Imagínense por un momento un territorio más pequeño que Andorra, de 40 km de longitud y unos 10 de ancho, pero con la población de la ciudad de Barcelona. Imaginen un lugar con una densidad de población superior a los 4.000 habitantes por kilómetro cuadrado, que lo convierte en el territorio más densamente poblado del mundo. Imaginen un lugar donde el 80% de la población depende de la ayuda humanitaria internacional simplemente para subsistir (la mayor población dependiente del mundo) y el 60% vive bajo el umbral de la pobreza, con un paro que supera el 50% y con el 90% de las industrias cerradas a causa de un bloqueo sufrido desde hace año y medio que impone restricciones en los suministros de electricidad, agua, combustible y mercancías, aislándolo por completo del resto del mundo. Imaginen -como la han descrito varias organizaciones de ayuda humanitaria- una cárcel……….. Eso es Gaza.
Los bombardeos iniciados por Israel sobre la Franja de Gaza, el territorio controlado por el grupo extremista palestino Hamas desde que expulsara a las fuerzas leales al presidente palestino Mahmud Abbas en junio de 2007, han vuelto a recordarnos -una vez más- que Oriente Medio es una de las zonas más inestables del mundo y ese lugar al que siempre sabemos que tendremos que volver a prestar toda nuestra atención en cualquier momento; también nos han recordado -por si a alguien se le había olvidado- que el conflicto palestino sigue, y probablemente seguirá, siendo uno de esos grandes conflictos sin resolver, con millones de refugiados que esperan desde hace más de 40 años poder regresar algún día a sus hogares. Pero sobre todo, si algo ha vuelto a verse estos días es el doble rasero y la doble moral de Occidente -léase UE y EE.UU., especialmente este último- a la hora de abordar la cuestión judeo-palestina y lo que sucede en los llamados «territorios ocupados», Gaza y Cisjordania.
Resulta evidente que la actitud de Hamas, un grupo fundamentalista cuyo ideario es la destrucción de Israel y que para ello aprueba abiertamente el empleo de la violencia, ha contribuido ostensiblemente a exasperar los ánimos del estado judío y a acrecentar el aislamiento ante el resto del mundo de la Franja de Gaza. Pero no resulta menos cierto que no debemos olvidar a la hora de considerar esto, dos cuestiones fundamentales: en primer lugar, los antecedentes y el caldo de cultivo que ha conducido a esta situación en Oriente Medio y al triunfo mismo en la región de un movimiento como Hamas (al margen de otros similares, como Hezbola en Líbano); y en segundo lugar, que una acción militar de Israel sobre un territorio de las características y la densidad demográfica de Gaza provoca, de forma inevitable, un número intolerablemente elevado de víctimas entre la población civil (si es que hay alguna cifra que pueda considerarse «tolerable»), la mayoría de ellos niños, ya que el 50% de la población de Gaza tiene menos de 14 años y el 75% no alcanza los 30. Una población que en gran medida es ajena a este conflicto y que puede considerarse incluso rehén de Hamas.
Sin ahondar en una comparación de cifras que podría considerarse «demagógica» por algunos (¿justifica la muerte de 3 civiles en Israel por cohetes artesanales una ofensiva militar a gran escala con al menos 600 civiles palestinos muertos??) , está claro que la valoración que el estado hebreo hace de sus víctimas dista mucho de ser igual a la que hace de los muertos palestinos. Y así, mientras las primeras se describen como intolerables y han justificado la que es ya la mayor acción militar israelí desde la Guerra de los Seis Días de 1967 -la que configuró el mapa político y el status quo actual en Oriente Medio-, las segundas (las palestinas) se presentan como bajas «colaterales» aceptables y casi casi inevitables. Como si de un mal menor se tratase, como si todos debiéramos mirar para otro lado y aceptar esta sangría humana que ha sumado ya más de 1.000 muertos (el 30% de ellos niños) y 5.000 heridos, si es que no son finalmente más. Y todo en nombre de la seguridad del estado de Israel, que además no duda también en emplear a la población civil de la Franja como rehenes cada vez que amenaza a la comunidad internacional con llevar a cabo «nuevas acciones» o con intensificar su ofensiva.
Pero lo que verdaderamente resulta indignante en toda esta cuestión -si es que puede haber algo más indignante que la muerte de civiles inocentes- es la actitud de EE.UU. ante un conflicto en el que las justificaciones de Israel se caen por su propio peso. Ni el lanzamiento de cohetes es nuevo, ni el control de Hamas de una Gaza exhausta viene de antesdeayer. Israel permaneció impasible viendo como un «golpe de estado» de las fuerzas leales a Hamas se hacía con el control de Gaza, regocijándose viendo a las facciones palestinas divididas, y se limitó a imponer un embargo draconiano sobre la Franja. Sólo la mediación de egipto consiguió el verano pasado que se alcanzase una tregua pactada de seis meses, en la que sin embargo Israel no mantuvo su parte del acuerdo y siguió con un bloqueo sin comparación en ningún otro lugar del mundo y con esporádicos ataques cuando consideraba que veía su seguridad amenazada. No ha sido Hamas quien ha roto la tregua primero, sin que ello justifique sus acciones.
Por ello, mucho se ha especulado con las razones del estado hebreo para llevar a cabo esta ofensiva. Desde la razón principal esgrimida por el primer ministro Ehud Olmert de «acabar de una vez por todas con la presencia de Hamas en Gaza» (cosa que parece harto difícil, a juzgar por las circunstancias), hasta razones más turbias apuntadas por numerosos analistas como el cambio de inquilino en la Casa Blanca que tendrá lugar el próximo 20 de enero, o la proximidad de unas elecciones generales el 10 de febrero en Israel que el propio Olmert tuvo que convocar acosado por numerosas acusaciones de corrupción. Sea como fuere, Israel ha jugado sus cartas en la región como siempre lo ha hecho -a través de la presión militar respaldada por EE.UU.- y puede que ni la llegada de Obama nos salve de eso, aunque en Tel-Aviv se tema la política menos «pragmática» y más coherente con los valores democráticos que propugna el «hombre del cambio» que pronto llegará a Washington.
Las violaciones del derecho internacional cometidas durante la ofensiva israelí sobre Gaza son tan obvias que ni Israel las niega, aunque las justifique abiertamente y sin complejos. A los bombardeos sobre zonas densamente pobladas donde las víctimas civiles están aseguradas, hay que sumar un uso absolutamente desproporcionado de la fuerza, el concepto de «castigo colectivo» que parece tan inherente a las acciones de Israel y que va ligado a la diferente -hasta el extremo- valoración de víctimas judías y palestinas que hace el gobierno de Tel-Aviv; también, como no, el bombardeo de mezquitas, universidades, escuelas y otros blancos civiles, incluyendo instalaciones de la ONU en los que la población palestina encuentra su escaso refugio contra los cazas y la artillería israelí: más de 50 personas murieron en el bombardeo de una escuela de la ONU, que fue calificado como un simple «incidente lamentable» por medios israelíes. Israel justifica este tipo de ataques alegando que Hamas realiza ataques desde viviendas y construcciones civiles… que eso sea cierto es algo que está por ver (¿quién puede comprobarlo?), pero lo que está claro es que a los soldados israelíes no les tiemblan las manos a la hora de disparar, vengan de donde vengan los ataques. Prácticamente al mismo tiempo que desde medios diplomáticos israelíes se ofrecían estas y otras justificaciones para el ataque sobre objetivos civiles, un nuevo ataque destruía el principal almacen de provisiones de la ONU en Gaza. Seguramente porque Hamas tambíen debía de estar allí, quizás esté en todas partes. Eso después del ataque contra la escuela de Naciones Unidas, y con otro incidente de por medio en el que un covoy de ayuda humanitaria de ese mismo organismo fue atacado provocando varias víctimas entre el personal de la ONU. En todos esos casos, Naciones Unidas aseguró hasta la saciedad que el ejército israelí estaba informado de su situación y de sus movimientos. Seguramente también eran de Hamas.
Finalmente, al cabo de dos semanas y tras arduas negociaciones entre los países occidentales y musulmanes que forman parte del Consejo de Seguridad de la ONU, cuando la gravedad de la actuación de Israel superaba todo lo justificable, el Consejo consiguió emitir una resolución -la 1860- en la que se pedía un alto al fuego inmediato. Tal hazaña pudo lograrse gracias a la abstención de EE.UU., que hasta entonces había vetado votando en contra de cualquier resolución que llevase implícita cualquier tipo de acusación o de culpabilidad hacia Israel. Pero la hipocresía no se quedó ahí, e Israel descartó inmediatamente por boca de su primer ministro acatar la resolución (¡¡menuda novedad!!) argumentando su derecho a la defensa, como siempre suele hacer. Hay que subrayar aquí que las resoluciones del Consejo de Seguridad son vinculantes, que normalmente conllevan sanciones e incluso intervenciones armadas de sus miembros para imponerlas, y que acontecimientos bien conocidos como la expulsión de las fuerzas iraquíes de Kuwait en 1991 o más recientemente la intervención internacional en Afganistán se basaron en este tipo de resoluciones…. Pero las normas aquí no sirven, y el descaro del doble rasero de los países occidentales -que controlan por mayoría el Consejo de Seguridad desde la II Guerra Mundial- y su hipocresía a la hora de defender determinados «valores» ha puesto en entredicho no sólo su papel en Oriente Medio, sino el propio papel de la ONU… ¿Qué hacemos con un país que incumple sistemáticamente cualquier resolución de Naciones Unidas? ¿Qué hacer con un país que trata a millones de palestinos colectivamente como potenciales terroristas, que construye un MURO de 700 kilómetros de largo apelando a su seguridad encerrando tras él a millones de personas y aprovechando para usurpar parte del territorio reconocido internacionalmente como integrante del futuro Estado palestino? ¿Qué hacer con un país que desarrolla una política agresiva y expansionista a través de la colonización (por no hablar ya de la cuestión de Jerusalén) y por medio de la presión militar, y que incluso ha reconocido que es el único poseedor de armas nucleares en Oriente Medio? ¿Quién puede creer en la viabilidad de un Estado palestino a largo plazo en semejantes circunstancias? ¿Quién puede plantearse un futuro de paz y estabilidad en la región con estas condiciones? Y todo ello en medio de numerosos informes de organizaciones humanitarias y de la ONU que aseguran que Israel estaría usando bombas de racimo y de fósforo blanco -un armamento conocido por sus terribles e indiscriminados efectos sobre la población civil- en su ofensiva sobre Gaza.
Recientemente la Asamblea General de la ONU convocaba por abrumadora mayoría de todos los países miembros una reunión extraordinaria para exigir un alto al fuego en Gaza, a pesar de los intentos de Israel por evitar que se celebrara. El Presidente de la Asamblea General, Miguel d»Escoto, aseguraba que Israel estaba violando el derecho internacional en su ofensiva sobre la Franja. La respuesta del gobierno israelí sobre la posible resolución de la Asamblea fue clara: «los votos de la Asamblea General son dictados por una mayoría anti-israelí, y en las circunstancias actuales, podemos esperar la mayor hipocresía de una instancia que es hostil». Como dijo d´Escoto: «Es paradójico que Israel, que le debe su propia existencia a una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, muestre tanto desdén por las resoluciones de la ONU». Son palabras que lo dejan todo claro. Esa es la consideración que le merece a Israel Naciones Unidas. Y ese es el legado de la política exterior de EE.UU. en la región, empezando por el señor George W. Bush hasta sus predecesores. Una absoluta prepotencia y desprecio de Israel hacia la legislación internacional y hacia cualquier consideración con sus vecinos. Y la paz en Oriente Medio será imposible mientras una de las partes goze de absoluta IMPUNIDAD y del respaldo de Occidente para todas sus acciones. De hecho, aun cuando se logre un alto al fuego -porque los muertos ya le pesan hasta a Israel-, el gobierno hebreo no descarta llevar a cabo acciones unilaterales siempre que considere su seguridad amenazada.
De ahí que el papel mediador de EE.UU. en la región sea en estos momentos nulo. De ahí que el único papel que pueda jugar -y que ha jugado- la Unión Europea en la región sea el de la asistencia humanitaria, sin ninguna capacidad diplomática (más preocupada seguramente por la creciente presión que ejerce Rusia sobre su independencia energética), jugando un papel en este conflicto plenamente secundario, totalmente desunido y seguidista con la política estadounidense hacia Israel (incluyo aquí al presidente francés Sarkozy, que se dejó ver por Siria no como representante de la UE sino en calidad de presidente de turno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas). Y de ahí que Israel sea visto a día de hoy por muchos gobiernos de Oriente Medio como el principal obstáculo para la paz en la región y como el principal generador de terrorismo en el mundo. Bin Laden ya ha aprovechado la ocasión para explotar el dolor, la rabia, la impotencia y la desesperación de todo un pueblo y hacer su particular proclama contra lo que ha llamado «cruzados»… Pero aun así, en Occidente seguiremos preguntándonos porque hay gente desesperada que está dispuesta a atarse un cinturón de explosivos e inmolarse en el nombre de Dios. Resulta fácil morir -y resulta fácil que te convenzan de que mueras- cuando no tienes ya nada que perder. Puede que quienes lo hagan sean unos locos. O puede que nos hayamos vuelto locos (y sordos, y ciegos…) todos.
El papel fundamental de Turquía en el conflicto
¿Cuál ha sido el papel que está jugado Turquía en este conflicto? FUNDAMENTAL. Turquía siempre ha sido un aliado de Israel; no un aliado cualquiera, sino el único aliado musulmán que tiene de hecho el estado de Israel en todo Oriente Medio. El papel de Turquía ha sido siempre, favorecida por su posición geográfica, el de mediador a medio camino entre Oriente y Occidente. Aparte de la presencia de tropas bajo el mandato de la ONU en Cisjordania y Líbano, el papel mediador que ha jugado Ankara en Oriente Medio ha ido creciendo en los últimos años de forma inversamente proporcional a la pérdida de credibilidad de EE.UU. y la Unión Europea en la región. La diplomacia turca lleva años intentando un acercamiento entre Israel y Siria, y en junio de 2008 inició una serie de contactos indirectos entre ambos estados para lograr un acuerdo de paz que habría acabado con el conflicto de los Altos del Golán -invadidos por Israel en la Guerra de los Seis Días- y habría contribuido de forma muy importante a la estabilidad en Oriente Medio. El pasado 22 de diciembre el primer ministro israelí Ehud Olmert acudió a Ankara para agradecer el papel mediador turco, y desde Siria comenzaban ya a surgir declaraciones en las que se hablaba de dar un nuevo paso y mantener conversaciones directas con Israel, sin necesidad de la mediación turca. Todo apuntaba en la buena dirección….. pero apenas una semana después, Israel lanzaba su ofensiva sobre Gaza. La respuesta de Siria no se hizo esperar, dando por rotas las negociaciones. Todo el trabajo de años, arrojado por la borda. Turquía reaccionó con gran indignación considerando una enorme falta de respeto que Olmert hubiese acudido una semana antes a hablar de paz mientras estaban ya en marcha los preparativos bélicos para el ataque sobre Gaza, sin comentar nada al respecto en Ankara. El papel mediador de Turquía ante sus vecinos se vió seriamente comprometido, y el primer ministro turco Recep Tayyip Erdoğan dijo sentirse «traicionado» por Olmert. La larga sintonía entre Tel-Aviv y Ankara se ha visto truncada seriamente, y aunque algunos analistas israelíes consideran que una vez finalice la ofensiva en Gaza todo volverá a la «normalidad», el hecho es que fuentes diplomáticas apuntan a que el gobierno turco estaría dispuesto por ahora a mantener unas relaciones diplomáticas cordiales, pero nada más. Recientemente Turquía rechazó la visita de la ministra de exteriores israelí, Tzipi Livni, diciéndole «si viene sinceramente a hablar de paz, bienvenida sea. Pero si viene sólo para que parezca que todo sigue igual, no lo haga». Obviamente Livni no estaba en ese momento interesada en hablar de ningún alto al fuego en plena ofensiva sobre Gaza. El hecho es que las relaciones entre Turquía e Israel se han visto seriamente resentidas, y la cuestión fundamental de la que son muy conscientes en Tel Aviv es que Israel necesita a Turquía -su única aliada en la zona- mucho más de lo que Turquía necesita a Israel.
Pero el papel de Turquía no se ha quedado ahí, ni mucho menos. Como hemos dicho, Ankara está jugando un rol mediador cada vez mayor en la región sin querer destacar demasiado -al menos por el momento- y sin importarle que otros se lleven la «gloria», aunque sólo sea por mantener las formas. Alguien tenía que llenar el vacío dejado por Estados Unidos -que ya se sabe con quién está- y por la Unión Europea -que siemplemente, no está. Cuando Egipto presentó -junto a un sonriente Sarkozy ávido de protagonismo que luego ha desaparecido por completo- su propuesta de plan de paz para la región, el primer ministro turco ya llevaba varios días de gira por Oriente Medio saltándose las celebraciones de Año Nuevo y visitando Siria, Jordania, Arabia Saudí y el propio Egipto, y manteniendo contactos con las principales facciones palestinas, Fatah y Hamas (cuya reconciliación resulta vital). Cuando Egipto convocó una reunión el 11 de enero para que acudieran las dos facciones palestinas como parte del inicio de las conversaciones para un alto al fuego en Gaza, el presidente egipcio Hosni Mubarak llamó por teléfono al primer ministro turco Erdoğan y le pidió que enviase una delegación diplomática de alto nivel a las conversaciones, que Erdoğan despachó inmediatamente encabezada por el profesor Erdoğan Ahmet Davutoğlu, su principal asesor de exteriores y un hombre de larga experiencia. ¿Cuál era el problema? ¿Por qué Egipto pedía la ayuda de Turquía? La raíz del problema es el propio Egipto, cuya proximidad con Israel le ha acercado a una posición más bien pro-occidental y que de hecho hasta la fecha poco ha hecho desde el inicio de la intervención militar israelí en Gaza; de hecho, el propio gobierno egipcio ve a Hamas como una posible amenaza para su propia estabilidad interna, antes que como un «hermano musulmán» (si se me permite la expresión), y es por esa razón que se ha mostrado muy reticente a abrir completamente el paso de refugiados desde Gaza a Egipto. Todo ello ha despertado los recelos de Hamas y ha creado un gran clima de desconfianza mútua que hace bastante difícil el papel de Egipto como mediador en el conflicto.
¿Cuál es el papel de Turquía entonces en esta cuestión? Sencillamente, Turquía no está actuando ahora mismo como mediador entre Fatah y Hamas, o entre Hamas e Israel, sino como mediadora entre Egipto y Hamas. De hecho, las últimas informaciones apuntan a que Hamas habría exigido la presencia de Turquía en las negociaciones no sólo como garante de un posible acuerdo, sino que habría condicionado la presencia de observadores en Gaza -uno de los puntos planteados por el plan de paz egipcio- a que estos fueran, mayoritariamente o en su totalidad, de nacionalidad turca. Tal es la complicada trama de relaciones que se tejen ahora mismo en Oriente Medio, y tal es el delicado -y crucial- papel que está jugando Turquía en estos momentos en la región, que Javier Solana (el «Mr. Pesc» de la UE que ha salido de este conficto con una mano detrás y otra delante) supo agradecer durante su reciente visita a Ankara. Para que luego digan que Europa no necesita a Turquía. Si las conversaciones entre Egipto, Fatah y Hamas prosperan, el siguente paso lógico para lograr el ansiado alto al fuego parece ser establecer contactos entre Israel y Hamas, bien sea sentándolos en la misma mesa, bien sea -más probablemente- mediante contactos indirectos como los habidos entre Israel y Siria… Y para todo eso, el papel de Turquía -que aun en las actuales circunstancias, sigue siendo el único amigo de Israel en la región- es más fundamental si cabe.
Es cierto, sea como fuere, el alto al fuego llegará. Porque ha de llegar, porque son demasiadas víctimas incluso para quienes desde Israel se empeñan en verlas como «daños colaterales» o en culpar a otros de sus propios crímenes. Porque es demasiado dolor, incluso para quienes sólo tienen ojos para el suyo propio. Porque el sufrimiento del pueblo palestino ya hace tiempo que superó el límite de lo humanamente soportable. Y entonces veremos de nuevo, al fin, entrar la ayuda humanitaria en Gaza y a la gente salir a las calles en busca de comida sin temor a recibir un impacto de un obús israelí y a los niños jugar en los parques esperando un futuro mejor. Aunque muchos no puedan olvidar estos días, aunque muchos -aseguran las organizaciones humanitarias- queden marcados de por vida por el trauma que han sufrido estas semanas. Descubriremos entonces -de verdad, sin limitaciones ni soldados israelíes impidiendo la entrada- toda la dimensión de la tragedia que ha vivido Gaza. Y sentados, en nuestras casas, frente al televisor, sentiremos vergüenza. Vergüenza por sentir que tal vez no hayamos hecho todo lo que pudimos. Vergüenza por ser los privilegiados que somos, y por vivir en el mundo en que vivimos. Vergüenza por estar gobernados por gobiernos que no quisieron o no supieron hacer más por detener esa locura, ese drama, esa tortura diaria para millón y medio de personas sin agua, sin luz, sin comida, sin salida, sin esperanza…
Vergüenza por no haber escuchado antes el grito de Gaza.
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Como gran aficionado a la historia que es, a Pablo Gómez le cautivó Turquía desde el primer día que la visitó en 2006: allí se casó, allí tiene una casa, y desde entonces se ha convertido en todo un experto en la actualidad de Turquía. Con una larga experiencia en medios de comunicación, está al frente de Hispanatolia desde 2011.





