sobra- en un momento en que el país euroasiático puede ser tan importante para el futuro de Europa. Ese es ahora mismo el principal problema que puede afrontar la UE con la cuestión turca, y la razón de que nadie dentro de los Veintisiete –ni siquiera los más acérrimamente contrarios a ver una Turquía dentro de la Unión como Merkel o Sarkozy- quieran ver una Turquía demasiado alejada de la UE.

Parece pues cada vez más claro que Turquía y la UE son dos vecinos y hermanos condenados irremediablemente a entenderse. Sin entrar en el debate de quién necesita a quién –pues ambos se necesitan mutuamente-, la influencia de Occidente y de la misma Europa en Turquía es tan evidente actualmente como lo es la de la propia Turquía en toda la región del sureste europeo y los Balcanes. La presidencia europea de la UE que asumirá a partir de julio y durante los próximos seis meses Suecia –una firme defensora del ingreso de Turquía en la Unión Europea- y posteriormente la de España a partir del 1 de enero de 2010, pueden marcar un antes y un después en un momento que parece clave para la consecución de las reformas en Turquía, que buscan una mayor convergencia con la UE en el marco del camino hacia la adhesión. La fecha puesta por Turquía de 2014 como año límite para su adhesión no debe ser vista ni como una amenaza ni tampoco como una previsión hecha a la ligera, sino más bien como un punto de referencia a partir del cual ambas partes deben ponerse a trabajar para superar todos los obstáculos internos que en ambos casos obstaculizan el camino hacia el ingreso turco. Prolongar mucho más allá unas negociaciones que comenzaron oficialmente en 2005 pero que se remontan a finales de los años 90 e incluso al tratado de asociación Turquía-CE de 1963, pondría en evidencia demasiadas cosas en la UE a poco que comparásemos la situación de Turquía con la de otros países candidatos, y daría alas a los partidarios en ambos lados del “aislamiento” y de que Turquía y la Unión Europea sigan caminos separados… con todo lo que eso puede implicar para el futuro de Europa en las próximas décadas.