El jefe del ejército acabó el miércoles con los insistentes rumores que le situaban como candidato a las próximas elecciones presidenciales, confirmando así la continuación de la tutela de los militares sobre la vida política de Egipto.
El hasta ahora ministro de defensa de Egipto y jefe del ejército egipcio, el general Abdel Fattah al-Sisi, anunció el miércoles la dimisión de su cargo confirmando que se presentaría como candidato a la presidencia del país, tal y como se esperaba que hiciera desde hace meses culminando un proceso que se inició el pasado 3 de julio de 2013, cuando él mismo encabezó un pronunciamiento militar para expulsar al entonces presidente electo, Mohamed Morsi.
Durante las últimas semanas y especialmente desde enero, Al-Sisi había ya dejado caer su intención de concurrir a las elecciones presidenciales, y el propio Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas de Egipto -encargado de dirigir la transición en el país desde la caída de Mubarak en 2011- había alentado esta opción aludiendo a una supuesta «demanda popular» del pueblo egipcio para que el jefe del ejército concurriera a la jefatura del Estado.
Al-Sisi se ganado la popularidad entre los sectores más laicos y favorables al ejército desde que las fuerzas armadas derrocaran a Morsi -que había ganado las elecciones con el apoyo de los sectores islamistas y especialmente de los Hermanos Musulmanes-, ayudado además por unos medios de comunicación estatales controlados por los militares. Todo ello augura que, al igual que el reciente referéndum constitucional promovido por el gobierno interino designado por el propio ejército, la elección en las urnas del general como futuro presidente -en una fecha aún por determinar, pero probablemente este verano- podría ser un mero trámite para legitimar su cargo.
Sus críticos sin embargo le acusan de ser el principal responsable de la muerte de cientos de partidarios del ex presidente Mohamed Morsi y de la detención de otros tantos miles de sus seguidores, y de haber acabado con el espíritu democrático que contribuyó a la caída del régimen de Mubarak, contribuyendo a prolongar el control de los militares en un país que en los últimos 60 años ha estado bajo la tutela de las fuerzas armadas con la sola excepción del breve período de la presidencia de Morsi, cuyo desafío precisamente a la cúpula castrense y judicial de Egipto acabó condenándole al aislamiento y a su destitución forzada en julio de 2013. De hecho, la concurrencia del propio jefe del ejército a la jefatura del Estado sería la confirmación de la promesa rota por parte de los militares, quienes habían asegurado que se mantendrían al margen de la vida política.
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Pablo Gómez es especialista en Turquía y editor jefe de Hispanatolia desde 2011. Desde 2006 se dedica al análisis de la actualidad y la geopolítica de Turquía y su región.
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