artículo de opinión

OPINIÓN: Fútbol, fútbol y más fútbol

Al igual que en muchos otros países, también en Turquía el fútbol es, más que un deporte, una pasión que moviliza a una cantidad ingente de personas. Los tres clubes de fútbol más importantes del país (el Galatasaray, el Fenerbahçe y el Beşiktaş), llenan con sus noticias cientos de páginas de periódicos cada día y ocupan un número incalculable de horas de retrasmisiones en los canales televisivos. No es fácil calcular el número de aficionados con los que cuenta cada club pero algunas estimaciones hablan de que el 35% del país es aficionado del Galatasaray, el 34% del Fenerbahçe y el 19% del Beşiktaş. A pesar de que los tres sean equipos de Estambul, cuentan con aficionados en todo el país. Aficionados de otras ciudades que cuentan con equipos en la primera división nacional apoyan a uno de los tres grandes de Estambul y no al equipo de su ciudad. Ciudades como Trabzon o Bursa son raras excepciones que cuentan con un buen número de aficionados a los equipos de su ciudad, el Trabzonspor y el Bursaspor respectivamente.

Si en España el fútbol es un asunto de conversación recurrente y monopoliza las noticias de la actualidad deportiva, el peso del deporte rey en los medios de Turquía es, si cabe, aún más grande. A lo largo de la temporada de competición, el fútbol inunda los domingos por la noche los canales de televisión con programas futboleros que pueden alargarse hasta altas horas de la madrugada. Ex jugadores, periodistas deportivos o personajes famosos pueden pasarse horas discutiendo sobre si hubo o no mano en el penalti que pitó un árbitro. El espacio reservado a otros deportes en los medios de comunicación es testimonial, con algunas menciones dedicadas a deportes como el baloncesto o el vóleibol, donde los grandes clubes de fútbol cuentan con secciones propias tanto en hombres como en mujeres.

En cuanto a la práctica activa del deporte, es también el fútbol el que más adeptos cuenta, tanto a nivel federado como aficionado. En Turquía existen los halı saha, pequeños campos de fútbol con césped de hierba artificial de propiedad generalmente privada, donde jóvenes y no tan jóvenes hacen sus pinitos. Se calcula que hay 12.000 campos de este tipo en toda Turquía, 2.000 de ellos sólo en Estambul. En cuanto al resto de deportes, la carencia de infraestructuras deportivas públicas para la práctica de otros deportes que no sean el fútbol, la poca tradición deportiva existente en deportes olímpicos (con la salvedad de la halterofilia y la lucha) y el poco peso específico que tiene la educación física en el sistema educativo hacen que el panorama sea poco alentador. La falta de piscinas públicas dificulta el aprendizaje de la natación especialmente en zonas rurales lo que provoca que aún sea muy alto el porcentaje de personas que no saben nadar. La llegada de la cultura del culto al cuidado del cuerpo ha provocado la apertura de muchos gimnasios privados,  sobre todo en las grandes ciudades.

Las aspiraciones de Turquía para albergar algún día unos Juegos Olímpicos en Estambul hicieron que las autoridades políticas decidieran dar un impulso inversor al deporte. En 2011 se creó el Ministerio de Juventud y Deportes con el objetivo de fijar políticas de impulso y promoción de la actividad deportiva entre los ciudadanos. Las asignaciones presupuestarias dedicadas al deporte se incrementaron con rapidez al igual que el número de licencias de deportistas federados. Sin embargo, en lugar de realizar una inversión a largo plazo para fomentar la educación física, expandir la cultura deportiva y construir las infraestructuras públicas necesarias para el fomento del deporte de base, se prefirió destinar la mayor parte de las dotaciones económicas a premiar a los deportistas de élite que obtuvieran alguna medalla en competiciones internacionales. El impulso inversor se centró más en obtener resultados inmediatos en competiciones de prestigio internacional como los Juegos Olímpicos. De esta manera, además de los deportistas, también los políticos se podrían colgar la medalla del triunfo.

Las grandes expectativas con las que la expedición de 114 deportistas turcos, la mayor en su historia, acudió a los Juegos Olímpicos de Londres 2012, se vieron correspondidas con una pobre cosecha de cinco medallas, dos de ellas de oro. La delegación liderada por el primer ministro Recep Tayyip Erdoğan y el ex ministro de Juventud y Deportes Suat Kılıç, que visitó Londres para apoyar a sus deportistas y de paso ofrecer argumentos deportivos al Comité Olímpico Internacional de cara a una posible nominación de Estambul como sede olímpica en 2020, tuvo que volverse a Ankara con la cabeza gacha.

Los suculentos premios ofrecidos a los ganadores de medallas no han venido acompañados de políticas de impulso de las bases o de formación de entrenadores deportivos. Las federaciones pagan en monedas de oro a los deportistas de cada disciplina que consiguen éxitos internacionales. La compensación económica destinada a un medallista de oro en Londres 2012 superaba el millón de liras turcas (unos 350.000 euros al cambio actual), muy por encima de los premios ofrecidos por la mayoría de los países. La ambición económica y un mal asesoramiento al deportista provocó además un uso inconsciente y abusivo de productos dopantes por parte de muchos deportistas de élite. Nada menos que un total de 31 atletas turcos fueros suspendidos en 2013 por el uso ilegal de sustancias dopantes, entre ellas Aslı Çakır Alptekin,  medallista de oro en los 1500 metros lisos de Londres 2012 y que se enfrenta a una sanción de por vida. Un total de 18 miembros de la selección de halterofilia fueron suspendidos antes de la celebración de los Juegos Mediterráneos celebrados el año pasado en Mersin. El dopaje llegó incluso al yağlı güreş, deporte tradicional turco donde los luchadores impregnan sus cuerpos de aceite: 20 luchadores fueron descalificados del festival de lucha más importante celebrado en 2013.

Los casos de dopaje y la elección de Tokio como sede olímpica en 2020 ya han tenido sus consecuencias. Los premios dirigidos a medallistas y finalistas en competiciones internacionales se han reducido drásticamente. En todo caso, los poderosos clubes de fútbol siguen marcando la agenda deportiva de las autoridades políticas. Las pasiones que despierta el deporte rey en las masas provocan que los mandatarios actúen de forma muy cuidadosa, no vayan a perder votantes potenciales, y den un trato de favor a los equipos de fútbol, que son en realidad empresas privadas. Los tres grandes clubes se han beneficiado en mayor o menor medida de sucesivas amnistías fiscales por deudas contraídas con la seguridad social y la hacienda turca. La retención fiscal que se le aplica al sueldo de un futbolista de la primera división turca es un de un 15%, porcentaje ridículo si tenemos en cuenta que hablamos de salarios millonarios y que a cualquier empleado con pagas infinitamente más bajas se le aplica un porcentaje mayor por el impuesto sobre la renta. Los futbolistas que juegan en las ligas de fútbol de España, Francia, Italia, Inglaterra o Alemania están sujetos a pesos impositivos que superan en todo caso el 40% de sus rentas. Además, los clubes turcos no pagan ni un céntimo al fisco por los ingresos que obtienen de los derechos de retrasmisión televisiva, publicidad en el campo y en las camisetas o la venta de entradas. Aunque el ministro de hacienda Mehmet Şimşek haya propuesto una modificación fiscal dirigida a obtener una recaudación mayor de los clubes de fútbol y acabar con sus privilegios, el parlamento sigue sin aprobar aún los cambios legislativos necesarios para su aplicación.

El fuerte esfuerzo inversor realizado en el deporte en los últimos años no ha sido dirigido al deporte de base, la formación de entrenadores, la creación de instalaciones públicas o a un cambio en el sistema educativo que otorgue mayor peso a la educación física. De todos es sabido los beneficios sociales que aporta el deporte. La carencia de deportistas de élite es consecuencia de una cantera inexistente. Es curioso que salgan más futbolistas turcos de élite de la cantera alemana, cuando los turcos son minoría en ese país. Ciertamente hay señales positivas como el incremento de licencias federativas y la concienciación cada vez mayor entre la ciudadanía de los beneficios de practicar el deporte. Sería bueno que las autoridades fueran más allá del triunfo inmediato, dejarán de colgarse las medallas que no les corresponden y se centraran en hacer políticas para aprovechar los beneficios que el deporte aporta a la sociedad.