artículo de opinión

OPINIÓN: Bienvenidos al AKPgate

La semana pasada tres operaciones policiales contra la corrupción sacudieron Turquía. En lo que probablemente sea la mayor trama anticorrupción en la historia reciente de la República, fueron detenidas cerca de un centenar de personas. No obstante, lo más destacable no es la corrupción en sí ni los millones de dólares incautados en cajas de zapatos. Por primera vez el dedo acusatorio de la ley apunta al gobierno de Erdoğan y a su partido. Según se cuenta, quien estaría detrás de ello no sería otro que un antiguo aliado del primer ministro: Fetullah Gülen.

El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) siempre ha presumido de su pureza, su limpieza. En un juego de palabras, las siglas AK significan precisamente eso, por lo que también es conocido por sus partidarios como el AK Parti. Este era uno de los avales que a principios de la década pasada trajo el AKP a la política turca: un partido sin la lacra de la corrupción que había sido endémica en la política de los años 90. Esa fue una de las múltiples razones que convencieron a votantes, no solo conservadores, a votar por aquel entonces por el partido encabezado por Recep Tayyip Erdoğan, Abdullah Gül y Bülent Arınç. Ahora, tras más de una década en el poder, el vicio de la corrupción parece haberse extendido también por el AKP. Pese a que ya en el 2008 hubo indicios de ello con el caso de Deniz Feneri, el tema que nos ocupa es de mayor calado e importancia ya que refleja una lucha por el poder entre el primer ministro y su partido y un movimiento religioso.

Conocido en Occidente como el “Opus Dei musulmán”, el Hizmet del clérigo Fetullah Gülen es un singular movimiento islámico con importante presencia dentro de Turquía, infiltrado en las fuerzas de seguridad y en la judicatura. A través de medios de comunicación, como el periódico Zaman, y empresas, como el banco Bank Asya, el grupo liderado por Gülen tiene una importante presencia en el país euroasiático. Sin embargo, es en la educación donde el movimiento, considerado por algunos como secta, posee su mayor activo, con la presencia de escuelas en más de 140 países. Es en este aspecto donde precisamente se prendió la mecha del conflicto cuando el gobierno decidió clausurar los “dershanes”, cursos preparatorios de acceso a la universidad, una de las columnas del movimiento para captar nuevos seguidores.

Hasta hace relativamente poco tiempo, el Hizmet era uno de los principales aliados del AKP. Ambos tenían un enemigo en común: el establishment laico, mal llamado kemalista, formado principalmente por los militares y la judicatura. Ahora, con el estamento castrense bajo la tutela civil, ese antaño poderoso enemigo uniformado ha dejado de ser tal. Pese a las diferencias ideológicas entre el AKP y el Hizmet (por ejemplo, Gülen apoya a Israel al contrario de Erdoğan y se opone a la negociación con el PKK iniciada por el gobierno) no se trata más que de una lucha por el poder. Con su mayor rival fuera del juego, ha comenzado la confrontación entre Gülen y Erdoğan y ha sido éste último el que, ya sea para demostrar su fuerza o por error de cálculo, ha tañido la campana para dar comienzo al primer round que acabó llevándose el primer ministro.

La presencia de “fetullahçıs”, como comúnmente se conoce a los seguidores de Gülen, en el aparato estatal, con importante énfasis en la policía, es lo que lleva a muchos a pensar que el clérigo está detrás de las tres operaciones que han sacudido a Turquía. El hecho de que las investigaciones se terminaran hace seis meses pero que haya sido ahora cuando haya comenzado el show mediático de las detenciones, justo después del conflicto de las dershanes, no parece ser una coincidencia. Los detenidos más destacados están de alguna forma relacionados con el gobierno del AKP: ya sean los hijos de tres ministros, un alcalde del partido o influyentes hombres de negocios vinculados al gobierno. Un golpe de autoridad en toda regla. Segundo round para Gülen y los suyos. El tercero está todavía por empezar aunque ya ha comenzado el intercambio de ganchos entre los dos púgiles, valga como ejemplo que recientemente Turkish Airlines, aerolínea con 74% de participación estatal, ha decidido parar la distribución de Today’s Zaman en aviones y terminales y reducir los ejemplares de Zaman en dos tercios, ambos periódicos vinculados a Gülen.

La reacción del primer ministro Erdoğan a las detenciones no se hizo esperar. En un acto poco democrático y “putinesco” (por su homólogo ruso) el primer ministro destituyó a cerca de decenas de responsables de la policía, incluyendo al jefe de la policía de Estambul. En una retórica paranoica, Erdoğan declaró que las mismas “fuerzas” que estaban detrás de las protestas de Gezi estaban persiguiendo a su gobierno. Que cada cual ponga nombre y cara a los culpables a los que hace referencia el mandatario, a mí se me ocurren que pueden ser: Estados Unidos, Israel, Armenia, Gülen, kemalistas, UE, lobbys extranjeros, comunistas, anarquistas, jóvenes ateos de moral suelta y hasta el popular personaje mítico del folclore turco Nasrudín. Yo personalmente me inclino por éste último. Lo que sí es cierto es que Erdoğan ha cargado implícitamente contra el embajador norteamericano en Ankara, lo que podría desencadenar un conflicto diplomático con la administración Obama.

El resultado de la confrontación entre los fetullahçıs y el AKP es incierto. Apenas hemos terminado dos rounds y el combate entre los dos púgiles no tiene visos de acabar. Puede que el primer ministro haga varios cambios en su gabinete, relevando a los ministros implicados. Pero el daño en la imagen del AKP, poco AK como ya vimos, está hecho. No debe de sorprender el momento en el que ha salido a la luz lo que algunos periodistas han llamado el AKPgate. En marzo se celebrarán elecciones locales en Turquía, lo que podría ser un punto de inflexión para una oposición que se ha lanzado a por las alcaldías de Estambul y Ankara nominando a candidatos populares. En anteriores comicios, los seguidores de Gülen han votado al AKP, algo que la mayoría no hará esta vez. Aún así, se desconoce el impacto que ello tendría ya que no se sabe exactamente cuantos seguidores tiene Gülen. Erdoğan estima que rondarían el 3% del electorado pero se ha llegado a decir que podrían llegar a influir en el 15% del mismo. Mirando más allá, en el 2014 tendrán lugar las primeras elecciones presidenciales de la República, con Tayyip Erdoğan como candidato, y en 2015 elecciones generales.

Mientras el primer ministro está enfrascado en su particular guerra con Gülen, empiezan a abrirse grietas en su propio partido. El exministro de Cultura y Turismo Ertuğrul Günay, actual diputado en el parlamento, se ha mostrado muy crítico con Erdoğan por su reacción ante la operación anticorrupción, a sabiendas de que le costará el puesto. Antes hizo lo propio otro diputado, el exfutbolista Hakan Şükür, conocido miembro del Hizmet, y antes que él, lo hizo otro diputado del AKP, İdris Bal. Con una economía que se ralentiza, desacreditado a nivel internacional por sus errores y con una creciente oposición a su autoritarismo, como se pudo ver este verano en las protestas por el Gezi Parkı, Erdoğan se desgasta más y más. Detrás de él tiene al aparato estatal, medios afines y unos fieles seguidores, por lo que aventurar su fin político sería un craso error. El Watergate hundió a Nixon, es difícil de creer que el AKPgate haga lo propio con Erdoğan, pero lo que sí es cierto es que el político está en una posición peor que hace un año.

Mientras tanto, sentando en un sillón en la residencia presidencial de Çankaya, Abdullah Gül se mantiene disimuladamente al margen, dando imagen de moderación, viendo como su antiguo compañero de partido y posible rival político en el futuro brega con los problemas del gobierno, desgastándose y enemistándose con algunos de los sectores más influyentes de la sociedad.