El primer ser humano en caminar fuera de la superficie de nuestro planeta, definido por quienes le conocían como trabajador y modesto, falleció el sábado a la edad de 82 años tras una vida alejada de la popularidad.
El astronauta retirado Neil Armstrong, conocido por ser el primer ser humano en caminar sobre la superficie de otro planeta, falleció el sábado a la edad de 82 años tras una serie de complicaciones médicas, según informó su propia familia en un comunicado.
A través de un comunicado difundido por internet por la familia de Armstrong, primer hombre en pisar la Luna y autor de la famosa frase «Un pequeño para un hombre, un gran paso para la Humanidad», indicó que el ex astronauta había fallecido tras una serie de complicaciones por una cirugía de bypass en el corazón a la que había sido sometido el pasado 7 de agosto, tan sólo dos días después de su 82 cumpleaños.
Nacido el 5 de agosto de 1930 en Wapakoneta, en el estado norteamericano de Ohio, Armstrong voló por primera vez cuando tenía sólo 6 años y desde muy niño una de sus principales aficiones fue el aeromodelismo y los aviones. Ya como adolescente su pasión por la aeronáutica continuó y el dinero que ganaba se lo gastaba en aprender a pilotar, hasta que finalmente obtuvo su licencia de piloto antes incluso que el permiso de conducir.
Convertido en aviador para la marina estadounidense, combatió en 1950 en la Guerra de Corea volando desde el portaaviones USS Essex. Tras una prometedora carrera continuó como ingeniero y piloto de pruebas para la NACA, el organismo predecesor de la NASA. Fue ya tras obtener un reconocido prestigio y experiencia como piloto de pruebas de esta última cuando tras estudiar ingeniería aeroespacial obtuvo una plaza como astronauta en 1962; tras cuatro años de duro entrenamiento, voló por primera vez al espacio a bordo del Gemini VIII.
Elegido por la NASA para formar parte como comandante de la misión tripulada del Apolo XI, Armstrong se convirtió a la edad de 38 años en el primer ser humano en pisar la Luna el 20 de julio de 1969, a la edad de 38 años. Tras aquella hazaña los tres astronautas de la misión fueron recibidos a su regreso a la Tierra como héroes y a Armstrong se le concedió la Medalla de la Libertad, la máxima distinción concedida en Estados Unidos a un civil, así como la Medalla a la Distinción por Servicio de la NASA, la Medalla al Servicio Excepcional de la NASA, la Medalla de Honor del Congreso Espacial y 17 condecoraciones más de otros países.
Sin embargo y pese a haber logrado uno de los mayores sueños del ser humano y una fama inigualable, Armstrong siempre se mostró reacio a la popularidad e incluso se mostró en ocasiones frustrado porque se le conociese únicamente por su trabajo en la misión a la Luna. Definido por quienes le conocían como trabajador y modesto, su vida tras la misión Apolo XI -la última que realizó al espacio- fue muy discreta y procuró mantenerse cada vez más alejado de las grandes ceremonias, rechazando los ofrecimientos incluso para entrar en política que si aceptaron otros compañeros suyos. Tras abandonar la NASA en 1971, trabajó dando clases en la universidad y vivió hasta el fin de sus días en una casa de campo en Lebanon, una pequeña población del estado de Ohio.
Su rechazo a la fama fue tal que a partir de 1994 dejó de firmar autógrafos al enterarse que la gente los vendía por grandes sumas de dinero, y en más de una ocasión acabó en los tribunales por litigios relacionados con personas o empresas que quisieron aprovecharse de su figura, a los que obligó a donar sus ingresos a obras de la caridad.
Durante los últimos años de su vida defendió el regreso de los seres humanos a la Luna y la necesidad de continuar la exploración humana del espacio y los viajes tripulados a otros planetas, como Marte. Una de sus escasas apariciones públicas durante los años finales de su vida la hizo precisamente en 2010 ante una comisión del Congreso de Estados Unidos bajo el gobierno de Obama para pedir que su país mantuviese el esfuerzo en la carrera espacial tras el fin de las misiones de los transbordadores espaciales y la cancelación del proyecto Ares -un vehículo espacial tripulado- y el Constellation -un programa de nuevos cohetes propulsores destinado a la Luna-, argumentando que si Estados Unidos se quedaba sin capacidad de enviar seres humanos fuera de la Tierra acabaría convirtiéndose con el tiempo «en una nación de tercera».
En 2005 sorprendió con unas declaraciones en las que afirmó que una misión a Marte hoy día sería mucho más fácil con la tecnología actual y supondría muchos menos retos y problemas que los que afrontó la NASA en los años 60 para enviar un hombre a la Luna. Ese mismo año confesaba públicamente que durante la misión Apollo creía que sólo tenían un 50% de aterrizar en la Luna y que se había «sorprendido enormemente» de que concluyera con éxito.
En noviembre de 2010, con 80 años de edad, declaró durante una conferencia en la Haya que si se lo pidieran no dudaría en prestar sus servicios como comandante de una misión tripulada a Marte. Tal era su determinación y su creencia en la necesidad de que el ser humano debía continuar la exploración del espacio.
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Editado y revisado por:

Pablo Gómez es especialista en Turquía y editor jefe de Hispanatolia desde 2011. Desde 2006 se dedica al análisis de la actualidad y la geopolítica de Turquía y su región.
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