Los últimos acontecimientos están poniendo de manifiesto la creciente importancia de Turquía en el contexto internacional. Abandonando su política de no intromisión en asuntos internacionales y su relativo asilamiento, Turquía de la mano de Erdoğan, Gül y Babacan quiere recuperar el tiempo perdido y alzarse de nuevo como más que una simple potencia regional.
En los últimos meses hemos podido ver la presencia de Turquía en las relaciones internacionales. Dos son los más destacados ejemplos: la mediación en los conflictos sirio-israelí y ruso-georgiano. En el primero Turquía ha jugado un papel vital para que Israel y Siria encuentren una solución pacífica a la problemática de los Altos del Golán, manteniendo reuniones con diplomáticos de los dos países en Ankara aunque de momento la quinta ronda de las negociaciones haya sido cancelada. En el segundo Turquía está intentando que el conflicto entre Rusia y Georgia llegue a buen puerto, aunque en este caso la situación es más difícil ya que las dos partes no están por la labor de llegar a un acuerdo y el Oso Ruso es quien tiene la sartén por el mango. Aún así, tanto la ministra de exteriores georgiana Eka Tkeshelashvili como su homólogo ruso Serguei Lavrov han estado en Estambul recientemente.
Lejos queda aquel año de 1955 en el que Turquía, con Adnan Menderes a la cabeza, impulsó el Pacto de Bagdad que llevó a la creación de la METO (Middle East Treaty Organization). Esta organización formada por Turquía, Irak, Irán, Pakistán y el Reino Unido se levantó como un muro contra la influencia de la Unión Soviética en Oriente Medio. El primer ministro turco Menderes y el iraquí Nuri as-Said fueron los virtuales creadores de este pacto. Sin embargo, la caída de la monarquía en Irak tras un golpe de estado en el que murieron tanto el rey Faisal II como Nuri as-Said y la subida del general Kassem al poder propiciaron la salida de Irak de la METO. Este fue un duro golpe para la organización que terminó virtualmente con la salida de Irán tras la revolución islámica. De esa forma se terminó la aventura en política exterior de Turquía durante la segunda mitad del siglo XX, sin incluir por supuesto las crisis de Chipre.
La neutralidad turca, de la que Atatürk fue el impulsor con su famoso lema: “Paz en casa, paz en el mundo” que da nombre a esta columna, ha sido la principal directriz en la política exterior de Ankara desde el fin de la Guerra de Independencia contra Grecia. Esa particular versión del “espléndido aislamiento” alla turca permitió que la joven república sobreviviese a la Segunda Guerra Mundial. Las crisis de Chipre y la participación de Turquía en la METO han sido excepciones. Sin embargo, esa tendencia parece romperse hoy en día.
Hay que tener en cuenta los vecinos de Turquía y su situación. Al norte se encuentra la todopoderosa Rusia, enemiga acérrima del Imperio Otomano y que, como URSS ha tenido en vilo a Turquía durante buena parte del siglo pasado. Al este el caótico Irak en el que se refugian los terroristas del PKK, y más al este tenemos el peligroso Irán, que desde la llegada al poder de los ayatolás en 1979 ha mantenido ambiguas relaciones con Turquía. Al sur se encuentra la impredecible Siria, que debido a la mediación turca entre Tel Aviv y Damasco, mira con mejores ojos a Turquía, desde la llegada al poder de Bashir. Más al sur tenemos a Israel, del que Turquía es el único país de mayoría musulmana que es aliado, y su más fiel amigo en la zona. Y por supuesto hay que hablar del Caúcaso, con una Armenia con la que Turquía no mantiene ningún tipo de relación, un aliado Azerbaiyán y una recién invadida Georgia. Rusia ha atacado a Georgia; Armenia y Azerbaiyán llevan años en guerra; Siria no deja de intrometerse en el Líbano; Irán proclama la destrucción de Israel e Irak se encuentra en una virtual guerra civil. Como se puede ver toda la zona parece un polvorín a punto de explotar. Pero Turquía puede ayudar a que no sea así.
La nación fundada por Atatürk es un oasis de estabilidad, pese a que en Europa solamente se lean noticias sobre el PKK y las crisis políticas que de vez en cuando sacuden al país, en la volátil región de Oriente Medio. A excepción de Israel, Turquía es el único país democrático que hay en la zona. Su sistema laico en un país de abrumadora mayoría musulmana es único en el mundo. Y tal vez por encima de eso, un gran ejército y una creciente economía hacen que este país, heredero del Imperio Otomano, sea respetado y a la vez envidiado por sus vecinos árabes y musulmanes. La República de Turquía tiene un gran potencial para ser algo más que una potencia regional, con sus buenas relaciones con Europa, Israel y algunos países árabes de la zona, con su posición única en el mundo, a caballo entre dos continentes, con un poderoso ejército y con una economía que aunque a nivel europeo no sea del todo fiable, sí lo es si lo comparamos con la de sus vecinos. Pese a los errores cometidos por el gobierno del AKP a la hora de llevar a cabo polémicas reformas, como la célebre “ley del velo”, hay que reconocer que en política exterior está mejorando el posicionamiento de Turquía. Aunque las mejores relaciones que Erdoğan está impulsando con el régimen de los ayatolás iraníes que ha llevado al consiguiente enfado de los EE.UU. no es lo más acertado, hay que admitir el mérito del gobierno en general y de Babacan en particular.
Turquía puede, y en cierta medida debe, tomar las riendas de las relaciones internacionales en Oriente Medio pero con precaución, siguiendo una versión moderna del “Paz en casa, paz en el mundo”, pues pese a lo mencionado con anterioridad tiene que ser consciente de sus limitaciones y ha de evitar involucrarse demasiado en cualquier conflicto, pues no hay que olvidarse de la política interior y del PKK. Esperemos que İlker Başbuğ, el nuevo Jefe del Estado Mayor turco, ayude en este cometido. Solamente el futuro mostrará si la política exterior de Turquía sigue este camino moderador o si por el contrario vuelve a su “aislamiento” o se deja llevar por los acontecimientos y hace cosas de las que podría arrepentirse.
VOTE





