artículo de opinión

OPINIÓN: Alguien debe irse por lo ocurrido en Taksim

Estambul ha sido escenario durante los últimos días de sucesos que han dado la vuelta al mundo y han puesto a Turquía en el punto de mira de los informativos y medios de comunicación de numerosos países, con escenas que han recordado más a una zona de guerra o a las vividas en la emblemática Plaza Tahrir de El Cairo –de ahí que muchos hayan hablado, en mi opinión exageradamente y fuera de contexto, de una “Primavera Turca”- que a lo que se supone es uno de los corazones de la metrópolis turca, la Plaza Taksim.

La reforma anunciada de esta emblemática plaza escenario de las manifestaciones del Primero de Mayo y que tiene un especial significado para la izquierda turca y muchos votantes de la oposición había despertado desde el principio controversias. La idea de remodelar un lugar de especial sensibilidad para una parte importante de la sociedad de Turquía se presentó como un plan para modernizar y agilizar el tráfico tanto de vehículos como de peatones en un área que es sin duda también uno de los principales nudos de comunicación de esta urbe de 15 millones de habitantes. Ha faltado sin embargo, en un tema tan delicado como éste, un debate público amplio y abierto sobre el proyecto, que a ojos de muchos ciudadanos supondrá que Taksim pierda su identidad.

No obstante no debemos permitir que los árboles no nos dejen ver el bosque. La reforma de Taksim, o la supuesta –no está nada claro que fuera a ser así- tala de los árboles del Gezi Park que se ubica en este lugar, ha sido la chispa que ha hecho detonar una tensión social latente desde hace tiempo por diversas razones. Yo mismo pasé por el Gezi Park al mediodía del jueves 30 de mayo, y lo que allí había era apenas media docena de tiendas de camping y un grupo de activistas protestando -50 ó 60 a lo sumo- que eran menos que los que sumábamos entre periodistas y curiosos. Nada, absolutamente nada hacía presagiar lo que se gestó horas más tarde cuando la protesta congregó a algunos cientos de personas, y la actuación de la policía para desalojar a los manifestantes hizo el resto y convirtió lo que a priori era una protesta ecologista más o menos minoritaria en todo un movimiento de protesta social contra el gobierno del primer ministro Tayyip Erdoğan.

Hay quien desde el gobierno o desde grupos de opinión y medios afines al ejecutivo ha querido ver precisamente en este hecho –que los acontecimientos que se han desencadenado en Estambul y en otras muchas ciudades de Turquía comenzasen como una protesta por la tala de unos árboles- una razón para restar legitimidad a las protestas y argumentar que han sido manipuladas por determinados grupos, o incluso desde el principal partido de la oposición, el kemalista CHP.

Es cierto que las protestas en Taksim, sólo 24 horas después de que la policía desalojase violentamente a última hora del jueves a los activistas del Gezi Park, ya tenían poco que ver con la defensa de unos árboles que, como se han ocupado de explicar varias autoridades incluyendo el alcalde de Estambul Kadır Topbaş, iban a quedarse en su mayoría donde estaban y no iban a ser talados para construir ningún centro comercial –un proyecto que además el viernes un tribunal turco suspendió y que varias grandes empresas turcas han abandonado en los últimos días- sino para ampliar el área peatonal. Quizás si alguien hubiera escuchado a miembros del gobierno como Bülent Arınç, que ha comentado que hubiera sido mejor tratar de convencer a quienes no querían un centro comercial en Taksim que disolverlos con gases lacrimógenos y sprays de pimienta, nada de esto hubiera ocurrido y todo se habría quedado en la modesta protesta que yo mismo observé el jueves al mediodía.

Pero nadie escuchó a Arınç ni a ninguna otra de las voces que sin duda llamaron a la razón y a tratar las protestas en el Gezi Park como lo que eran, un movimiento ciudadano y pacífico con motivaciones “verdes” –por ahí pudo verse alguna pancarta incluso de Greenpeace en los primeros días- y en su lugar se impuso la violencia, y como suele ser habitual la violencia engendró más violencia y se convirtió en una bola cada vez más grande difícil de detener. Las imágenes de la actuación de la policía contra los manifestantes en Taksim el jueves por la noche y a lo largo del viernes recorrieron primero las redes sociales en Turquía y más tarde el resto del mundo, y miles de personas más se unieron –en Taksim, en otros distritos de Estambul, y en decenas de ciudades por toda Turquía- a las protestas, no ya por unos árboles o por un parque, sino por una respuesta violenta y policial que a todas luces –hasta el propio primer ministro Erdoğan lo ha reconocido- ha sido excesiva.

Tuvo que ser sin embargo el presidente de la República, Abdullah Gül, quien con su carácter conciliador tuviese que regresar el sábado desde Turkmenistán –donde se encontraba de visita oficial- y llamar a la serenidad y a la madurez de todas las partes, pero especialmente de quienes tenían el deber de dar el primer ejemplo: las autoridades civiles. Hacia las 16:00 horas del sábado, después de que Gül hablase por teléfono con el gobernador, el ministro del interior, y el primer ministro Erdoğan, la policía cedía y se retiraba de Taksim –cerrada a cal y canto hasta entonces- para dejar pasar a las miles de personas que habían ido llegando hasta el lugar desde distintos distritos de Estambul y desde otras ciudades; de no ser así, y a tenor de las declaraciones pronunciadas esa misma mañana por Erdoğan –en las que se mostró desafiante ante los manifestantes y les conminó a retirarse de Taksim porque la policía iba a “seguir allí”- quién sabe en qué podría haberse convertido el particular “juego de tronos” desencadenado por ver quién se hacía con el control de Taksim.

Es cierto que ha habido desinformaciones, noticias falsas difundidas por las redes sociales, actos vandálicos y de violencia, grupos de provocadores que han atacado a la policía, o incluso que la oposición puede haber aprovechado el tirón para arremeter contra el gobierno, obviando entre otras cosas que el proyecto para construir un centro comercial en Taksim se aprobó en un pleno municipal con los votos también del principal partido de la oposición, el CHP. Todo eso y otros muchos argumentos que se han esgrimido desde el gobierno o desde quienes han defendido su postura, son ciertos; pero no es menos cierto que es precisamente el ejecutivo quien se lo ha puesto en bandeja a los partidos de la oposición, que las imágenes que hemos visto estos días y que nos han sobrecogido son difícilmente manipulables –aunque se han dado casos a través de Twitter o Facebook de gente que colgaba imágenes de actuaciones policiales en otros países- y que siempre hay grupos violentos o de provocadores que aprovechan este tipo de protestas para enfrentarse a la policía y sembrar el caos, incluso atacando lamentablemente como hemos visto estos días a periodistas y equipos de televisión, cosa absolutamente inaceptable desde cualquier punto de vista de una protesta ciudadana legítima.

Todo eso es cierto. Pero no es menos cierto que quien tiene la responsabilidad de responder con templanza, y con uso proporcional y limitado en lo posible de la fuerza, es precisamente el Estado como garante de los derechos y libertades de los ciudadanos, y las fuerzas del orden como profesionales que se supone son en el cumplimiento de la ley y en velar por la seguridad ciudadana.

Es precisamente la actitud del gobierno y concretamente del primer ministro Erdoğan a la cabeza la que ha motivado que una protesta minoritaria se haya convertido en un estallido social que, mayoritario o minoritario, fugaz o duradero –todo eso está por ver- ha recorrido toda Turquía y ha puesto de manifiesto –en su mayor parte de forma pacífica- que una parte importante de la sociedad turca está más que harta de la prepotencia tantas veces demostrada por el jefe del gobierno. Aunque el AKP haya ganado las elecciones con una abrumadora mayoría, aunque tenga la legitimidad democrática para gobernar, la postura adoptada por Erdoğan negándose -como en las masivas protestas republicanas de 2007- a siquiera escuchar o atender a las demandas de los manifestantes y a retirar a la policía de Taksim son un ejemplo perfecto de por qué en democracia la legitimidad no se gana sólo en las urnas cada 4 ó 5 años, sino día a día escuchando a la sociedad y anteponiendo la voluntad de los ciudadanos a la de nuestro propio ego.

Cualquier legitimidad que el gobierno tuviese para llevar a cabo la reforma de Taksim, o para actuar contra determinados grupos más o menos marginales o violentos, la ha perdido con su respuesta y con la actitud arrogante de quien lo preside. Incluso aunque sea ridícula la comparación que recientemente hizo en Bruselas el líder del opositor CHP, Kemal Kılıçdaroğlu, entre Erdoğan y Assad- y que le valió una dura reprimenda y un plantón de sus colegas socialistas europeos-, el simple hecho de que un dictador sanguinario como Bashar al-Assad haya visto la oportunidad perfecta para devolver la pelota y pedir al primer ministro de un país democrático como Turquía que cese de reprimir a los manifestantes, debería ser suficiente motivo de sonrojo y vergüenza para que alguien en el gobierno, empezando por el primer ministro turco, asuma sus propias responsabilidades y su parte de culpa… que es mucha.

Los sucesos en Taksim no han estallado porque sí. Son el resultado de una actitud política que lejos de buscar el consenso, se ampara en la mayoría en las urnas para imponer una voluntad “sí o sí”, sin oportunidad de réplica y considerando simples alborotadores y opuestos al orden y el progreso a quienes disienten. Puede que Turquía no sea Siria, y que Erdoğan no sea Assad; pero su actitud es despótica por momentos; la forma de dirigirse a los manifestantes y a quienes apoyan sus demandas, como la forma de reprimir las protestas el pasado Primero de Mayo en Taksim, o anteriormente por la demolición del cercano teatro Emek –que también le valieron al gobierno una condena unánime de ONGs y personalidades del mundo de la cultura y la política dentro y fuera de Turquía- han sembrado, junto con una serie de reformas y proyectos en los que se ha obviado el necesario consenso en temas muy sensibles, el caldo de cultivo para una reacción social que ha explotado en Taksim como podía haberlo hecho en Ankara, İzmir, Bursa, Eskişehir, o cualquiera otra de las decenas de ciudades de Turquía donde las protestas iniciadas en Estambul se han extendido en los últimos días.

Alguien en el gobierno debería asumir su responsabilidad y su culpa por lo que ha ocurrido estos días en Turquía. Alguien “ahí arriba” debería entonar un hondo “mea culpa” públicamente y reconocer que las cosas se han hecho mal, muy mal. Alguien, quién sea, debería irse –y no me refiero al jefe de la policía o cualquier otro funcionario menor- y debería hacerlo ya, antes de que la situación se crispe más y sea demasiado tarde para frenar la enorme bola de la violencia… Los manifestantes estos días pedían la cabeza –como es lógico- de Erdoğan, pero todos sabemos que eso no va a ocurrir y por otro lado tampoco está nada claro que sea una demanda mayoritaria de la sociedad turca, pese a lo ocurrido en los últimos días.

Lo único que cabe esperar es que, si nadie en el ejecutivo se da por aludido, ese 15-20% de votantes que en las encuestas electorales en Turquía se muestra indeciso y acaba decidiendo el curso de las elecciones, se lo piense dos veces la próxima vez que vaya a dar su voto al AKP, para que no se repita otra de esas mayorías absolutas que han convertido a su líder y primer ministro, Recep Tayyip Erdoğan, en alguien incapaz de escuchar a sus propios ciudadanos.

 

Nota final: mientras termino de escribir estas líneas se dan a conocer las dos primeras víctimas mortales confirmadas por las protestas –una en Estambul y otra en Antakya- que se suman a otras dos en estado crítico. Las protestas, lejos de disiparse, continúan mientras el primer ministro sigue de gira por el Magreb. Aferin