en primer plano imágenes representando a Netanyahu y Trump, de fondo las banderas de EE. UU. e Irán junto a representaciones de bombardeos y de protestas en Irán contra el régimen de los ayatolás

¿Dónde está la rebelión interna en Irán que esperaban EE. UU. e Israel?

Una de las premisas centrales de la campaña militar de EE.UU. e Israel contra Irán, iniciada el 28 de febrero, —que tras los primeros ataques se produciría una rebelión popular que derrotaría al régimen iraní desde dentro— no solo no se ha materializado tras tres semanas de combates, sino que a medida que pasan las semanas y el conflicto se enquista y se agrava, parece cada vez más claro que no se producirá, al menos no bajo las condiciones actuales. 

Este escenario confirma las dudas que numerosos analistas han venido expresando desde el inicio sobre la falta de preparación de esta ofensiva, especialmente por parte de la administración de Donald Trump, cuyos asesores ni siquiera consideraban a Irán como una amenaza inminente ni tampoco la mencionaban en los informes de estrategia de seguridad nacional; de hecho, el propio Secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, confesó en su momento que EE. UU. se vió “obligado” a lanzar el ataque -en plenas negociaciones con Irán- después de que Israel decidiese poner en marcha la operación sin su consentimiento.

Esta falta de preparación se evidencia también en los errores de cálculo sobre las consecuencias de los ataques y sobre la respuesta misma de Teherán, incluida la aparente ausencia de un plan de contingencia para el predecible bloqueo del Estrecho de Ormuz por parte de Irán.

Según informaciones publicadas por The New York Times y citadas por numerosos medios, basadas en testimonios de funcionarios actuales y antiguos de varios países, el jefe del Mossad, David Barnea, aseguró al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu antes del inicio de la guerra que su agencia podía conseguir levantar a la oposición interna al régimen de los ayatolás y desencadenar una revuelta popular en cuestión de días —no semanas, sino días…— tras los primeros bombardeos. 

Netanyahu convenció a Trump de que la caída del régimen iraní era cuestión de días

Netanyahu, confiado por esta afirmación y por sus propias convicciones ya expresadas durante la “Guerra de los 12 Días” de 2025, utilizó esta evaluación del jefe de sus servicios de inteligencia para convencer a Donald Trump de que derrocar al gobierno iraní no solo era posible, sino que además era una tarea sencilla y que sería rápida. A sus ojos, el régimen de la República Islámica pendía de un hilo tras las protestas masivas de los últimos meses y su caída era solo cuestión de “darle el último empujón”.

protestas por la inflación en Irán
Protestas por la inflación en Irán. Fuente: Hispanatolia

Sin embargo, tanto altos cargos estadounidenses como ciertos analistas de inteligencia militar israelíes ya habían advertido a ambos líderes de que, probablemente, nadie en Irán estaría dispuesto a salir a las calles en medio de los bombardeos aéreos de Israel y EE. UU.; una previsión que, a la luz de los hechos, es evidente que resultó totalmente acertada. 

Tras más de tres semanas de guerra, los servicios de inteligencia de Estados Unidos e Israel consideran que el gobierno iraní se ha debilitado, sí: pero también señalan que se mantiene firme en el poder y que está lejos de un colapso inminente, mientras la amenaza de represión y los propios ataques de Israel y EE. UU. mantienen a la población en sus casas y a cualquier oposición callada. 

La mera idea de derribar un régimen que lleva medio siglo en el poder y que ha penetrado todas las capas de la vida política, social y económica de un país de 90 millones de habitantes con un tamaño que es casi 4 veces el de España -o 7 veces el de Reino Unido- en cuestión de días, y únicamente mediante ataques aéreos, es evidente que desde la perspectiva actual parece poco más que una fantasía.

Trump dio marcha atrás a los planes de usar a los kurdos

Un segundo componente del plan ideado por Washington y Tel Aviv -respaldar a milicias kurdas iraníes en el norte de Irak para lanzar una incursión transfronteriza contra Irán, donde vive una importante minoría kurda– también ha terminado en fracaso antes siquiera de comenzar. Emplear a los kurdos como fuerza mercenaria con la que abrir otro frente a Irán fue una opción que se contempló como parte de los bombardeos israelíes en el noroeste de Irán, y pensando en que se produjese paralelamente a la esperada rebelión interna.

Pero el interés inicial mostrado por Washington por este plan se desvaneció rápidamente, especialmente después de que Turquía, miembro de la OTAN, advirtiera contra cualquier acción en este sentido que desestabilizase su frontera con Irán. A pesar de que las milicias armadas kurdas han asegurado estar preparadas, la presión de Ankara y el riesgo evidente de que una rebelión separatista kurda conduzca a un reforzamiento del régimen y de la cohesión interna en Irán, llevaron a Trump a pedir finalmente a los líderes kurdos de Irak que no intervengan.

Al parecer, y según reporta el New York Times, Netanyahu habría expresado en privado su frustración por la ausencia de una revuelta interna de la oposición iraní, llegando a quejarse durante una reunión de seguridad -poco después del inicio del reciente conflicto en Oriente Medio– de que las operaciones del Mossad no estaban dando resultados y a advertir de que Estados Unidos podría retirarse de la guerra en cualquier momento, dejando a Israel solo frente a Irán en el conflicto. 

Falta de previsión y errores graves de cálculo militar

Lo cierto es que, tras más de tres semanas de acciones militares y ataques, no ha surgido ningún levantamiento significativo en Irán, el gobierno iraní sigue manteniendo el control del país, y la respuesta del régimen a los ataques dista mucho de ser la de un enemigo apunto de colapsar o “derrotado”, como ha llegado a afirmar Trump. El presidente estadounidense se ha visto obligado incluso a solicitar ayuda a sus aliados de la OTAN -esos mismos a los que ha maltratado y denostado sistemáticamente desde su llegada a la Casa Blanca- para reabrir el vital corredor energético que supone el Estrecho de Ormuz, por donde transita 1 de cada 5 barriles de crudo que se consumen en el mundo.

El mismo cierre de Ormuz, además de la capacidad de Irán para lanzar múltiples ataques contra países de la región o incluso a miles de kilómetros (como el ataque a la base británica-estadounidense de Diego García en el Índico), o la creciente evidencia de que el despliegue militar estadounidense -pese a ser el mayor desde la invasión de Irak en 2003– ha resultado insuficiente, figuran entre los principales errores graves de cálculo militar de esta campaña, por supuesto junto con la ya mencionada creencia de que unos bombardeos desde el aire podrían desencadenar una insurrección popular en Irán.

Irán no es Venezuela… Y nadie quiere que vuelva el Shah

Tal y como hemos señalado reiteradamente muchos analistas y medios, Irán no es Venezuela. Trump esperaba muy probablemente una operación rápida y exitosa, similar a la que llevó a la captura de Maduro; y sus reacciones airadas, amenazas y reiterados cambios de opinión sobre el conflicto (en unas horas pasa de lanzar amenazas de “destrucción masiva” contra Irán a hablar de “fructíferas negociaciones”), rebelan la psicología misma de un niño que no está consiguiendo que el “juego” resulte tal y como él había planeado en su mente. 

Igualmente, y pese a las protestas en el país, desde Hispanatolia hemos advertido una y otra vez -como lo han hecho otros análisis, o incluso el propio gobierno de Turquía– que no existen indicios suficientes hasta la fecha para concluir que una mayoría de la población iraní desee un cambio de régimen, por mucho que pueda repugnar la violenta represión de las manifestaciones

Sin olvidar, por supuesto, que lejos de la idea que se tiene en gran parte de Occidente, hoy día no existe un consenso entre la oposición iraní sobre cómo debería gobernarse el país si cae el régimen de los ayatolás ni sobre quién debería hacerlo… Y no, desde luego nunca ha existido una mayoría de iraníes que respalde el retorno del Shah, algo que solo fue una realidad en los sueños más delirantes de Netanyahu.

Trump busca cómo salir de forma rápida y airosa del conflicto

Con el conflicto en Oriente Medio fuera de control, el aumento de la presión dentro y fuera de EE. UU. por el encarecimiento del petróleo y el riesgo serio de una recesión global, y sin haber logrado aglutinar un apoyo internacional mínimamente significativo, Trump está buscando ahora una salida rápida a la guerra de la que pueda salir airoso presentándose como ganador y con el lema “misión cumplida” ante sus votantes, que son su única preocupación. 

El presidente norteamericano ha afirmado en varias ocasiones que Irán está desesperado por negociar, pese a que ninguno de los objetivos iniciales que Israel y Estados Unidos se propusieron con esta campaña puede considerarse cumplido, y mientras Teherán niega una y otra vez que hayan entablado cualquier negociación tras la agresión de EE. UU. e Israel. 

Una guerra con Irán sin objetivos ni razones evidentes, absurda -como casi todas-, que por ahora se ha cobrado ya más de 1.300 muertos, que ha obligado a millones de personas a huir de sus hogares, y que ha desestabilizado para los siguientes años -quizás décadas- la que ya era la región más conflictiva del mundo, quién sabe con qué consecuencias a medio y largo plazo. Tal y como escribió Carl von Clausewitz, “La guerra es la continuación de la política por otros medios”; y en este caso, ni Israel ni EE. UU. han calculado bien las consecuencias de sus ambiciones en Oriente Medio.